Tuve después otros profesores, en la Escuela Normal de Córdoba (donde estudié Magisterio y obtuve el título de Maestro Nacional), en la Facultad de Filosofía y  Letras de la Universidad Central de Madrid (donde fracasé estrepitosamente, pues no pasé de los Cursos comunes), en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid (donde me fue tan bien que hasta obtuve el nº 1 de mi promoción) y tuve otros profesores en los muchos cursos especiales (hoy se le llaman "Master") que realicé, entre 1960 y 1990 (el que más huella dejó en mi fue uno sobre Prensa infantil y juvenil)... pero como Doña Juana y Don Mariano, ninguno.  Fueron mis Maestros y jamás podré olvidarlos. Don Mariano era de Cádiz y Doña Juana era madrileña. Él era Maestro, pero no podía ejercer oficialmente por haber sido represaliado por el franquismo, élla sí, y además con todos los honores, porque había ganado la plaza por oposición... y además era guapísima (¡Dios, la que se armó en el pueblo cuando llegó con sus 27 años a cuestas y sus 1,80 de pies a cabeza!). ¿Y por qué me moriré y no les habré olvidado?. Sencillamente, porque a ellos les debo, además de haber podido estudiar en un medio ambiente y familiar donde sólo estudiaban los niños "ricos", las dos cosas que conformaron mi vida literaria y personal. A Don Mariano le deberé siempre haberme incrustado aquello que tantísimas veces me repitió: "Julito, lo que tengas que hacer, sea lo que sea, procura hacerlo bien... la obra bien hecha marca al hombre"...¡Y cuánta razón llevaba! Y ese ha sido el norte de mi vida. ¿Y a ella?. ¡Ah, Dios, Doña Juana me abrió las puertas del cielo, porque fue ella la que me arrastró al mundo de la literatura y me hizo leer desde Verne a Hemingway, pasando por Baroja, Unamuno, Dostoyeski... y me indujo a escribir...y a ser Periodista. Por ello  Doña Juana y Don Mariano vivirán conmigo mientras yo viva. Y lo que se recuerda no muere.