“La miseria material y moral son la moneda corriente en este siglo” Papa Francisco

El sufrimiento ajeno se ha convertido en espectáculo. Aquella Venatio romana que vemos como algo inaudito, mostrando la perversidad y la vileza del hombre de hace 2.000 años, será, a todas luces, el paso siguiente en la degradación de una sociedad que se solaza y divierte con el sufrimiento de sus semejantes.

Y ahora, esta sociedad miserable que se auto titula solidaria y que se apunta al buenismo por el solo hecho de ser “políticamente correcto”, ha abierto una nueva senda por donde pasear todas sus vanidades, sus ruindades, sus vergüenzas, sus mezquindades, su bajeza, su vileza y su degradación: la senda del tanatoturismo.

Nacido de quienes comercian con el sufrimiento de millones de seres humanos que fueron exterminados mediante las técnicas más perversas y los sufrimientos más retorcidos que imaginar pueda la mente humana, el tanatoturismo es la nueva forma de satisfacer los más bajos instintos de este ser humano del siglo XXI, prueba de la condición perversa y abyecta de este nuevo hombre y nueva mujer del siglo del “progreso”. El tanatoturismo consiste en viajar a los siniestros lugares que marcaron hitos de sufrimiento en los seres humanos, donde se huele la sangre, donde se oyen los desesperados gritos de dolor y desesperación de los que fueron torturados hasta morir, quemados vivos, gaseados, utilizados como conejillos de indias para los más perversos y espeluznantes experimentos en vivo. Allí llegan todavía los sonidos del borboteo de la sangre, el rechinar de dientes, la rotura de huesos, las carnes desgarradas, los pulmones reventando, los cartílagos rompiéndose. En sus paredes hacen eco todavía los gritos escalofriantes de quienes sufrieron lo indecible, producto de las perversas mentes humanas. ¡Pasen, Pasen! Y refocílense con el sufrimiento ajeno. Se permiten selfis y fotos para eternizar el momento de vileza que van a vivir.

¡Pasen!, pasen al castillo de Elizabeth Bathory y disfruten imaginando como las doncellas se desangraban lentamente hasta morir para satisfacer las ansias de juventud eterna de la condesa, lo que creía conseguir bañándose en aquella sangre inocente. Vean la bañera donde realizaba su perverso baño de sangre. ¡Pasen! pasen enarbolando sus móviles de última generación a la prisión de extermino de Sighet en Rumanía en la que a los prisioneros se les impedía ver un solo rayo de sol, los mantenían en los purititos huesos, los torturaban y así hasta su muerte. ¡Pasen! pasen a Auschwitz el lugar donde se practicaron los más refinados métodos de tortura física, química y de vivisección y donde se llevaron al crematorio miles de inocentes por el solo hecho de ser diferentes. Vean la perfección del sistema de gaseado empleado, las “duchas” de gases pestíferos; imaginen los cuerpos retorciéndose y los pulmones colapsándose. A continuación, van a contemplar las fosas en las que, una vez muertos, eran depositados los cadáveres en los puros huesos de aquellos seres humanos que la degradación, la vileza y la perversión del hombre llevó a la muerte tras años de sufrimientos indecibles. Disfruten, tomen fotografías, háganse selfis como recuerdo imperecedero de su visita al infierno. A su vuelta a sus casas podrán mostrarlas orgullosamente a sus vecinos, amigos y compañeros de trabajo.

Más de 2.000 años atrás, en la envilecida y degradada Roma, los ciudadanos se refocilaban en los coliseos contemplando como hombres, mujeres y niños eran devorados por animales salvajes. Hoy, año 2020 del siglo XXI de “progreso” hasta la náusea, la Venatio romana está al llegar. Tras más de dos mil años de “evolución”, el ser humano ha conseguido las más altas cotas de ciencia, técnica y tecnología, pero en lo que concierne a la evolución sociológica no hemos avanzado nada, seguimos siendo perversos y viles y estamos degradados como aquellos romanos, seguimos siendo la hez de la creación, tan solo una cosa nos diferencia de ellos, y es que aquellos gritaban envilecidos ante el espectáculo de la sangre y nosotros enarbolamos móviles de última generación y babeamos del placer que nos provoca el sufrimiento de nuestros semejantes.