En “Rebelión en la granja”, de George Orwell, los animales se liberan de la opresión del hombre y establecen siete mandamientos que rigen su nueva utopía de libertad. Sin embargo, el cerdo Napoleón acaba convirtiendo la granja en una dictadura y los mandamientos son sutilmente alterados, así, al último mandamiento “Todos los animales son iguales”, se añade “pero algunos animales son más iguales que otros”. Para Facebook y Twitter, como para el cerdo Napoleón, algunos usuarios son más iguales que otros. La suspensión de la cuenta de Twitter (también la de Facebook) del presidente Trump, que contaba con 88,7 millones de seguidores frente a los 23,7 millones de Joe Biden, es la prueba definitiva de la falta de libertad en estas redes y de su sesgo ideológico globalista, basta recordar cómo estas empresas han ocultado las noticias sobre los escándalos de corrupción de Hunter Biden en Ucrania y otros asuntos más escabrosos, o el descarado doble rasero de estas redes y la persecución de todos aquellos que no comulgan con lo políticamente correcto.

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La censura de las grandes compañías de las redes sociales ha sido contestada por muchos, incluso por aquellos que nunca han sufrido en sus carnes el flagelo progresista. Varios líderes europeos, entre los que se encuentran la canciller alemana Angela Merkel y el líder del grupo del Partido Popular Europeo Manfred Weber, han expresado sus dudas sobre la actuación de las empresas tecnológicas. Probablemente porque son conscientes de que lo mismo les puede suceder a ellos si se salen una línea de la agenda globalista. Pero, como siempre sucede cuando se produce una nueva imposición globalista, la respuesta más contundente ha venido de los dos países que más defienden su soberanía nacional en Europa: Polonia y Hungría.

En Polonia, el ministro de Justicia Zbigniew Ziobro ha anunciado un proyecto de ley para combatir la censura en las redes sociales. El proyecto pretende defender los derechos de los usuarios de las redes sociales y conceder un derecho legal para apelar las prohibiciones y la censura de contenidos, siempre que estos no contravengan la ley polaca. “El servicio deberá resolver la reclamación en un plazo de 48 horas. Si emite una decisión negativa, podrá acudir a la justicia y la justicia considerará su reclamación en un plazo de siete días. El proceso será íntegramente electrónico y estará a cargo de un Tribunal especializado para la Protección de la Libertad de Expresión, establecido en uno de los tribunales regionales”.

En el caso de que el Tribunal dictamine a favor del usuario, su cuenta o publicación tendrá que ser restaurada, de lo contrario la red social implicada se enfrentará a multas de hasta 1, 8 millones de euros. Como afirmó el ministro de justicia polaco, “no puede haber censura de expresión. La libertad de expresión y la libertad de debate son la esencia de la democracia”.

En Hungría, la ministra de Justicia Judit Varga ha criticado a las empresas de redes sociales y a los gigantes tecnológicos globales por “desconectar” a ciertos usuarios. “Todos podemos ser desconectados”, escribió la ministra en Facebook, una red en la que, como otros miembros del Fidesz, ha sufrido la censura. “Hasta ahora, solo la libertad de opinión y expresión había sido restringida por las empresas tecnológicas globales, pero la campaña ideológica vista en Estados Unidos demuestra que la gente puede ser incluso desconectada del espacio en línea. Desde donde viven su vida diaria, gestionan su trabajo y negocios, almacenan sus recuerdos y se mantienen en contacto con sus amigos, conocidos y seres queridos”. 

El 6 de diciembre Hungría lanzaba su nueva red social Hundub, muy similar a Facebook, que actualmente cuenta con unos 40.000 usuarios. La red húngara no tiene censura, siempre que no se vulneren las leyes nacionales, y espera alcanzar el millón de usuarios para finales de 2021 (Hungría tiene cerca de 10 millones de habitantes). Hungría celebra elecciones parlamentarias en 2022 y su gobierno es consciente de la necesidad de contar con una red social libre, no unas redes en las que la dictadura digital decida qué es democrático y qué no.

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“En los últimos días, la censura privada ha alcanzado un nuevo nivel y golpeado de un modo sin precedentes. En el imperialismo digital ya no importa si eres un usuario medio o el presidente elegido democráticamente de la mayor potencia del mundo, puesto que ha quedado claro que ambos pueden ser silenciados tocando un botón”. La ministra de justicia señaló que merecía la pena considerar si “basamos nuestras vidas en las redes sociales” y afirmó que continúa el trabajo para crear condiciones de seguridad jurídica y transparencia en la red, quizás apuntando a una ley como la polaca. “Digamos a nuestros hijos, amigos y seres queridos que necesitamos vivir nuestras vidas reales e incluso reconstruirlas en lugar de las vidas virtuales. Porque en nuestra vida real siempre podemos tomar nuestras propias decisiones”.