Entrevistar a los "malos", sí, pero NO. Por Rafael López
 
Es moderna tendencia, y de aceptación mediatica practicamente generalizada, la publicidad que se les brinda a todo tipo de criminales y alimañas antropomorfas. Resulta repugnante esa visibilidad del Mal, porque, aunque éste sea tan viejo como el mundo, esa exposición pública ocasiona agravio a las víctimas y "desajustes" de conducta en individuos sin la madurez y el espíritu crítico necesarios como para asimilar dichos contenidos. 
 
Creo que, hasta mi rival Luys Coleto, coincidirá conmigo en que es necesario un cierto nivel de madurez para acceder a determinados testimonios, y materiales visuales, con el fin de proteger el desarrollo cívico y crítico de las personas. Un contenido dañino, o inadecuado, puede perjudicar notoriamente dicho desarrollo y provocar, entre otros males, respuestas de imitación funestas. 
 
Pero segmentemos el amplio espectro de contenidos potencialmente perjudiciales: en el primer grupo y por demérito propio están los criminales terroristas, asesinos, violadores, pederastas y todas las alimañas de esa ralea. De cara a un análisis y estudio psicológico, y sociológico, considero oportuno que los científicos, en esas materias, si realicen dichas entrevistas a esos siniestros especímenes con el objeto de recabar información de utilidad para evitar la reproducción de tales conductas en otros individuos. Pero más allá de esa labor de investigación privada y sin publicidad alguna, cualquier divulgación de las patrañas y fechorías de estos malnacidos, hijos de Lucifer, sólo tiene un calificativo: CRIMINAL. 
 
Otro grupo serían aquellos contenidos (televisión, cine, redes sociales, Internet, etc.) inadecuados y me estoy refiriendo a la violencia gratuita y la pornografia. Es incuestionable que, hoy en día, muchos menores en España y en todo el mundo, acceden a visualizaciones de ese tipo de comportamientos nada edificantes, y que, en muchos casos, provocan severas distorsiones en sus conductas, perjudicando el adecuado desarrollo intelectual, y de comportamiento, de los niños y jóvenes. Ya sea por imitación de patrones, como por la devastadora influencia que ejercen sobre los conceptos morales de la persona esos contenidos deberían ser limitados a través de unos procedimientos de seguridad realmente eficaces. 
 
Vivimos en una sociedad realmente corrompida, solo hace falta ver la televisión para verificar la cobertura y soporte visual que se brinda a todo tipo de criminales, mediocres "putos" y "putas" que prostituyen su dignidad en infames programas que dicen ser de entretenimiento cuando lo que son es de un adoctrinamiento feroz. Este tipo de contenidos ocasiona el aborregamiento, el "blanqueo" de conductas criminales y la laminación de los más nobles aspectos morales y cívicos de las personas, ocasionando serios perjuicios "conductivos" en quienes no disponen de la solvencia y la madurez como para contextualizarlos correctamente. 
 
Esa concepción de que a los 18 años (edad legal de la mayoría de edad) se es adulto para acceder a cualquier contenido es sencillamente una estupidez. Personalmente fijaría en 81 años la edad para ver, y oír, determinadas cosas, y aun así con toda clase de reservas. 
 
Los investigadores que investiguen y estudien, para el resto de mortales MUCHA PRUDENCIA y EVITAR LA PUBLICIDAD Y DIVULGACIÓN DEL MAL.
 
P.D.: el viernes por la mañana en el programa La Redacción Abierta de Intereconomia TV, a última hora del mismo, presentaron a una enfermera, Maria, que realizó un testimonio sobrecogedor. Ella había trabajado durante unos años en una clínica abortiva y el relato que hizo al abordar éste y otros asuntos fue conmovedor, a la vez que terrible. Esas personas con experiencias vitales tan ilustradoras de la VERDAD si que deben disponer de manifestación pública, porque son las que sí enriquecen y hacen madurar positivamente a las personas. 
 

Hablar con el diablo, derecho y deber. Por Luys Coleto

Sabe mi admirado –admiradísimo – antagonista Rafael López que mientras Margaret Thatcher moró el diez de Downing Street, la banda asesina IRA no obtuvo - ni rozó siquiera-  ninguno de sus objetivos políticos. Con los terroristas no se dialoga, sino que se les aplica la ley como lo que son: delincuentes. Además, singularmente crueles.

