Aunque siempre sea arriesgado pretender interpretar los deseos de la sociedad en su conjunto, parece lógico pensar que todos compartimos el mismo interés en que la Escuela sirva para formar adultos capaces, que puedan ganarse la vida dignamente y que estén realmente preparados para desempeñar una labor útil para la comunidad. No digo ya una labor “útil para el que la ejerce” dado que, por desgracia, quienes rigen la educación han asumido por nosotros la imposibilidad de que se pueda desarrollar una tarea profesional durante toda la vida, que satisfaga espiritualmente al trabajador.

Así mismo, no creo que nadie anhele que nuestros centros educativos sean meros repartidores de títulos sin contenido.

Sin embargo, dicho lo anterior, a nadie se le oculta que el producto llamado “educación” vale poco en España, ni que, destruida la propia industria y socavada durante años la confianza en nuestras fuerzas como nación, cunda cierta desesperanza en el futuro. Hace tiempo que se olvidó aquel propósito ideal de que la escuela sirviera para despertar vocaciones, pero ¿es que no se ve la relación directa entre la falta de oportunidades y la pérdida de ese impulso interior llamado vocación?

Muchos se empeñan en disfrazar como “capacidad de adaptación” y “sentido práctico” esa especie de desánimo –realismo lo llaman quienes lo padecen– que con razón les aqueja por andar de un lado a otro, empleados en lo que sea. Ahora bien, ¿no cabe otra opción que admitir con escepticismo resignado que nadie trabaje en lo que realmente quiere y para lo que presuntamente se formó?

Sin duda, esta cuestión merecería cierta atención, pero tiende a evitarse por aquello de no hurgar en la herida. Y no es sólo que este hecho no se trate o se eluda por sistema, sino que para esconderlo y desviar el interés público del asunto se crean polémicas artificiales en torno a circunstancias menores que impiden cualquier reflexión.

Como decíamos, el producto llamado “educación” vale poco en España. A pesar del coste, por más que entre el profesorado haya arraigado la especie autoexculpatoria de que no hay medios y de que las cosas no mejoran por falta de inversión. ¿Alguien se atreverá alguna vez a preguntarse por qué con un gasto siempre creciente desde hace más de cuarenta años el rendimiento no ha dejado de caer? Porque cabe recordar que, a pesar de los famosos “recortes”, el gasto en educación no ha dejado de aumentar.

Por supuesto, ya sabemos que nadie en el ámbito docente querrá responder a esta pregunta, ni veremos a ningún “equipo de investigación” periodística indagar sobre este curioso fenómeno. Ahora bien, ¿quién tiene la culpa de la calamitosa situación de la educación en España? –se preguntará el lector–. ¿Los políticos, los profesores, los alumnos, las familias? ¿Quién? Todos, evidentemente, en mayor o menor medida, pero condenar a todos es completamente estéril y no nos lleva a ningún sitio. Los políticos son responsables de unas leyes educativas criminales, mas ¿acaso no son los ciudadanos quienes eligen a los políticos? Y respecto a los profesores, ¿qué se puede decir? Que los hay buenos, malos y regulares. ¿Y qué adelantamos señalando esta obviedad?

Sabemos que hay un buen número de profesores resignados a malgastar el tiempo en entretener –que no enseñar– a sus alumnos, aun conscientes de su fracaso y de que la moneda falsa que expiden no vale nada, y que colaboran en la farsa de que el Estado dé curso legal a dicha moneda. Pero ¿quién se atreve a denunciar esta pantomima? ¿Y bastaría hacerlo para tomar conciencia del problema y resolverlo? En absoluto. Hay demasiados intereses en que todo siga igual.

En este sentido, hace años que los políticos y “expertos” afirman haber hallado la receta para “solucionar” los defectos de la Educación. Una fórmula muy lucrativa consistente en atribuir al “atraso digital” y “metodológico” del profesorado la causa de la “desmotivación” del alumno, creando la ficción de que “La Innovación” es la respuesta al desastre educativo actual.

Se nos ofrece la salvación y sólo debemos aceptarla. ¡Pues claro! –afirman sonrientes los gurúes de la “nueva educación del futuro”–. Todo gira –nos cuentan– en torno a la incorporación de nuevas metodologías y nuevos programas informáticos. El secreto consiste en aumentar las competencias digitales incorporando las últimas tecnologías... Y a ser posible, en inglés.

Adhiriéndose a esta receta, los profesores y alumnos serán partícipes de la “evolución” necesaria para no quedar rezagados. ¿Y ya está? –inquieren los ilusos al unísono–. Bueno, no. Porque según los popes de la Psicopedagogía la formación del profesorado no está completa sin adquirir nociones de mindfulness, gestión emocional y una amplia gama de “formaciones alternativas” que nada tengan que ver con leer, conocer, memorizar o pensar.

Sabemos, por descontado, que todo esto de discutir sobre qué programa es más innovador, más sostenible, más transversal o más inclusivo plantea una falsa controversia que evita una y otra vez abordar los verdaderos problemas de la enseñanza. A saber:

  1. Que las leyes educativas no aseguran que los centros de enseñanza sean espacios propicios para el estudio. Es decir, que garanticen un clima adecuado o mínimo necesario para el aprendizaje.
  2. Que el sistema no exige que el profesorado de primaria y secundaria posea una formación sólida, una cultura mínima y que sepa leer, escribir y hablar correctamente.
  3. Y, por último, un pequeño problemilla que condiciona todo: que no se lee.

Hace tiempo que los institutos son centros que tienen la función de mantener estabulados a alumnos que no quieren estudiar pero a los que se obliga por ley a seguir asistiendo a clase. Y hace también algunos años que el empeño por integrar a alumnos con problemas en clases ordinarias lastra o condena a muchos otros que en condiciones adecuadas o simplemente normales podrían desarrollar sus capacidades. Entre tanto, pedagogos y especialistas auxiliares –malos estudiantes, por regla general, en su juventud– han adquirido un peso enorme en un espacio educativo que, si se dedicara únicamente a lo que debería, esto es, a la difusión del saber, les estaría vetado.

Los puntos mencionados abordan la cuestión educativa en sus aspectos fundamentales. Temas de los que no se habla pero que deberían estar en el centro del debate si se quisiera solucionar algo algún día.