Esta conferencia la expuso el periodista Rafael Nieto en la presentación de su libro "Sin miedo a nada ni a nadie" en la colección Centenario de homenaje a Blas Piñar:
Gracias a los organizadores de este evento, a los responsables de este maravilloso Casino Principal de Guadalajara, a los miembros de la familia Piñar aquí presentes (Miguel, amigo y camarada, prologuista de este libro), también a los ausentes, y gracias (no dejaré de decirlo) al editor de este libro, Álvaro Romero, por su confianza y por haber querido que este periodista, sin ningún mérito especial, forme parte de esta Colección Centenario para recordar, homenajear y aprender del impresionante legado de Blas Piñar.
 
Hoy además, y como no puede ser de otra manera, con el recuerdo emocionado de Juan León Cordón, recientemente fallecido, presidente de Fuerza Nueva Andalucía durante tantos años, patriota y católico cabal, colaborador estrechísimo e íntimo amigo de Blas Piñar. Con la certeza, eso sí, de que descansa ya junto a los luceros, impasible el ademán, como siempre fue norma en su vida terrenal. Descanse el paz el camarada Juan León, y que su ejemplo nos sirva de guía y de estímulo.
 
Como digo, no creo merecer el honor de estar hoy aquí y de haber participado, con mi modesto libro, de esta obra colectiva. En las primeras conversaciones con Álvaro, ya le dije que yo no era ningún experto en Blas Piñar, que no podría ni remotamente elaborar algo parecido a una biografía...Uno debe ser consciente de sus limitaciones naturales. Pero sí le dije dos cosas que creo que son importantes. Una es que tuve el inmenso honor de conocer a Blas Piñar en persona, de hablar tranquilamente con él, de compartir unos horas maravillosas en su propio despacho, en su casa, rodeados ambos de miles de libros que parecían escucharle con la misma atención que yo. Y lo segundo: latía, y sigue latiendo, en mí el deseo, que he convertido en obligación, de defender la memoria de un hombre irrepetible y excepcional, un político con mayúsculas, un intelectual de primer orden, un católico ejemplar. Uno de esos hombres que nacen con cuentagotas, quizá porque Dios, en su infinita sabiduría, reparte el talento y la integridad con escasez para que sean más evidentes las miserias de los demás.
 
Yo, por tanto, ante las personas que están hoy aquí, que naturalmente podrían estar horas hablando de un miembro de su familia que vive también la vida eterna, no cometeré el atrevimiento de hablarles de Blas Piñar. Les hablaré brevemente del contenido de este libro (que naturalmente, me gustaría que leyesen), y les hablaré del periodismo, al que llevo dedicándome la mitad de mi 45 años, que cumpliré, Dios mediante, la semana que viene.
 
En la primera parte de SIN MIEDO A NADA NI A NADIE, los lectores van a encontrar un análisis de la sociedad de hoy. Para muchos, una visión negativa, probablemente; para otros, excesivamente realista, o descarnada. Pesimista incluso, me dirán otros. Pero les aseguro que ninguno de mis escritos, ni mis artículos semanales en la radio, ni mis libros anteriores, están movidos por el menor ánimo pesimista. Los providencialistas, además (y yo soy uno de ellos), estamos casi obligados a un optimismo natural e imbatible, el optimismo de sabernos hijos de Dios, y la certeza también de que España es tierra de María y de grandes santos. No es un libro, pues, pesimista ni negativo, pero sí quizá crudamente realista. Con esa distancia que el buen observador y analista debe tomar siempre con las cosas para que no te salpiquen en lo personal, confundiendo el criterio.

Es bueno recordar que esos inútiles han sido elegidos en sufragio (se supone que libre y democrático), y eso es tanto como decir que hay un número muy importante de españoles que creen de verdad que "esto" que tenemos en La Moncloa es lo máximo a lo que podemos aspirar.

