De todas las rutas que hemos realizado por España durante más de cuarenta años, sin duda, ésta, en la que tomamos como cuartel general el Parador de Tordesillas (Valladolid) es una en las que más cerca hemos sentido la historia de España en una intensa emoción que crecía por días al contemplar los variados escenarios por los que transcurrió la vida y obra de una gran mujer, una de aquellas personalidades que dieron forma, alma  y extensión a la España actual, esa que ahora quieren romper a trozos cuatro papafritas con tal de medrar en la política local de su región, sacar tajada económico-personal y a la par causar un daño enorme a toda la nación. Pero dejemos atrás la baja política, esa basura y sus basureros, para adentrarnos en el esplendor y la grandeza de la vida de la que fuese una gran reina, Isabel I de Castilla.

         En su día, hace ya muchos años, una mañana de verano recorrimos las calles de Sos del Rey Católico, municipio situado al noroeste de la provincia de Zaragoza que pertenece a la comarca de las Cinco Villas, cuna natal de Fernando II de Aragón, conocido como Fernando “el Católico” y allí imaginábamos al futuro rey de una España unificada jugando con otros niños de su edad por aquellas cuestas, mirando a través de una de las muchas ventanas orientadas a los campos lejanos y soñando con ir más allá de los horizontes de su pueblo. Pero es de su amada segunda esposa de quien toca escribir en esta crónica viajera por tierras de España y a ello nos entregaremos con sumo deleite, ese que proporciona el recuerdo de días plenos.

         Son tres enclaves muy próximos en el mapa los que están íntimamente ligados a Isabel I de Castilla: Madrigal de las Altas Torres (Ávila), allí nace y pasa su primera niñez; Arévalo (Ávila), donde se educa y pasa su segunda niñez; y Medina del Campo (Valladolid), lugar de estancias y de su muerte.

 Madrigal de las Altas Torres: Una vez cumplimentado el desayuno en el Parador, la carretera que nos lleva de Tordesillas a Madrigal de las Altas Torres es pura delicia, una recta que recorre una amplia llanura cerealista. En algo más de media hora damos cuenta del medio centenar largo de kilómetros que separa estas localidades, pues la limitación de 90km/h nos aparece con insistencia.

Dejamos el coche en extramuros, justo al lado de un arco enfrentado a la C/Medina y buscamos la iglesia de San Nicolás de Bari. Ciertamente estamos en un lugar fotogénico. Coronando una calle por la que subimos, allí está la iglesia que buscamos, un edifico con torre robusta de planta cuadrada. Nos acercamos a la puerta principal y encontramos un cartel. “Para acceder al interior de la iglesia llame al teléfono…”. Llamamos a ese número y una señora muy amable nos dice que puede subir a abrirnos sobre las 10:30 am. Le damos las gracias y esperamos dando un paseo. Es importante visitar el interior de esta iglesia pues allí se halla la pila bautismal de la reina Isabel I de Castilla (*22 de abril de 1451, hija de Isabel de Portugal, segunda esposa de Fernando de Aragón).

Una curiosidad a observar en algunas casas de Madrigal es el sentido del casco que aparece en el escudo del noble: Si mira a la derecha se trata de un hijo legítimo, si lo hace a la izquierda es un hijo bastardo.

El siguiente lugar de interés en Madrigal es el Palacio de Juan II, hoy Real Monasterio de Nuestra Señora de Gracia (Siglos XV-XVIII). Residencia veraniega de Juan II y María de Aragón (primera esposa de Juan II de Castilla.1420-1445).

Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla

Isabel I pasa su primera infancia (1451-1455) en este palacio. La visita al recinto es guiada y comienza recorriendo un bello claustro, se pasa al refectorio, escenario de las primeras Cortes de Castilla (1438), la sala Capitular y el panteón donde encontramos, entre otros, el sepulcro de doña Isabel de Barcelós, abuela materna de Isabel I. La planta superior alberga estancias bellamente decoradas y la alcoba donde nació Isabel I de Castilla. Es de obligado cumplimiento localizar y detenerse frente a un cuadro, retrato fidedigno de los Reyes Católicos que se utiliza en innumerables ilustraciones. Sobre este recinto real cabe añadir que en 1525 fue cedido por el Emperador Carlos I a las monjas agustinas, quienes lo ampliaron y destinaron a la vida monacal hasta el día de hoy en que acoge a una comunidad de una docena de monjas.

