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Aprovechando estos días de vacaciones (si a este encierro obligatorio se le puede llamar vacaciones) he releído muchas páginas de las que he escrito a lo largo de mi vida y, aunque sea un capricho de viejo, me van a permitir que reproduzca algunas de ellas. Hoy, las que escribí al presentar  mi biografía de Maimonides, pasen y lean:

Estaban un día discutiendo, a orillas del Guadalquivir, un cadí árabe y un rabino judío, sobre las respectivas culturas relacionadas con Córdoba y el árabe decía: “como la Mezquita no habrá nunca nada “, y el judío respondía: Es verdad, la Mezquita es una obra maravillosa, pero al igual que Medina Azaharaalgún día podría ser derribada por obra de la sinrazón, o por un terremoto. Pero, nosotros tenemos algo que nunca podrá ser barrido por los elementos, y es la obra de Moisés ben Maimón, mientras sobreviva un hombre sobre la tierra, pervivirá la obra de Maimonides.

En la antigüedad consideraban que la Tierra era el centro del universo,  que ocupaba una bóveda donde estaban situadas las estrellas, y que estaba sostenida por puntales, y si hay un puntal que sostenga la cúpula del pensamiento en la Edad Media, ese es Maimonides.  Como buen hombre sabio de la antigüedad, su eminencia se repartía por diversos campos del saber, regidos todos ellos por un solo principio: la búsqueda de la verdad, viniera de donde viniera.

Al nacer, su madre murió al darle a luz, algo que debió marcarlo para el resto de su vida, haciendo que su carácter se volviera más introvertido, pero dotándolo a la vez, como a la mayoría de los huérfanos de una gran imaginación, que le llevará a sobrevolar a través de campos por los que nadie se había atrevido a surcar antes.

A veces a los hombres de ciencia, a la vez que se les supone el conocimiento, se les niega el valor, algo que no sucedió con nuestro Maimonides, que no solo defendió la verdad universal, sino  a todos aquellos que sintiéndose huérfanos como el, solicitaron su ayuda, como ocurrió con sus correligionarios radicados en el Marruecos almohade que se vieron obligados a una conversión fingida, considerada como apostasía por la ortodoxia judía, para la cual el Talmud impone dejarse matar antes que practicar la apostasía o la idolatría.

 Asustados por esta declaración, la mayoría de los judíos se preguntaban si no era preferible convertirse del todo. A tal fin publicó “Epístola sobre la apostasía”, para evitar las deserciones en masa que habían empezado a manifestarse, dedicándose  a calmar la inquietud producida en las conciencias de los judíos, no solo por escrito , sino  iniciando una serie de predicaciones orales, por medio de sermones y discursos, con éxito tal, que ello empezó a disgustar a los gobernantes almohades, corriendo Maimónides el riesgo de pagar con su vida tal osadía, y, si no fuera por la feliz intervención de su gran amigo el poeta y teólogo árabe Abou el  Moishahubiera sido ejecutado.

Maimonides  escribió  diversas obras en calidad de médico, naturalista, filósofo y jurista, pero si una obra ha dejado una huella imperecedera en el pensamiento universal ha sido su“ Guía de Perplejos “donde la fe y la ciencia, distanciadas e irreconciliables hasta entonces se unen en una alianza armoniosa., ya que para él la teología no es otra cosa que la justificación por medio de razonamientos de una doctrina religiosa. Los preceptos religiosos no son leyes inmutables y externas, puesto que el único espíritu que las anima es el de conducir al hombre hacia el bien.

El hombre que se deja llevar por los principios religiosos afirma su voluntad en obtener la victoria del espíritu sobre la materia. El Dios de Maimónides  es el Dios de la razón, de la bondad, del amor piadoso, y para complacerle  debemos adquirir conocimientos, por medio del estudio continuo, que tengan por objeto perfeccionar el espíritu y conducir al hombre al bien, principio fundamental que debe ser siempre la base de la vida humana. Sin amor divino, dice, la vida carecería de felicidad.

El monumento a Maimonides  se encuentra en la plaza de Tiberiades, bautizada así, en homenaje a la ciudad donde fue enterrado Maimonides, una de las cuatro ciudades santas judías, y donde se encontraba  según indicios y datos de la época, la casa de donde nació y vivió hasta su marcha de Córdoba.

La estatua es una muestra más de la maestría de Amadeo Ruiz Olmos, y representa a Maimonides  sentado sobre su tumba, vestido  con un qamis, o camisa interior larga de algodón o lino, con el cuello redondo típico de la época.Sobre el qamis, una túnica larga hasta el suelo con mangas anchas, o al-jubba, que bien podría ser de un color azul-negro profundo,  obligatorio para los judíos andalusíes del siglo XII  para distinguirlos del resto de los creyentes.

La cabeza la adorna un turbante, que bajo  los omeyas, solo vestían los bereberes, juristas y eruditos, pero que en época almohade, se convirtieron en una necesidad de la moda. En los pies calza unos zapatos suaves de piel blanca de cabra, que alcanzaron tal fama, que a los zapatos de este estilo se les llamo  “cordobesas “.

Una mano desvaída porta un libro, donde el dedo pulgar hace  las veces de separador, negándose a desprenderse de lo que ha sido el afán de su vida, la verdad recogida en los libros, mientras la otra mano apoyada sobre su tumba le da el equilibrio que le falta a su mirada perdida, resignada al destino ineluctable.

Y como homenaje, que mejor frase que la de su epitafio: “ Si fuiste un hombre, un ángel te engendro “.