Me gusta el concepto que tenía Bueno de la cultura, eso de que es un mito que hay que mitificar, o dicho en otras palabras: que la cultura se construye a partir de los mitos. Veamos pues en que mitos estamos y como van a influir en la sociedad del futuro si las cosas siguen su curso natural, y no, no voy hacer otro artículo más sobre los globalistas –que haberlos haylos– y sus planes mesiánicos; sobre ellos hay material de sobra, y bajo mi punto de vista tienen pocas opciones reales de triunfar por mucha agenda 2030 y charlitas que den las feministas a los chavales, que por llevar la contraria se les sublevan a la que pueden –como es propio de la edad – y eso quiere decir que las cosas van de cine.

 

En esta época el mito fundamental es muy sabio: el del termino medio. Como venimos de la segunda guerra mundial y de la herencia de los dos polos –liberalismo o comunismo-fascismo– desde la caída del muro en política se lleva eso que llaman centro: que es la ideología de siempre en uno de los polos con un análisis de la realidad matizado, es decir suavizado por la voluntad de convivencia con el opuesto, y así se trata de evitar el error de los totalitarismos que fueron tendencia del siglo pasado. En mi opinión el término centro no expresa adecuadamente la voluntad política popular, que no es quedar desposeído de ideología, sino construir sociedades donde quepan muchas ideologías, y en esto consiste el error fundamental de los políticos de centro: Yo diría que se trata del error Kelseniano –a pesar de que no es justo atribuirle todo el peso de la asepsia axiológica– que consiste en la falacia de siempre –pero es otra historia– que podemos hacer sociedades con mandatos desposeídos de moral, porque para el naturalista –que no iusnaturalista– la moral no se inmiscuye en la realidad ni está en ella y por tanto se puede prescindir de ella: es eso de Más allá del bien y del mal y El anticristo, Postulados de viejo Nietzsche que curiosamente comparten liberales, marxistas y fascista.

 

El mito después de Kant –y sin Kant– es el relativismo, y en esas seguimos pero despertando del sueño dogmático providencialmente a partir de Kant, como le ocurre a muchos juristas cuando piensan un poco. Los postmodernos han roto el mito del relativismo con sus excesos, y estamos en ese punto se sublimación hacia lo eterno; digo que estamos en un momento dulce para el pensamiento, porque se ha roto el cerco de la epistemología de la imposibilidad metafísica y vamos hacia una realidad prometedora de universalidad y autonomía: de la técnica del imperativo hipotético vamos al categórico donde cada cual se regirá por su propia voluntad. En estos términos hay que hacerse la pregunta del millón ¿como será sociedad del futuro?

 

Nos dirigimos a la democracia científica ¿y esto que es?

 

La democracia científica es una régimen político con ideología pero sin partidos políticos, donde el sector público es la base de la organización de la comunidad, los puestos de dirección se alcanzan por riguroso orden de oposición demostrando que se reúnen los requisitos profesionales necesarios, la asistencia social un principio del estado, al igual que la libertad empresarial y de mercado como intrínseca al desarrollo económico y el bien estar social. En esta sociedad caben todas las ideologías  y credos, que son personales y no oficiales del estado. Cada funcionario ejerce sus funciones conforme a sus propias convicciones, rodeado de otros funcionarios con los que tendrá que discutir por obligación los términos de sus actos, y sus valía profesional estará acreditada. Hablamos por tanto de una sociedad científica como metáfora del imperio de la ciencia de la administración, eso que los anglosajones llaman técnica de management o Know how. La democracia científica es la única técnica por la que el individuo es su condición de tal es capaz de hacerse soberano, dueño y señor de su voluntad sin delegación o cesión alguna, mientras se garantiza la paz social; es la antítesis del superhombre guerrero que queda superado por el hombre de toda la vida que no quiere meterse con nadie ni que le molesten: es el imperio de los pepes  y las marías.

 

Lo que pasa es que los políticos no quieren perder su puesto – digo yo que lo suyo le habrá costado – e insisten en que los pepes y las marías tenemos que seguir siendo pastoreados por ellos; no dicen que ya no necesitamos ni religión ni ideología, que no necesitamos pensar, que ya lo hacen ellos por nosotros que son listos y guapos; pero no se dan cuentan de que no es que no queramos tener ideología, es que simplemente no se la queremos imponer a los demás, y preferimos que hagan las cosas los que saben, a que cada cuatro años un partido conquiste la Moncloa y nos imponga a todos la voluntad de su señor.