 
Es muy importante darnos cuenta de cómo es el mundo en el que vivimos, porque solamente así entenderemos a nuestros actores políticos, los partidos, el funcionamiento de las instituciones, etc. Si no ponemos una lupa grande, con cristales de gran aumento, sobre cómo somos los ciudadanos del mundo de hoy, difícilmente podremos entender, por ejemplo, que una manada de inútiles como la que hoy compone el gobierno social-comunista, erigido en nuevo Frente Popular, haya logrado engañar a tantos cientos de miles de personas. Es bueno recordar que esos inútiles han sido elegidos en sufragio (se supone que libre y democrático), y eso es tanto como decir que hay un número muy importante de españoles que creen de verdad que "esto" que tenemos en La Moncloa es lo máximo a lo que podemos aspirar.
 
Como soy políticamente incorrecto no solamente en mis ideas, sino también dentro de mi oficio, me gusta también repetir que de esto no habla casi ningún periodista en España. Ustedes comprobarán que los españoles son intocables, los ciudadanos son intocables, al modo comercial de "el cliente siempre tiene la razón". Son de esas mentiras (luego hablaremos con detalle de la mentira) que hacen fortuna, sin duda porque hay una cantidad también notable de seres vivos dispuestos a creérsela. Siento decirles que no. Por más que duela asumirlo, nuestros políticos, nuestros partidos, nuestros gobernantes, esa manada de ceporros que ustedes ven sentados en el Congreso de los Diputados (por supuesto con las excepciones correspondientes), han sido todos elegidos por nosotros, directa o indirectamente. Ya sé que es desolador, y que baja la moral de cualquiera, pero sólo si somos conscientes de ello podremos empezar a poner las bases para la solución del problema.
 
Miren, el Partido Popular tiene como presidente a un hombre, Pablo Casado, que no reúne ningún mérito especial para haber podido acceder a ese puesto de enorme responsabilidad. No ha trabajado absolutamente en nada productivo, no tiene en su trayectoria otro mérito que haberse criado a los pechos de su valedor principal, señor Aznar. Qué voy a decirles ustedes del actual presidente del Gobierno, que ha tenido que falsificar y trolear algo tan al alcance de cualquiera como una tesis doctoral, que incluso este humilde periodista terminó hace unos años, con la misma nota que Pedro Sánchez pero sin hacer trampas. Así podríamos seguir con el resto de líderes políticos: es un milagro encontrar a alguien de quien podemos decir que tiene un CV deslumbrante. Poner al lado, comparar a cualquiera de ellos con un hombre, por ejemplo, como Blas Piñar, causa verdadero estupor. ¿En qué momento nos hemos dejado convencer de que esta panda de menesterosos intelectuales es lo mejor a lo que podemos aspirar?
 
Como les decía, nadie habla en los MCS de cómo son los ciudadanos de hoy porque hacerlo supondría entrar, por ejemplo, a analizar cómo es el sistema educativo, cómo es la universidad en España, cómo son los programas culturales en la TV (en el caso de que los haya, porque como no veo TV, no lo sé), cómo son las películas y las series que triunfan, cómo son las canciones y los artistas que más éxito tienen, cuáles son los hábitos de ocio favoritos de los jóvenes de hoy...Porque de todo eso se nutren (es un decir) los cerebros de los ciudadanos que luego acuden a las urnas, de todo el sistema de valores que se transmiten en ese conglomerado complejo de influencias con que convivimos a diario. Si la "Isla de las Tentaciones", las animadas tertulias del corazón y otras vísceras de Telecinco, o las películas de Almodóvar son el reflejo de los españoles de hoy, comprenderán que entonces lo que vemos luego en la sede de la soberanía no solamente no debe extrañarnos, sino que al revés, podríamos decir incluso que hemos salido relativamente bien parados, porque al menos el 90% de los diputados parecen haberse duchado en las últimas 24 horas.

Si no responden un WhatsApp mientras caminan, si no ponen una chorrada en Twitter mientras se suben al autobús, si no teclean la última majadería en el Instagram, parece que fuesen a perder la vida. Ésta es (siento decirlo así) la gente que vota hoy en día en España y en el mundo. Esclavos morales de la tecnología en un desierto de principios éticos.