Almenas y llanos amarillos: “la guerra y el pan del Señor”. Los restos de la muralla que hoy contemplamos se remontan al s.XII y destacan cuatro puertas con torres albarranadas pentagonales en los tramos de doble muralla, una de ellas conocida como Puerta de Cantalapiedra. Se cree que la citada muralla llegó a tener más de 80 torreones y es de ahí de donde deriva “de altas torres”.

A las afueras de Madrigal se encuentran las ruinas del Convento Agustino de Extramuros. Otro lugar de interés es la bodega de los Frailes del Convento San Agustín Extramuros.

Con la jornada ya avanzada nos desplazamos hasta Arévalo. La Plaza de la Villa, un conjunto medieval de soportales con dos iglesias en sus laterales, la de Santa María y San Martín, es un escenario de película que nos sobrecoge. Visitamos  estas dos iglesias y la de San Miguel. Estar en esta plaza, para nosotros, que siempre encontramos en estos recintos abiertos algo distintivo, singular y lleno de sabor, contemplar esta plaza, sin duda justifica el viaje, término que emplea la “Guía Michelín de España”, una guía que consultamos desde nuestra lejana juventud y que ha ido engordando y ganando hojas, como nosotros peso y años.

Arévalo, conocido como “La Ciudad de los Cinco Linajes” es un conjunto monumental salpicado de iglesias. En las Casas Reales de Arévalo (sus ruinas fueron demolidas en 1978) pasó su segunda infancia la reina Isabel la católica hasta 1461, ya que al cumplir diez años fue llevada junto con su hermano Alfonso a Segovia, sede de la Corte. El señorío de Arévalo, que recibiese Fernando II por herencia materna, fue donado por éste a su primera esposa y, tras fallecer ésta, a la segunda, la que fuera madre de Isabel I.

Almorzamos un menú excelente en un conocido restaurante de villa tan señorial y deambulamos por la C/ de la Alhóndiga, C/ Del Teso Viejo, Plaza Real, Arco del Alcocer (alberga el Museo del Cereal), Plaza del Arrabal… contemplando hermosas balconadas sobre los soportales de columnas.

Sobre las cinco de la tarde, de regreso al Parador de Tordesillas, la temperatura bajó bruscamente de 33ºC a 20ºC y una tromba de agua descomunal asoló la carretera durante kilómetros. Bajamos todo lo que pudimos la velocidad, la visibilidad era casi nula, parecía que dejaban caer, uno tras otro, cientos de cubos de agua. La inesperada furia de los cielos nos acompañó todo el trayecto de Arévalo a Tordesillas. Minutos antes de tan descomunal y explosiva tormenta de verano, el amarillo luminoso de los llanos campos contrastaba con los cielos plomizos, el amarillo resplandeciente bajo una sábana plomiza. Un contraste de tonos ciertamente bello y estimulante. Castilla la cerealista, tan guerrera y campesina ella.

La tarde abrió, regresaron los sofocos de esa eterna planicie, testigo de una lejana historia de siglos atrás, de arados y lanzas, de balidos y graznidos lejanos de cuervos que buscan el dormidero con el sol sobre el horizonte.

Jornada tan intensa de emociones, sin duda nos transformó. Éramos plenamente conscientes de algo así como un cambio interior, un crecimiento perceptible del amor que ya veníamos sintiendo por una tierra y aquellos, en este caso la reina Isabel I, que le dieron nombre, forma y alma hasta dejar en nuestros manos legado tan impagable de cultura, tradiciones y paisajes, son los variados pueblos de España cuya unión conforma una nación envidiable.