En los años madrileños

de mi infancia, adolescencia y juventud

tuve por mejores amigos

a mis queridos primos

Santi Casanueva y Santi Romay,

sustituido éste

por su hermano Pablo cuando nos dejó

para irse con sus amigos del Liceo,

no diré que haciéndonos un feo,

pero sí que nos dolió.

Al principio nuestros días

de los fines de semana transcurrían

literalmente sobre ruedas,

en patines o en patinete

o en bici por el asfalto

de las calles de la ciudad

en un radio que abarcaba

desde el Parque del Oeste hasta Valle Suchil.

La casa de cada uno

era la casa de todos,

donde frecuentemente nos quedábamos a dormir,

aunque en casa de los Romay –¡ay!–

Magdalena, su gruñona cancerbera,

a los invitados nos recibiera

con desabridos modales,

por lo que en «el extranjero» nos refugiábamos,

que era el piso de al lado,

todo él a nuestra disposición.

Pasada nuestra pubertad,

cambiamos las bicicletas

por motocicletas

–vespas y vespinos–

y la calle por las discotecas

–nuestro templo era Pachá–,

llenándose nuestra agenda

de novias y novietas.

Pero acaso mis recuerdos

más felices de aquel tiempo

en el Club de Campo se ubican,

donde al llegar el calor,

en las vísperas del verano,

teníamos en su piscina

nuestro centro de reunión,

ahítos del encanto

de esa dulce estación.

No sólo mis primos y yo,

también mis hermanas

y otros amigos

en las tumbonas tendidos,

embadurnados de lancáster,

bajo el cálido sol

entre risas y despreocupación discurríamos

por el plácido sueño

de nuestro vivir madrileño.