En el lógico afán por conocer quiénes somos y de dónde venimos, inevitablemente, en algún momento, todos nos preguntamos cuál fue la historia de quienes nos precedieron. Nuestro interés nace en nuestros padres y abuelos, se remonta a sus ancestros, y se extiende a la historia de la comunidad de la que formaron parte y que contribuyeron a construir. En dicha búsqueda, como españoles y europeos, emerge y reluce como un faro la fuente de nuestro idioma y cultura: Roma. Eterna y brillante cuna de la Civilización, depositaria de la grandeza de la magna Grecia y sede de la Iglesia. Pues, como afirma el catedrático especialista en la Historia de Roma, D. José Manuel Roldán Hervás, “sin Roma no se puede entender Europa”.

Desde hace siglos, muchos se han empeñado –y todavía persisten– en atacar y negar nuestras raíces, pretendiendo destruir aquel legado, o socavándolo en nuestro recuerdo a fin de impedir su continuidad. Sin embargo, si nuestro deseo por saber es suficientemente fuerte, si conseguimos acceder sin prejuicios a las fuentes del conocimiento, nuestra percepción será más clara, y cualquier miedo inoculado para mantenernos en la ignorancia se desvanecerá sin remedio. Los libros y la experiencia misma del viaje a Italia, sin más guía que la propia curiosidad, despertarán en nosotros aquel afán inmoderado por conocer, que, no otra cosa, es lo que nos hace humanos.

Cabe recordar aquí a varios notables escritores que, seducidos por su historia y belleza legendarias, desde el siglo XVI hasta el XX, sintieron la necesidad de viajar al país translpino y dejar constancia de sus vivencias: Francisco de Holanda, Goethe, Stendahl, Pedro Antonio de Alarcón, Emilia Pardo Bazán y Pío Baroja.

Con apenas veintiún años, el artista, diplomático e historiador portugués Francisco de Holanda (1517-1585) fijó en el papel sus conversaciones con un Miguel Ángel ya maduro –a sus 63– en los Diálogos de Roma (1538-1548). Obra en la que también nos dejó interesantes apreciaciones sobre las artes, como su idea de la antiqua novitas –preñada de sensatez y prudencia–, según la cual la búsqueda a todo trance de la originalidad resulta presuntuosa y vana; ya que la misma noción de novedad se asienta en el olvido o la ignorancia de la Antigüedad: “Y nadie tenga una opinión tan moderna para decir que nunca las cosas fueron tan atildadas como hoy en día, olvidando cuán viejo y enrevesado es el mundo y las cosas que ha visto pasar en sí mismo”. (Cuarto diálogo, Editorial Acantilado, Barcelona, 2018, p. 125). Plasmando, igualmente, interesantes y atinadas valoraciones: “Así, afirmo que, con excepción de uno o dos españoles, ninguna nación ni gentes pueden ansiar ni imitar la manera de pintar de Italia […] sin que sea fácilmente reconocida como ajena”.

Por su parte, el metódico Goethe (1749-1832) en Viaje a Italia (1786-1788), hizo anotaciones del clima, el suelo, la composición mineral de las rocas –interesado en la geología y mineralogía– y hasta de la vegetación, como él mismo apuntó, acompañado de su “Linneo”. Grandísimo observador, analizó las gentes y sus costumbres, pero también registró la incidencia de los vientos y los cambios de horario por la variación de latitud. El amor por aquella tierra lo reflejó en un reiterado elogio de la belleza de la arquitectura y paisaje. Juicios precisos, atentos y siempre benévolos, llenos de admiración hacia el arte y la historia de Italia.

Refiriéndose a los pintores venecianos afirmaba que “deben de ver más diáfano y claro que los otros hombres”, reparando en las imposiciones de la geografía: “Cuantos habitamos un país, a veces sucio y fangoso, otras cubierto de polvo incoloro, que amortigua los reflejos, o quizá encerrados en menguadas habitaciones, no podemos desarrollar en nosotros mismos esa mirada alegre”.

Henri Beyle, Stendahl (1783-1842) publicó a lo largo de su vida varias obras “italianas”, describiendo en Roma, Nápoles y Florencia (1817) el perturbador efecto de aquella belleza abrumadora; y dando nombre a lo que se conocería como síndrome de Stendahl.

En sus Crónicas italianas (1821-1839), quiso y supo recrear el espíritu renacentista italiano como ejemplo de una sinceridad perdida: “[…] en la fecha de la presente narración (siglo XVI) se estilaba poco el cubrir con la mascarilla de la afectación y la hipocresía las actitudes de los hombres; estaba muy generalizada la convicción de que la única forma de actuar eficazmente entre los demás era expresándose con la mayor claridad posible”. (Ediciones Ferni, Génova, 1972, p. 120). Una franqueza que Stendahl apreciaba, guiado en todo momento por el afán de acceder al conocimiento profundo del alma humana: “Cuando en la soledad, a la caída de la noche, mientras me dejo llevar por el coche de posta, me pongo a pensar cuán maravilloso es el arte de conocer el corazón humano […]”. (Ibíd., p.121). Lejos de la tardía y moderna impostura que reconocía en su tierra y cuya irradiación no se cansó de denunciar, sostenía que: “A partir de la segunda mitad del siglo XVI, la vanidad, el deseo de parecer, le désir de paraître, según la expresión del barón de Foenestre, ha echado, en Francia, un velo sobre las acciones de los hombres y, sobre todo, sobre los motivos de esas acciones”. (Ibíd., p. 9) “[…] la primera máxima de los fatuos que imitaban al duque de Richelieu, hacia 1760, era la de no aparentar emoción o sorpresa ante nada. Y a su vez, los dandis ingleses […] ¿no tienen como máxima parecer hastiados de todo, superiores a todo? (Ibíd., p. 186).