 
Lo que pretendo decir con todo esto es que no se puede votar bien si pensamos mal y si nuestro actual sistema de valores es un erial. No podemos ejercer el derecho a un voto responsable, que mire por el Bien Común, que respete la ley natural, que conozca la Moral Objetiva, que sea conscuente con la historia y la tradición españolas, que responda a las necesidades y problemas de la mayoría, que defienda ante todo la vida de las personas, todas las personas, igual las no nacidas que las ancianas, si lo que circula por entre el cerebelo y la materia gris es un ovillo de payasadas, un pantano de estupideces y un océano de mentiras. Votamos mal, y elegimos mal a los políticos, porque desconocemos o al menos hemos dado la espalda a todas esas verdades eternas, a todos los fundamentos ontológicos y morales, que hacen de las personas el mejor reflejo posible de la grandeza de Dios.
 
Caminen, si pueden, por cualquier acera de cualquier pueblo o ciudad. Digo si pueden porque entre los patinetes eléctricos, las motos mal aparcadas, las bicicletas abandonadas y otros ornamentos urbanos, la calle es hoy, más que nunca, una gimkana. Observen ustedes el desolador paisaje que les rodea. Cientos, miles de personas con la vista clavada en una pantallita. Les da lo mismo si están cruzando por un sitio equivocado, si a su lado se ha caído una ancianita, o si enfrente se aproximan varios viandantes a toda marcha. El teléfono móvil ha pasado de ser un solucionador de problemas a convertirse en una obsesión, en el centro neurálgico de nuestras vidas (unas más que otras) y en el objeto, con diferencia, más deseado para la mayoría de la gente. Si no responden un WhatsApp mientras caminan, si no ponen una chorrada en Twitter mientras se suben al autobús, si no teclean la última majadería en el Instagram, parece que fuesen a perder la vida. Ésta es (siento decirlo así) la gente que vota hoy en día en España y en el mundo. Esclavos morales de la tecnología en un desierto de principios éticos.
 
Veamos cómo son los medios de comunicación. Hace unos días, el presunto actor Willy Toledo (también llamado Tolerdo) decidió repetir la grave blasfemia por la que ha tenido que sentarse en el banquillo gracias a la querella de Abogados Cristianos. En el momento de evacuar, verbalmente, en lo más sagrado, tenía delante a una docena de reporteros. Ninguno le hizo comerse el micrófono por meterse con nuestro Padre Celestial y con nuestra Madre Santísima. Y ninguno reaccionó "virilmente ni gallardamente" (como pedía Blas Piñar), por la sencilla razón de que no creen absolutamente en nada. Están ahí por una nómina casi siempre miserable, deseando que pasen las horas de su turno para ir a casa a envolverse en una manta y ver su serie favorita, las series que tienen como protagonistas a curas pederastas o a exiliados republicanos honorabilísimos. Los periodistas de hoy, salvo honrosas excepciones, reflejan bien la sociedad a la que pertenecen, como no puede ser de otra forma. Les pasa igual que a los políticos.
 
Les decía que de todo esto hablo en la primera parte del libro, que es fundamental para entender el resto. Porque el contraste con la España de los años cincuenta, sesenta e incluso setenta, es absolutamente estremecedor. No por los cambios tecnológicos o por los hábitos y rutinas, que finalmente sería lo de menos, sino porque aquella España creía en Dios y en sí misma, y la de hoy no cree absolutamente en nada más que el ocio, el dinero y los vicios. Aquella España, incluso después de los terribles años posteriores a la guerra, era una nación con conciencia de sí misma, con una misión que cumplir, con un pasado en el que poder reflejarse, mientras que lo que queda hoy de España es lo más parecido a una casa de mala nota en la que no se sabe bien quién manda, ni quién gasta, ni quién cobra. Todo el esplendor de los siglos, todo el bien ganado honor de nuestros militares, los frutos de la Cruzada de Liberación que encabezó el Generalísimo de los Ejércitos, ha quedado reducido a carbonilla para mayor gloria de los democratistas de carnet.
 
