Comienzo diciendo que estoy en la cárcel, que tengo 65 años, formación universitaria, esposa e hijo de 19 años y una vida cuajada de éxito profesional; jamás, nunca he delinquido y estoy socialmente integrado Un vasto proceso judicial de más de 10 años de duración que me ha mantenido como un verdadero cadáver civil, me obliga ahora a entrar en prisión, mientras se resuelven mis recursos ante el Tribunal Supremo y ante el Tribunal Constitucional.

Jamás imaginé verme en una situación como esta y aunque creo que ir a la cárcel no es lo peor que a uno puede pasarle, recomiendo vivamente que procuren evitarlo. Cada minuto de mi tiempo penitenciario tiene en términos existenciales una duración de horas. No haré, en ningún caso, ni ahora ni en el futuro, psicología descriptiva de lo que aquí en prisión vea o pueda ver o imaginar, para alimentarse de morbo considero que existen otros foros, siempre he creído que los conflictos se retroalimentan de sus propios excrementos, y nada me interesa menos que hablar de vísceras.

Antes de continuar, quiero romper con el escabroso paradigma de los funcionarios de prisiones; les puedo asegurar que son tan buenos profesionales como cualquier otro trabajador que opere en otro ámbito distinto.

Cuando entré en prisión acepté la responsabilidad de pensar siempre en el día siguiente; por mi familia, por mis amigos, pero también pensando en mi estabilidad emocional. Entrar en la cárcel ha tensado las costuras de mis emociones, y el juicio mediático al que fui sometido me dejó la vida con el aspecto de un piso un minuto después de la mudanza. Piensen en cualquier caso de corrupción que consideren muy público y publicado y de inmediato comprobarán, si la memoria les acompaña, cómo muchos de los hechos expuestos en las noticias están envueltos en plásticos de esos con burbujas de opinión mediática. Los procesos judiciales de longitud excesiva se me antojan infinitos contribuyendo en muchas ocasiones a lo que en mi libro sobre gestión de la comunicación en situaciones de crisis, apunto como la lapidación 2.0.

 Las opiniones en internet corren que se las pela y viceversa. El efecto Google se encuentra siempre presto a achatarrar curriculums impecablemente vestidos en apenas minutos… y para siempre.

Es cierto que la verdad nunca caduca, pero no es menos exacto que la opinión publicada puede ser más peligrosa que el granizo, y que la máquina del fango hará que nuestra mochila reputacional se nos llene de porquería.

No me creo, ni jarto de vino, que los casos de corrupción que afectan a los partidos políticos sean ajenos a los radares del partido. En los juicios políticos algunas mentiras cobran vida a través de actores de reparto que cumplen diligentemente los papeles acusatorios con presunción de veracidad. En el proceso judicial que me ha traído a prisión he podido cartografiar declaraciones hechas por testigos con una buena memoria, en otros casos testimonios trucados como consecuencia de una mala memoria, pero mayormente he podido comprobar que la memoria más peligrosa es, sin duda ninguna, la memoria conveniente. Nada que se acomode más al guion de una judicación corrupta que tenga intención derogatoria de responsabilidades, como manifestarse a través de la memoria conveniente.

Debo un punto y aparte de agradecimientos a mi familia, a mis amigos, a la gente que ha creído siempre en mí (sin coma) y que han recorrido conmigo la geografía de calles imposibles. Gracias a ellos, también por ellos, también por usted, ha nacido POLIÉTICA, una asociación nacional para el estudio y la prevención de delitos y para la implantación en las instituciones y en las empresas, de principios de gestión ética y de transparencia y siempre a través de acciones de interés general.

No tengo, ni tendré, peros en la lengua para abrazar la ética, la verdad y la transparencia en las cosas. Pedir perdón exige más valentía que disparar un arma

Consumiré el tiempo de vida con ánimo restaurativo para intentar erradicar de las páginas de nuestra historia todos aquellos casos de corrupción y en los que, desde POLIÉTICA, podamos colaborar con la justicia pero también con la prensa de investigación.

No dicta mi voluntad la venganza si no el deseo infinito de metabolizar comportamientos responsables. La estrategia de algunos partidos, cacareando, siempre, compulsivamente aquello de “pio, pio, que yo no he sio, que yo no he sio”, puede abrochar circunstancialmente las mentiras que se suelen deslizar en una instrucción judicial, o en una investigación periodística, pero desde POLIÉTICA estaremos siempre dispuestos a la colaboración desinteresada en favor de la transparencia y de la verdad.

El esfuerzo que iniciamos valdrá la pena y la alegría si los jueces, fiscales, abogados, políticos y periodistas asumen que detrás de cada titular mediático existe una familia que sufre de manera paralela la previsible lapidación pública.

Valdrá la pena y la alegría, si conseguimos reconciliar principios de transparencia, ética y responsabilidad social a prácticas de libre y pública concurrencia, en las administraciones públicas españolas y en general en las empresas.

En términos forestales, si hay mucha temperatura, poca humedad, y mucho viento, hay riesgo de incendio. A veces las preguntas son complicadas y las respuestas sencillas. [Doctor Seuss]