Un dicho afirma que quien con 20 años no es comunista no tiene corazón pero que quien con 40 sigue siéndolo no tiene cerebro. En una película preguntaba un personaje interpretado por José Sazatornil: “¿Usted es comunista porque es tonto o es tonto porque es comunista?”. Por último, Nicolás Gómez Dávila golpeaba al costado en uno de sus más célebres escolios: “Llámese comunista al que lucha para que el Estado le asegure una existencia burguesa”. Los jóvenes han de ser revolucionarios, nos aseguran, pero mi experiencia me dice que la mayoría de los jóvenes “progres” han pasado directamente a defender unos valores burgueses en nuestros días. Salvo una escasa minoría, entre la que me incluyo, y entre la que puedo incluir a algunas personas extraordinarias que se encuentran entre los 20 y los 30 años y que, en un plano ideológico, se encuadran lejos de la revolución y más bien inmersos, por contra, en una involución radical encaminada hacia todo aquello que la educación y la cultura que han recibido les han negado: la creación de una familia propia y la recuperación de una tradición; de una comunidad; de una religión; de un Dios. En definitiva, se trata de un grupo de jóvenes cuyo reducido número es inversamente proporcional a su valía, que nadan a contracorriente y que defienden los ideales que han encontrado en la literatura y en los rescoldos de un mundo consumido.

Ortega compuso hace décadas su decisiva “teoría de las generaciones”, que marcó el estudio de la literatura en décadas posteriores —la idea de un 98; de un 27; de un 36; de un 50; etcétera—, y que se puede explicar de forma sucinta con estas palabras suyas: “si toda generación tiene una dimensión en el tiempo histórico, es decir, en la melodía de las generaciones humanas, viene justamente después de tal otra —como la nota de una canción suena según sonase la anterior—; que tiene también una dimensión en el espacio”. Gustave Flaubert en el siglo XIX o Julián Marías en el siglo XX escribieron bajo el rótulo de educación sentimental la crónica de sus respectivas generaciones. En una columna de ABC de hace apenas una semana, Gabriel Albiac resumía el trayecto de la suya así: “Puede que sea el más perenne compañero de los de mi edad, este que escribió Gil de Biedma allá por el 68: ‘No volveré a ser joven’. En sus dos versos iniciales late una sabiduría amarga: «Que la vida iba en serio/ uno lo empieza a comprender más tarde...»”. Su generación ha realizado un viaje ideológico desde una sociedad que depositó la teología —católica— en la política —comunista— a lo que Juan Cruz llamó, en un libro prologado por Savater, “crónica de la nada hecha pedazos”. De la fe política marxista a la desesperación existencial nihilista. De la lucha antifranquista —más o menos mitológica— al cómodo abrazo de la socialdemocracia para acabar derivando en una posición muy cercana al liberalismo. Los nombres de escritores que han realizado este viaje dentro de unas coordenadas homogéneas no son pocos: Andrés Trapiello, César Vidal, Antonio Escohotado, Fernando Sánchez Dragó, Federico Jiménez Losantos, Antonio Pérez Henares. Otros, como Pío Moa o Juan Manuel de Prada, realizaron mucho antes y con mayor capacidad de perspectiva, una depuración intelectual más rigurosa, y por ello han podido crear una obra coherente y sin grandes sobresaltos ideológicos. También los hay que han seguido en un terreno de nadie poblado por tibios; o quién se ha mantenido comunista (o algo parecido) con 40 años e incluso con unos cuantos más a la espalda; prefiero no dar nombres de ninguno de ambos casos, aunque no por falta de abundancia.

Escribió Homero: “La raza de los hombres es como la de las hojas: cuando una generación florece, otra declina”. Así, encuentro que entre la gente de mi edad interesada en serio por los libros hay un rasgo poco común en la juventud: una fuerte perspectiva conservadora, tradicionalista o incluso reaccionaria —como en el caso de quien escribe estas líneas—. Se trata de una generación, la mía, que ha recibido una educación paupérrima, una cultura despojada de todo vestigio espiritual y una sociedad atomizada sin rastro alguno de ideales comunitarios o individuales. Por eso estos escasos integrantes entre los que me incluyo —aunque no soy, ni mucho menos, un caso único—, han tratado de encontrar en los libros el sustento intelectual que el mundo circundante les ha negado. Y lo han encontrado, tras derrotar las zozobras y extravíos habituales en toda juventud: han podido ingresar en la edad adulta convencidos de unas creencias “políticamente incorrectas”, sin sentirse unos herejes por ello; han encontrado opciones políticas alternativas, medios de comunicación disidentes y autores vivos encuadrados en una larga estirpe de escritores gracias a los cuales no se han sentido solos; y, por último, se han encontrado entre sí de forma más o menos organizada pero con la mano firme de la Providencia detrás. Ellos serán la resistencia en las próximas décadas en las que, al decir de Jeremy Naydler, tendrá lugar una decisiva “lucha por el futuro humano” en campos cada vez más presentes en nuestra realidad como el transhumanismo, la Inteligencia Artificial, el Big Data, el grafeno, la manipulación del ARN, los viajes espaciales, la impresión en 3D o la programación genética, entre otros muchos que van a construir un mundo que “no va a reconocer ni la madre que lo parió”. La resistencia política contra un SuperEstado Mundial a través de la identidad histórica de las Naciones; y la resistencia cultural contra un imaginario global construido por una extraña alianza entre liberalismo económico y el conocido como “marxismo cultural” en torno a temas elevados a la categoría de religiones de substitución como la ecología, el feminismo, la “calentología” climática, el identitarismo de las minorías, los “derechos LGTB” o la lucha entre razas; la resistencia, decía, será de estos pequeños grupos reaccionarios o de nadie.

Valores fundamentales como el de la familia y la maternidad; la comunidad y la defensa del individuo; la religión y la trascendencia; el autoconocimiento y la oración; la justicia social y la lucha de clases; la libertad de expresión, el sentido común —filosóficamente hablando— y el respeto por la naturaleza humana despojada de idealismos; la Belleza, la Bondad y la Verdad; serán la clave de esa batalla. El camino que conduce hacia esa inevitable contienda y hacia una vida de sentido confluyen en cada uno de estos jóvenes refractarios que, lejos de la revolución, se encuentran bien encaminados hacia algo mucho más perenne: la involución que rechaza todos los males derivados del mundo moderno. Si los jóvenes no se rebelan, morirán de rodillas.