Y es ahí donde SIN MIEDO A NADA NI A NADIE hace emerger la figura de Blas Piñar, tantos años ocultado por el régimen del ´78, tantos años eclipsado por los partidos hegemónicos, tantos años hurtado a las nuevas generaciones de españoles. Porque Blas Piñar fue el único, no sólo el más importante, no sólo el más notable, también el único que de verdad supo defender los principios e ideales del 18 de Julio contra el intento, luego conseguido con creces, de derribar cualquier rastro del franquismo. Fue el único que alzó su voz contra la confusión, el único en criticar con argumentos lúcidos ese "edificio constitucional" cuyos cimientos eran la propuesta incipiente del aborto libre, el divorcio como vil asesinato del matrimonio, la desmembración de España en decenas de reinos de taifas, y finalmente la entrega en bandeja de plata de nuestra sagrada unidad nacional a los peores enemigos de la Patria. Sólo él alzó su voz en la sede de la soberanía, mientras los demás, igual los socialistas en pantalón de pana que los populares de Fraga Iribarne, se ocupaban de garantizarse un sueldo vitalicio a costa de lo que fuese. A costa de traicionar lo que, por cierto, muchos juraron defender hasta la muerte.
 
De todas las virtudes de Blas Piñar, que nos llevaría horas y horas glosar y comentar, sin duda hay una que me produce una especial admiración, una admiración que, reconozco, a veces se acerca a la idolatría. Me refiero a su pasión por la verdad, una pasión que comparto con el fundador de Fuerza Nueva, y que creo es condición indispensable para poder considerarse, en coherencia, cristiano. Si Cristo es "la verdad y la vida", si "la verdad nos hace libres", hemos de considerar a su contraria, la mentira, una auténtica criatura del maligno, posiblemente la más destructora y corrosiva de todas. De hecho, algunos creemos que el mundo de hoy se consume en una ciénaga de inmundicia porque la modernidad, necesariamente sostenida por las ideologías marxista y liberal, se ha fundido en una alianza permanente con la mentira.

Si Blas Piñar hubiera sido Presidente del Gobierno hoy tendríamos una España protegida en su unidad, blindada contra sus enemigos. El derecho a la vida, igual el del no nacido como el de nuestros mayores, en el frontispicio de la Carta Magna. Las raíces cristianas de España y de Europa, como referente permanente de las políticas que sólo pueden estar orientadas al Bien Común. El bienestar y la prosperidad de los españoles (de todos los españoles, igual los vallisoletanos que los gerundenses, o los pacenses que los del bajo Llobregat), por encima de intereses particulares de partidos políticos, sindicatos, ongs o colectivos chupópteros en general.

 
Blas Piñar no necesitaba a los medios de comunicación más poderosos, que ya entonces se entregaban al mejor postor, al mejor pagador. Tampoco tuvo que recurrir a esos tópicos democratistas, para consumo de las grandes masas, tópicos que han terminado por convertir el sucio relativismo en el único principio que comparten casi todos. Él tenía un corazón ardiente de Fé Católica, el ánimo del guerrero para defender España, una cabeza privilegiada para recordar datos, construir argumentos y repartir mandobles dialécticos. Y tenía, sobre todo y ante todo, la fuerza imparable de la verdad. Por eso era capaz de arrastrar multitudes, llenar pabellones y plazas de toros, o convocar a cientos de miles de personas en aquellas manifestaciones históricas que sólo el diario El Alcázar o Pueblo se atrevían a reflejar en sus páginas. Esos cientos de miles de españoles, entonces como hoy, necesitaban a un líder que les condujera por el camino de la verdad. Y Blas Piñar lo hizo durante los años en que estuvo en la política activa.
 