En su empeño, Stendahl seleccionó y resumió relatos de pasión y aventura, historias de amor, arrojo, devoción y lances de honor, impregnados de vitalidad, señalando: “la pasión italiana, es decir, la pasión que busca la satisfacción de sí misma –la pasión por la pasión–, sin tratar de dar al vecino una idea lo más favorable posible sobre nuestro propio yo, comienza en el renacimiento de la sociedad, siglo XII, y desaparece, al menos entre las clases privilegiadas, hacia el año 1734”. (Ibíd., p. 187)

En la línea de Goethe, Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) nos legó De Madrid a Nápoles (1861), describiendo ordenadamente los hitos de su periplo pasando por Francia y recorriendo la península itálica de norte a sur: el Piamonte, la Lombardía, el Véneto, la Toscana, Roma y Nápoles. Un itinerario que dejaba paso a la reflexión y que huía del limitado recetario perpetuador de clichés de la guía turística, que se empezó a popularizar por entonces –la primera Guía Bradshaw data de 1839–. Como ya hiciera Stendahl antes que él, Alarcón establecía en su recorrido vínculos y relaciones con España, recabando así la atención de un mayor número de lectores y haciéndose también más cercano a ellos. Bien a través de nexos históricos ubicados en un pasado más o menos remoto, o bien sirviéndose de fenómenos puntuales dados en el contexto de su mismo viaje como excusa para abordar la actualidad europea o española. Una fórmula seguida más tarde por Emilia Pardo Bazán y Pío Baroja y de la cual valga de muestra el siguiente fragmento que testimonia la coyuntura histórica concreta de la pérdida italiana de Saboya y Niza en el marco de su unificación: “Después consideré que aquella raza era degenerado resto de los terribles montañeses que, acaudillados por sus condes o por sus duques (desde Humberto el de las manos blancas, fundador de la dinastía piamontesa, hasta Emmanuel Filiberto de Saboya, el vencedor de San Quintín), batieron a los franceses en muchas ocasiones, conquistaron ciudades y reinos y eternizaron su nombre en la historia. Y me complací, por último, al recordar que aquel suelo había pertenecido a España, como tantos otros que íbamos a recorrer, y que aquel Emmanuel Filiberto y los mejores de sus soldados sirvieron a las órdenes de Carlos V y de Felipe II, cuya dominación prefirieron siempre a la de los Reyes de Francia…” (“Saboya, recién anexionada a Francia”, libro segundo, capítulo III).

Emilia Pardo Bazán (1851-1921) agrupó en Mi Romería (1888) las crónicas italianas elaboradas para El Imparcial entre 1887 y 1888; destacando su tino, buen juicio y atención al detalle;  reparando en el estilo, el ornato y el carácter de las obras; pero también en la traza urbana. Dando cuenta, por ejemplo, de la acumulación y superposición de “capas geológicas” en Roma: “esta riquísima variedad, esta escala cromática que va desde la sombría encrucijada de las Catacumbas hasta san Juan de Letrán revestido de oro, mosaico y mármoles, resplandeciente de luces, sonoro con la divina armonía del órgano y la sinfonía celeste de voces humanas más frescas, más delicadas, más argentinas que he oído nunca”. (“La Iglesia Madre”, 26-12-1887, Mi Romería, en Viajes por Europa, Editorial Bercimuel, Madrid, 2006, p. 66). Y estableciendo una acertada comparación entre Florencia y Roma en este punto: “En Florencia no hay aquella serie de capas geológicas sobrepuestas de Roma […] que entristecen por la contemplación de las grandezas fenecidas y de las vicisitudes y tragedias históricas”. (“Jornada florentina”, 11 de enero de 1888, Mi Romería, op. Cit., p. 101).

Doña Emilia reprodujo aquí, por cierto, un sentimiento muy similar al descrito síndrome de Stendahl, que llamó “pena de lo grandioso”, y que, surgido a raíz de su visita a Florencia, definió ella misma como “el vértigo de la admiración continuada y violenta que enerva y rinde”. (Ibíd., p.104).

Por último, cabe recordar que Pío Baroja Nessi –de madre lombarda– ambientó total o parcialmente en Italia tres de sus novelas: César o nada (1910), El mundo es ansí (1912) y El laberinto de las sirenas (1923); dedicó una obra a las Escuelas italianas (1921) y, finalmente, escribió Ciudades de Italia (1949), donde recopiló las impresiones tomadas de Florencia, Roma, Bolonia, Nápoles, Milán y Génova.

Sirva, pues, este sucinto recopilatorio para animar a nuestros lectores a disfrutar de algunas apasionantes e instructivas lecturas, donde encontrarán recreo para el espíritu, alimento para la imaginación, toneladas de Historia y Arte con mayúsculas. Las raíces, al cabo, de la Cultura más fecunda de la Humanidad. La nuestra.