Hace unos días se nos ha ido Miguel Ors. Para muchos españoles, fue la voz que continuó la retransmisión de los partidos de fútbol por TVE después del también inolvidable Matías Prats. Como tantos de los profesionales que trabajaron en aquella televisión española de uno, o dos canales a lo sumo, su presencia permanente en los grandes acontecimientos deportivos los hacía familiares. Conocí personalmente a Miguel Ors cuando llegó a El Alcázar que dirigía Antonio Izquierdo, donde tuvo una columna en la que, bajo el esquema futbolero, describía los grandes partidos que la política jugaba en aquel tiempo, con personajes incluidos. Antonio Izquierdo ya había advertido que El Alcázar sería un periódico en oposición al gobierno y a la oposición.

Vino Miguel Ors, por otra parte, a completar una nómina de grandes periodistas deportivos (Ramón Melcón, Miguel Vila, Pérez de Lema, Rafael Barbosa…), que dejaron su firma en el periódico fundado en los sótanos de la inexpugnable fortaleza toledana, un escenario del valor, arrojo, compromiso, valentía, seriedad y nobleza de aquel puñado de defensores que no permitió a los republicanos doblegar sus viejos muros. Y su presencia, en el diario editado en los años setenta por la Confederación Nacional de Excombatientes, como no podía ser de otra manera, es uno de los asuntos olvidados o no citados en las diferentes necrológicas que estos días se han escrito sobre Miguel Ors.

Yo llegué a El Alcázar en junio de 1977, apenas unos días después de las primeras elecciones de esta nueva época. Me sorprendió encontrarme en la redacción a Rafael Barbosa, amigo eterno del siempre carismático Pedro Escartín, y también la presencia, como jefe de deportes, de Eugenio Pérez de Lema, una pluma de excelencia, de quien leí una de las mejores crónicas de sucesos que he leído en mi vida, y de redactores como Eduardo Torrico, Ángel Orte y Ricardo Millinelli. No voy a hacer un repaso de cuantos profesionales han pasado por su redacción, pero sí voy a recordar a los lectores que a finales de la década de los años sesenta, El Alcázar fue innovador al publicar un día por semana, un poster en color con la fotografía de los equipos de fútbol de Primera División, luego fueron los de segunda, más tarde fueron los futbolistas de forma individual y finalmente comenzó una serie sobre los toreros que formaban el escalafón del momento.

«El Alcázar dice lo que otros callan», el lema propagandístico que los responsables de la publicidad utilizaron durante la Transición, denunció un desafío frente a los apesebrados del famoso fondo de reptiles que se descubriría poco después, cuando los repartos arbitrarios despertaron el afán y la codicia de los que se sintieron agraviados por percibir menos dinero por hacer los mismos favores. Dicen que en el transcurso de un almuerzo, Emilio Romero, tan pronto se publicó la queja, pidió a los comensales del restaurante un brindis por los únicos que no se habían vendido: él y El Alcázar. Tal vez de ahí venga también la maldición de no citar a El Alcázar, en necrológicas o artículos que hacen referencia a profesionales que mantuvieron una relación profesional con aquel diario, como ocurrió cuando el fallecimiento de Antonio D. Olano, por ejemplo.

En ese ambiente, y procedente de El Imparcial, llegó a la redacción de El Alcázar Miguel Ors. Siempre ameno, echaba mano de su experiencia para contarnos cómo con ocasión de la construcción de la ciudad deportiva del Real Madrid, Emilio Romero, director de diario Pueblo, lo llamó a su despacho para decirle que tenía que pedir una entrevista a Santiago Bernabéu al que debería preguntar por qué el Real Madrid no entregaba páginas de publicidad del complejo deportivo a su periódico. Miguel Ors pidió la entrevista y sin andarse por las ramas, espetó a Bernabéu el tema. Extrañado, Bernabéu llamó al responsable, que al parecer había obrado por su cuenta tras algunas críticas de los redactores de Pueblo al equipo. Aclarada la cuestión, y con gran enfado de Bernabéu, el periódico que dirigía Emilio Romero en aquel tiempo obtuvo las páginas de publicidad hasta equipararse al resto de los periódicos madrileños. Nos contaba Miguel Ors el éxito de la gestión y, especialmente para él que, recién casado y pagando las letras del piso, pensaba que aquel año se quedaría sin vacaciones.

En otra ocasión, estaba en Francia para cubrir un partido de la entonces llamada Copa de Europa, del Real Madrid. Nos contaba esa anécdota para subrayar la honradez de Fraga Iribarne, ministro entonces de Información y Turismo. En Mónaco, el ministro Fraga tendría un encuentro con el príncipe Rainiero y la delegación española se vio afectada por un problema intestinal. Fraga, que sabía que el equipo de Televisión Española se encontraba a cierta distancia, dispuso que alquilara cada uno de los componentes un frac y se presentaran en la recepción para hacer bulto, enviando la factura de los alquileres y el viaje a la embajada. A su regreso a España, y pasados unos días, a Miguel lo llaman del departamento correspondiente para preguntar a qué corresponden unos gastos imputados por el Ministerio de Asuntos Exteriores, durante su estancia en Francia, a lo que Miguel respondió que había sido orden del ministro Fraga Iribarne. Miguel Ors decía que qué más da quíen pague el alquiler, si en definitiva es todo lo mismo, pero Fraga, puntilloso en los detalles, entendía que contablemente debía ser TVE, o sea, Información y Turismo, y no el ministerio de Asuntos Exteriores. Siempre afable, experto, cercano así era Miguel Ors.