Memoria histórica del conflicto vasco

Venimos desarrollando en esta columna los acontecimientos que tuvieron lugar durante la guerra civil en las Vascongadas, en los reiterados intentos de los separatistas vascos por arrogarse el control de los valores católicos y el pronunciamiento favorable de la Santa Sede y de la Jerarquía católica en los postulados supremacistas de la posición política y religiosa de aquellos.

Las campañas de propaganda de los separatistas, en parte, había producido sus frutos; algunos grupos de intelectuales se pronunciaron para apoyar la idea de anteponer la política a la Religión. Este hecho destacó un fenómeno singular y único: en una cuestión religiosa, ciertos seglares se erigieron en mentores de los fieles, cosa que ya había sucedido en otras naciones.

Como venimos contando, los separatistas vascos pretendieron demostrar, desde la publicación de la carta colectiva de la Jerarquía, que nadie los había escuchado: ni desde L’Osservatore Romano ni de la Jerarquía del mundo. La realidad fue muy diferente, la Jerarquía del mundo se adhirió a los postulados de los que en esos momentos luchaban por Dios y por España.

Desde luego, no fue una adhesión fría. Más de novecientos obispos respondieron individual y colectivamente con gran afecto, desde Italia, Alemania, Polonia, Hungría, Checoeslovaquia, Austria, Suiza, Rumanía, Albania, Grecia, Inglaterra, Irlanda, Portugal, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Bulgaria, Armenia, Estados Unidos, Canadá, Méjico, Chile, Nicaragua, Filipinas, Australia, Travancor, Madagascar, India, China, Tonquín, Caquetá, Las Gallas, Dahomey, Ruanda, Bumako, Camerún, Carolinas, Nuevas Hébridas, Papúas, etc. y los superiores de las órdenes Religiosas.

Tenemos también el testimonio del pensamiento de la Santa Sede en la carta que el cardenal Pacelli dirigió al Primado español, Dr. Gomá, desde la Secretaría de Estado, fechada en el Vaticano el 5 de marzo de 1938: “Ha llegado a conocimiento de la Santa Sede que en breve se editará ahí una publicación con los mensajes enviados por los obispos de varias naciones en contestación a la carta colectiva del Episcopado español. La gran resonancia de la favorable acogida de tan importante documento era ya conocida del Augusto Pontífice, el cual, con paternal satisfacción, había echado de ver  los nobles sentimientos en que está inspirada, así como el alto sentido de justicia de esos eminentísimos obispos al condenar absolutamente todo lo que tenga razón de mal y particularmente el generoso perdón que tiene el mismo Episcopado tan duramente probado en sus miembros, en sus sacerdotes y en sus iglesias, para cuantos, al perseguir sañudamente a la Iglesia, tanto daño han causado a la Religión en el noble pueblo español”.

La carta incorpora además párrafos como éste: “Su santidad le manifiesta su sentimiento de paternal reconocimiento y se complace en gozarse con su Eminencia, ya que ello es una nueva y tangible prueba de su celo infatigable, prueba de la filial devoción al Padre común”.

Y termina la carta con este párrafo: “Al cumplir el grato encargo de dar a conocer a vuestra Eminencia tales afectos y sentimientos del Augusto Pontífice, aprovecho gustoso la oportunidad para expresarle el sentimiento de mi profunda veneración”. Firma: Cardenal Pacelli.

Aquí aparece de manera incuestionable la reprobación por parte de la Jerarquía y la aprobación del Papa de esa misma Jerarquía, tan criticada por los separatistas vascos. Puestos en la balanza el catolicismo de los separatistas y el catolicismo de la España de entonces, a la luz de los documentos citados, no permiten albergar la menor duda. Precisamente por no dar preferencia a los asuntos políticos antes que a los religiosos.

Todavía disponemos de más documentos digno de comentar en días próximos. Nuestra memoria histórica no va a olvidar a las víctimas que causaron aquellos políticos que se aliaron para gobernar con los comunistas en tierras vascongadas, sin respetar los sentimientos y creencias del pueblo vasco. Amistades peligrosas que nunca dieron buen resultado; la experiencia de ETA es una prueba más de la falta de respeto de ciertos políticos a un pueblo serio, generoso y profundamente religioso y amante de sus tradiciones.