Hagamos, por un instante, política ficción. ¿Se imaginan qué hubiese ocurrido con Blas Piñar en la presidencia del Gobierno? Yo, que no sirvo como futurólogo, me atrevo a imaginarlo. La unidad de España, blindada contra sus enemigos. El derecho a la vida, igual el del no nacido como el de nuestros mayores, en el frontispicio de la Carta Magna. Las raíces cristianas de España y de Europa, como referente permanente de las políticas que sólo pueden estar orientadas al Bien Común. El bienestar y la prosperidad de los españoles (de todos los españoles, igual los vallisoletanos que los gerundenses, o los pacenses que los del bajo Llobregat), por encima de intereses particulares de partidos políticos, sindicatos, ongs o colectivos chupópteros en general. Eso es lo que hoy tendríamos, no tengan ustedes la menor duda. Una España unida, sin el conflicto cainita de las autonomías, sin los enemigos internos del separatismo, sin la carcoma moral y espiritual del ateísmo militante, ni las aberraciones derivadas del relativismo. Esa sería la España de hoy, y no el albañal de mediocres y de inmorales que vemos cómodamente sentados en las más altas instituciones del Estado.
 
Pero Blas Piñar no podía, de ningún modo, ocupar esa posición preeminente. El nuevo régimen debía levantarse sobre los escombros del franquismo, esa era la consigna impuesta por los comunistas, negociada por la monarquía, aceptada con gusto por Adolfo Suárez y aplaudida con vítores por la inmensa mayoria del arco parlamentario. A Piñar, el notario intachable, el patriota ejemplar, el católico coherente, le tenía reservado el sistema un segundo plano del que sólo le sacaba su natural brillantez, su arrojo descomunal y su hombría. Porque sus verdades atronadoras, su arrebatadora elocuencia, eran dinamita para sus intenciones, unas intenciones que pasaban entonces, como ahora, por la traición y el expolio a España y a los españoles.
 
Recientemente (se lo recomiendo a quienes no hayan tenido la oportunidad de leerlo), el profesor Alberto Bárcena ha publicado, con Javier Paredes en la editorial San Román, un doble volumen magnífico que ha titulado, reveladoramente, "La Pérdida de España". La obra es simplemente imprescindible para conocer, o para recordar, el daño que la masonería ha hecho a España y a los españoles en los últimos tres siglos, sobre todo. Un recorrido exhaustivo con datos, fechas y pruebas irrebatibles, que todo español debería leer para conocer el origen y la raíz de muchos de  nuestros males de hoy.
 
Pero díganme ustedes: qué político habla hoy en día de la masonería en España. Los masones, que son legión, es normal que no hablen de ella. Pero los que no lo son, bien por desconocimiento, bien por pura cobardía, no se atreven a denunciar ni a alertar contra, sin duda, la organización transnacional más disolvente de la tradición católica y de la identidad cristiana de España. Los masones han estado y están detrás de las mayores desgracias que nos han ocurrido, en todos los órdenes; pero sobre todo, y quizá sea lo más alarmante, la masonería está detrás del cambio de patrones morales, del catolicismo al ateísmo, el agnosticismo o el sucio relativismo que es hoy, por desgracia, mayoritario tanto en España como en la mayor parte de Occidente.
 
Las noticias que vemos con frecuencia en los medios de comunicación, la proliferación social de la pornografía como hábito normal en la población (a partir de los 8 años de edad), las aberraciones sexuales que los medios presentan como saludables y liberadoras, la pedofilia que con total impunidad se practica en numerosos ambientes e instituciones (y no precisamente en la Iglesia, como torticeramente se nos trata de hacer ver), en fin, la degeneración moral de la sociedad actual, que ha hecho del libertinaje y la depravación norma habitual de comportamiento, no es más que uno de los hijos predilectos de la masonería, que si tiene un fin por encima de cualquier otro, es sin duda alguna la destrucción de la Iglesia Católica.
 
También en esto, Blas Piñar le dio una lección al resto de políticos de su generación. Ante el lamentable "aggiornamiento" de la mayoría de políticos que procedían del régimen anterior, incluidos algunos diputados democristianos que parecían santurrones meapilas cuando vivía Franco, y que se apuntaron a la caída de la faja en cuanto vieron las imágenes de su funeral, el fundador de Fuerza Nueva tuvo siempre un discurso intachable en lo tocante a la moral pública, y sobre todo, la valentía y el coraje de señalar a la masonería como culpable principal de la degradación nacional. También en esto es Blas Piñar un ejemplo a seguir: contra las modas imperantes, contra la corriente mayoritaria, contra el discurso público que casi nos empuja a esconder nuestra Fe y a callar ante el poder masónico, él nos enseñó a dar la cara y decir la verdad.
 