El diablo, más allá de la propaganda, maldad

El horror del IRA, indecible. Y contra ello, Maggie, implacable. No puede sorprender que cuando el SAS (Servicio Aéreo Especial, en inglés, Special Air Service) asesinó a tres terroristas en Gibraltar, el 30 de septiembre de 1988, Thatcher, altiva y corajudamente (al contrario que nuestro Mister X), asumiese en el parlamento británico toda la responsabilidad.

Poco después procedió a prohibir que la BBC emitiera entrevistas o discursos de miembros del IRA y de su brazo político, el Sinn Fein. Radio y televisión británicas maquillaron dicha prohibición gubernamental contratando a unos actores de doblaje que facilitaban su voz a los dirigentes de dichos grupos. Y, obviamente, no hace falta ser muy listo: grave error. Clamoroso derrape. Y John Major, seis años después, derogó tales y contraproducentes y absurdas disposiciones.

Decisión que se demostró ineficaz. Hondamente. En ese sentido la información sobre los actos terroristas es un elemento básico para desenmascarar la propaganda justificadora. No para legitimarla. Ni darle oxígeno, expresión habitual.

El diablo, mentiras y verdades

Los terroristas, cuando son entrevistados por sus medios adictos (a saber, Egin o Gara) apostan el foco sobre la legitimidad de sus causas, sobre plurales agravios, heridas incurables, opresiones nacionales o de clase, injusticias o exigencias que llegan a denotar de “democráticas” (la "alternativa democrática" etarra, por ejemplo). Todo ello salpimentando con términos positivos, como libertad y derechos y paz, a fin de paliar el impacto de sus brutales crímenes e inicuos asesinatos, chantajes y extorsiones varias. En definitiva, de todos los sufrimientos que ocasionan a gente indefensa.

Y deviene cristalino que esa pretensión propagandística fracasa cuando se orienta el foco hacia los hechos, hacia los desnudos hechos, es decir, hacia su actividad criminal y sus consecuencias, que son, en definitiva, los que revelan el verdadero y atroz rostro del terrorismo. No su mendaz y vacua verborragia…

Contra la propaganda, hechos

...Y contra su propaganda, hechos (tampoco como respuesta, obvio, propaganda de Estado). Hechos informativos. Su trayectoria de horror, injustificada e injustificable, queda al desnudo. La de Eta, por ejemplo. Y la de tantos. Y la de los terroristas de Estado, por supuesto. Más impunes, todavía, que los etarras.

Y, de paso, conoces el punto de vista del terrorista. Más que nada, “históricas” razones de Estado mediante, cuando las tornas muden, tan variables, el "terrorista" puede llegar a ser otro y uno quiera conocer sus razones. Puedes llegar a ser tú. Las razones del "terrorista negacionista", giro de la historia, un suponer.

Narcos versus NarcoEstado

Un ejemplo, más allá del terrorismo. Con otros malos o "malos". El magnífico documental, Yo fui un narco, sobre las narcoperipecias de Laureano Oubiña. Denunciando lo sabido. Por ejemplo, el gran montaje que representó la garzonada de la Operación Nécora. El celebérrimo sumario trece noventa. Portabales coaccionado para testificar contra Oubiña, touchè. O, desde luego, el nuclear enunciado que lo condensa todo, el Estado narcotraficante, su ínsito e inherente ser. "Sin las fuerzas de seguridad del Estado no habríamos podido hacer lo que hicimos". Sic.

El diablo dice muchas verdades sobre otros diablos

Pues eso. Y como lector o radiooyente o teleespectador tengo todo el derecho a dudar de la versión de Sánchez o Marlaska o Garzón. Y puede resultarme mucho más veraz la de Oubiña. Los "malos" dicen verdades (y los "buenos" no dejan de mentir). He ahí todo el meollo.

Y deseo escucharlas. Y ningún Estado posee el derecho de hurtarme esa posibilidad. Ningún monstruoso Leviatán - genuina y auténtica maldad, con su propaganda terrorista durante la plandemia, por ejemplo, tan evidente - me impedirá informarme, más allá de sus ministerios de la verdad, donde me salga del pitín. En fin.