Tenemos unos sindicatos falsificados, cuyo número de afiliados es irrisorio…. y los partidos políticos se resquebrajan, pierden militantes y viven de las subvenciones”

 

 

QUIZÁS lo peor que esté sucediendo en este país (antes llamado España) sea la constante distorsión existente entre lo que se dice y lo que pasa, lo que se proclama y lo que vivimos. Días hay en que esa contradicción alcanza límites insospechados, que nos dejan el penoso convencimiento de ser víctimas de un fraude constante, de una colosal y repetida tomadura de pelo. Aquí se escucha la enérgica condena del terrorismo a los mismos que aprobaron, vitorearon y celebraron la amnistía de los terroristas, con viaje pagado de ida y vuelta al lugar de los crímenes, para comenzarlos de nuevo. Aquí se agotan los adjetivos encomiásticos en loor del Ejército, al tiempo que se toleran los insultos, las vejaciones y las falsas acusaciones a los militares. Aquí claman en contra del paro y montan festejos públicos protestando de la desocupación, los máximos responsables de ella, los que tienen atemorizados a los inversores y no dimiten de la canallesca política de huelgas, escogiendo el momento más adecuado para montarlas, sin importarles un ardite acumular así las ruinas empresariales.

 

Tan constante fraude se completa, como norma general, en esa especie de idea democrática obsesiva, de complejo democrático cotidiano, de manía por la consolidación de la democracia, reiterada hasta el cansancio por quienes tienen la culpa de todos los males, los peligros y el raquitismo de esta democracia que nos han montado. Parecía que los acontecimientos acumulados en los últimos tres meses, los sustos, los agobios y los sobresaltos producidos, debían haberles abierto los ojos a la gran verdad: la de que todos esos embates contra el sistema fueron provocados por la incompetencia, la frivolidad y el contumaz error de los que como demócratas se presentan. No ha sido así. Las advertencias no sirvieron de nada; pasados los primeros días, casi las primeras horas, han vuelto a lo de siempre. Al gobierno claudicante, a la oposición soberbia, a los dimes y diretes internos. Y por supuesto, al olvido intolerable de las necesidades, las angustias y los problemas del pueblo español.

 

Las paradojas no cesan. Se glorifica la Constitución y hasta los socialistas quieren que se convierta en Fiesta Nacional el 6 de diciembre, día en que fue aprobada, al propio tiempo que cada día son más las voces de políticos de muy variada ideología, que coinciden en la necesidad de reformar esa Constitución, cuyas insuficiencias y lagunas resultan palmarias. Se exalta la figura del Monarca, se destaca su decisiva influencia en el mantenimiento de las estructuras democráticas, olvidando que en esa misma Constitución se recortaron de tal manera sus atribuciones y sus facultades, que para salvar al sistema, necesitó don Juan Carlos dar de lado escrúpulos legalistas y actuar más atento a las exigencias de la nación que a los preceptos constitucionales. Es natural, por ello, que quienes siguen desde fuera la accidentada marcha de la política española, apenas entiendan nada de lo que aquí sucede. Ellos tienen una idea de nuestro Estado basada en las leyes vigentes y en las declaraciones públicas del gobierno y de los partidos. Desconocen que existe una realidad que contradice aquéllas y éstas. Creen, por ejemplo, que la libertad de expresión se cumple a rajatabla; es difícil hacerles entender la enorme manipulación que sufre la información y los aberrantes extremos a que se está llegando en la presentación disfrazada o premeditadamente confusa de hechos y situaciones. Piensan también estos observadores que nuestro Parlamento funciona en línea con los demás Parlamentos del mundo democrático; no saben que sestea, se encuentra cada día más alejado del palpitar de los españoles y no responde en absoluto a las demandas populares.

 

Tenemos unos sindicatos falsificados, cuyo número de afiliados es irrisorio y que, no obstante, actúan como si, de verdad, representaran a la mayoría del mundo laboral. Los partidos políticos se resquebrajan, pierden militantes y se apoyan en una base mínima de asistencias. Pero se mueven intrépidamente, desvergonzadamente, como si les avalaran millones de adhesiones efectivas. ¿Y qué decir del carnaval o mascarada de las autonomías? Ha comenzado a actuar de jure la estructura autonómica de Galicia y hemos leído las inauditas declaraciones de sus mandamases, que hablan echando por delante el mandato popular, la voluntad popular. Cuando es lo cierto que la estrepitosa abstención de los gallegos convirtió esa nacionalidad autónoma en una pura ficción, en una tremenda engañifa.

 

La verbena sigue funcionando, a todos los niveles del país y las cosas que dicen el gobierno o la oposición o los portavoces o la mayoría de los periódicos, poco tienen que ver con la realidad de lo que sucede en España. Mientras tales contradicciones no se corrijan, mientras no se ajuste la política oficial a la verdad del país, seguiremos perdiendo lastimosamente el tiempo. Hay datos tremendos: al tiempo que el presidente del gobierno resaltaba la necesidad de impulsar el aprovechamiento de la energía nuclear, como única solución clara para resolver los problemas energéticos en un muy inmediato futuro, se agudizaba el boicot a Lemóniz, cesaban los trabajos, escapaban técnicos y obreros, amenazados de muerte y casi a diario quedaba constancia de la ofensiva contra la Central vasca, en las inacabables voladuras de estaciones de Iberduero.

 

La política del avestruz está condenada al fracaso. Por desgracia, nuestra clase política se empeña obstinadamente en no sacar la cabeza de debajo del ala.

 

VIZCAÍNO CASAS

(Heraldo Español nº 58, 10 al 16 de junio de 1981)