La tercera parte del libro es un intento de analizar un fenómeno político que separo completa y radicalmente de la figura de Blas Piñar. Quiero dejar claro este punto aquí, en presencia de sus hijos y nietos, porque nada me produciría más desazón que hubiese todavía la más mínima duda al respecto. Blas Piñar es irrepetible. Su figura, su trayectoria, sus ideales, su sacrificio personal, sus logros en la política a pesar de las incontables trabas...Nada de la España de hoy puede, en realidad, compararse ni parecerse al fenómeno de Fuerza Nueva ni mucho menos a la personalidad incomparable de Piñar.
 
Pero he querido hablar de VOX en este libro porque, guste más o guste menos, el partido de Abascal es hoy no solamente protagonista indiscutible de la política (más ahora con sus 52 diputados), sino también la única opción "de derechas sin complejos", dada la decepcionante y en muchos aspectos incomprensible trayectoria del Partido Popular en los últimos lustros. Una derecha sin complejos que algunos llaman también "patriotismo constitucional", una derecha sin complejos que dice cosas en el Parlamento que nadie más se ha atrevido a pronunciar desde la convulsa Transición hasta nuestros días. Una realidad política por la que nadie apostaba hace solamente una década.
 
Es totalmente cierto, y lo quiero también dejar muy claro, que durante la travesía del desierto que supuso el fin de Fuerza Nueva primero, y del Frente Nacional después, han sido Alternativa Española por una parte, las distintas "falanges" por otra, y partidos patriotas y antisistema como Democracia Nacional o España 2000, los que han llevado el pesado yugo del discurso patriótico nacional contra la fiereza, el acoso y la persecución del Sistema. Partidos, hombres y mujeres, de los que nadie habla tampoco (salvo para insultarlos y demonizarlos), por las mismas razones que llevaron al olvido de Blas Piñar: porque su alianza radical con la verdad constituye una amenaza para los mantras de la democracia liberal.
 
Hoy, sin embargo, muchos españoles que se sienten serenamente patriotas, que creen en las mismas cosas que sus padres y abuelos, que quieren una España donde reine el sentido común, donde no tengamos que escondernos para lucir un pin o una bandera. Muchos españoles que se han cansado de votar con la nariz tapada a un partido, el PP, entregado casi por completo a la agenda política diseñada y puesta en práctica por la izquierda. Personas que pueden no tener muy clara su ideología, pero que sí saben distinguir cuándo les está hablando un charlatán de feria o un hombre con principios. Esos españoles, que por lo que vemos son cada vez más, han encontrado en VOX el partido que llevaban esperando demasiado tiempo.
 
En la primera presentación de este libro, que celebramos en las Hermandades del Trabajo en Madrid, mi amigo, maestro y camarada Eduardo García Serrano, que tuvo la amabilidad de acompañarnos, junto a Miguel y Álvaro, pronunció una frase que generó una risotada general y numerosos aplausos: "Comparar a Blas Piñar con Santiago Abascal es como comparar a nuestro Señor Jesucristo con el Papa Francisco". Seguramente por eso, insisto, nosotros no hemos tenido la menor intención de comparar lo que es incomparable en esta obra. Simplemente, se analizan dos realidades muy distintas, pero con elementos comunes (más en lo puramente formal que en la identidad), y se plantean preguntas que a nadie deben dejar indiferente, porque lo que nos jugamos, en el corto o medio plazo, es nada menos que la supervivencia de la sagrada unidad de España y de todo aquello que ha configurado la naturaleza de esta nación milenaria.
 
 
No quiero cansarles mucho más. Reiterarles de nuevo el orgullo que ha supuesto para mí poder participar en esta Colección Centenario de Blas Piñar, por la admiración y el cariño que siempre le he tenido a un español tan excepcional.
 
Muchas gracias a todos, de corazón, por estar aquí.