Suele ser habitual que los obituarios sean escritos por alguien que conocía bien al finado, le tenía en alta estima y por ello le dedica unas sentidas líneas resaltando sus virtudes, trayectoria profesional y méritos acumulados para ser recordado con cariño por su huella dejada entre quienes le trataron en vida.

Con Roberto o Bob Batista esto se cumple sólo en parte, pues no le conocí ni traté demasiado, pero sí que me dejó una profunda tristeza tener noticia de su reciente fallecimiento y quiero compartir con ustedes mi pequeña historia con el hijo de Fulgencio Batista, último dirigente de Cuba hasta la toma del poder por los barbudos revolucionarios encabezados por Fidel Castro en aquel ya lejano 1 de enero de 1959.

Conocí a Bob hace más de veinte años y por casualidad. Entonces afrontaba mi trabajo final del máster de Periodismo que versaba, precisamente, sobre la revolución cubana y el eco que en la prensa de la época había tenido tal acontecimiento. Inmerso en la investigación, mi amigo Álvaro me dijo un día entre copas que conocía a la nieta de Fulgencio Batista e hija de Bob, Esther, a quien luego supe que su padre llamaba cariñosamente “manzanita”.

Tenía que ver a Roberto Batista, pues su testimonio podría ser muy relevante para mi proyecto, así que coincidí pronto con su hija, le conté mi interés por charlar con su padre y ella me puso en contacto con él. Lo que siguió fueron un par de encuentros, un par de tardes escuchando sus reflexiones sobre los hechos ocurridos en su añorada Cuba y acerca de su padre. Pese a que se mostró al principio un tanto reacio, apelando a su corta edad de entonces, la conversación fluyó y se mostró muy amable con quien suscribe estas líneas, aportando información y, sobre todo, sus recuerdos. Al despedirnos le animé a contarlo, un día tenía que escribir un libro sobre la figura de su padre, Cuba y sus ecos de la infancia.

Tras aquellas dos citas nos perdimos pronto la pista, él residió en Nueva York muchos años y yo seguí con mi vida en Madrid. Mi gran sorpresa llegó en la primavera pasada, más de veinte años después de aquellos fugaces encuentros, pues el hijo de Batista se acordaba de mí y le pedía a Álvaro mi dirección para hacerme llegar sus memorias, editadas por Verbum y que habían visto la luz recientemente. Días después tenía el libro en mis manos y lo devoré con premura.

Ese era Bob Batista, no puedo decir mucho más, esa cercanía tan entrañable que mostró con quien apenas charló un par de veces hace más de dos décadas ya lo dice todo sobre su calidad humana, la de un tipo marcado por el exilio desde que era niño, Madeira, los cambios de colegio y residencia, el internado en Suiza, el trauma de la pérdida prematura de su hermano Carlos Manuel, la Universidad en Madrid, el estigma de su apellido, la muerte repentina de su amoroso padre, sus dudas e inseguridades, Nueva York…

Todo esto y más está en las memorias que al fin se atrevió a escribir Roberto Batista, hijo de Fulgencio Batista “…confiando en que estas memorias añadan luz al conocimiento de la verdad histórica cubana”, tal y como me dedicó de su puño y letra.

DEP, Bob.