Luz, hace falta luz, más luz y, cerrada la corona de Adviento con las cuatro velas encendidas y sus señales de presencia, alegría, esperanza y paz, toda su luminosidad nos resulta paradójica e incomprensiblemente insuficiente en la previa de esa FELIZ NAVIDAD que te deseo. Triste pero cierto.

FELIZ NAVIDAD, alto y claro, con mayúsculas y sin la tibieza que adorna los complejos de los que rigen nuestros designios, movimientos incluidos, y parecen bendecir el abismo al que irremisiblemente se dirige la humanidad. 

FELIZ NAVIDAD; lo de "felices fiestas", déjalo para otras ocasiones porque, a lo largo del año, siempre tendremos eventos para esta aséptica y anónima etiqueta de los fastos de turno en un mundo al que, con limitaciones y restricciones, le van coartando las opciones de los otrora alegres momentos, vivencias pretéritas, que van quedando en el olvido, en las retinas de unos ojos que no se atreven a mirar el presente ni logran vislumbrar un futuro sin trabas y dificultades.

Opciones para felicitar las fiestas hay muchas. Sin embargo, un nacimiento como el de Jesús es algo más exclusivo, de más calado y trascendencia, aunque origine polémica y suscite controversia en círculos, dossieres, comisionados o panfletos europeos y europeístas. El buenismo continental, a tumba abierta y sin cadena, empieza a apestar más por la mugre que por progre y, honestamente, ese doble hedor es parte de nuestra condena por inacción.

Es innegable la vinculación del cristianismo con la civilización occidental no sólo en el aspecto religioso, sino en campos como el Arte o la Literatura, la evolución sociológica de un continente como el nuestro; el desarrollo iconográfico, estético, historiográfico o antropológico y la concepcion del mundo que, durante siglos, fue moldeando la horma política, las ideas y el mundo de las ciencias con el sustento proporcionado por la cultura clásica u otras aportaciones que van desde la judeocristiana a la islámica.

Sin embargo, no todo parece durar; sobre todo, en períodos inciertos y volátiles como los que vivimos e, indudablemente, sufrimos por razones varias.

Hace algo más de un año, concluía Stephen Bullivant que, en menos de un siglo, Europa se habrá convertido en un continente mayoritariamente no religioso después de dos mil años de profesión a diversos cultos y religiones que, con la fe exiliada, irán progresivamente desapareciendo hasta convertir a sus "usuarios" en la nueva minoría. 

La gestión y conclusiones del citado converso al catolicismo no dejan lugar a la duda como, de la misma manera, O'Brien exponía y dejaba bien claro a Winston Smith en la orwelliana "1984" antes de su paso por la habitación 101. Y en esta sala de torturas también había estado el poeta Ampleforth por incluir la palabra "Dios" en uno de sus poemas. Vade retro.

Dios, la religión, el catolicismo, tú y yo no somos ajenos a esa estigmatización, al señalamiento de nuestra disidencia, a la pérdida de nuestra identidad y privacidad, a cualquier muestra de oposición a planes, agendas e imposiciones de las élites de un  globalismo, enemigo acérrimo del individualismo, que, vestido de negro y teñido de rojo, ha logrado infiltrarse hasta el mismísimo corazón de Roma y la cristiandad, ambas servilmente sometidas a las nuevas directrices mundiales.

Sin encontrar una base sólida o patrones definidos para este declive espiritual, sí que, por otra parte, es reseñable que la palmaria decrepitud e incipiente ocaso de Europa van ligados a la desaparición de valores y virtudes antes erigidos en adalides de una cultura y civilización que, en el presente, hace aguas desde el núcleo enfermo de un continente y, lo peor, con "cirujanos" cuyo bisturí ideológicamente contaminado no hace más que extender una más que evidente insuficiencia cardíaca sin el carvedilol suficiente que detenga las alteraciones coronarias y tensionales de nuestra cotidianeidad.

La irracionalidad de futuros planteamientos de "profetas" como Ursula Van der Leyen o su comisaria Helena Dalli no son más que un nuevo paso hacia las tinieblas, un vil atentado a esa inclusividad que pregonan para la que no dudan en excluir la espiritualidad histórica del continente que paga unos sueldos públicos empeñados en atacar tradiciones, destruir nuestra cultura y negociar contratos en los que la transparencia brilla por su ausencia como esa tenue luz que, contra viento y marea, me vuelve a invitar a desearte una FELIZ NAVIDAD.