Sentado ante el televisor (y no para ver la telebasura del "maricón") y medio dormido he recordado un pasaje de mi pueblo (ya saben, Nueva Carteya, campiña de Córdoba, Andalucía, sí, la de los récords) que me ha hecho reír. Fue por culpa de la Televisión. Aunque hoy parezca algo de otro mundo en 1963 no había llegado aún la televisión, aunque ya se sabía que existía, porque a dos casas, al menos, sí había llegado. Naturalmente, a la casa de los dos más ricos. Así que imagínense la que se armó cuando se corrió la voz de que Julio Merino había llegado con "los de la televisión"para sacar al pueblo en la tele. Lo que ellos no sabían es que yo no iba con "los de la tele", sino con un grupo de alumnos de la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid que se había desplazado hasta Córdoba para hacer un reportaje sobre la Semana Santa de ese año, en la capital y algunos pueblos, entre ellos Baena, por sus famosos tambores, y mi pueblo por ser mi pueblo como ejercicio de prácticas de la asignatura "Periodismo y Televisión" que daba el profesor Carles, uno de los primeros cámaras de TVE. Eso sí, llevábamos nuestras cámaras, 2 de las primeras que llegaron a España, focos de iluminación, cables, magnetófonos y no sé cuántas cosas más y hasta ahí todo normal.
                      El hecho vergonzoso para mi, pues era mi pueblo, es que cuando estábamos montando los focos de iluminación y haciendo pruebas sucedió algo increíble. Pero, antes les tengo que situar en el plano. Nueva Carteya, que es el pueblo más joven de toda la campiña, es como un tablero de ajedrez, calles rectas, anchas, sin curvas ni recovecos, centrado sobre una cruz sin cabeza, es decir dos calles, las más largas, una de norte a sur y otra de este a oeste... y allí, justo en medio, estaba, y está, el Casino, la Institución más vieja del pueblo, o sea que desde sus balcones se ve a todo lo largo la calle Llana (ese es su nombre) y a todo lo ancho la calle Córdoba, una calle que, en realidad, es una carretera, ya que por un lado se va a Montilla y por el otro, a Cabra.
                      Pues bien, cuando la procesión de esa tarde-noche del Viernes Santo, la más seria de toda la Semana Santa, la del entierro de Cristo, la del luto de las mujeres y la corbata negra de los hombres, y los lacitos también negros para los niños, apareció alli a lo lejos, la calle Llana puede tener un kilómetro de largo, y nosotros encendimos los potentes focos que iluminaron la noche y los fieles enlutados que seguían el Sepulcro acristalado con sus largas velas o velones, vieron la potente luz de nuestros reflectores y alguien corrió la voz
                  ---  ¡¡¡ Es la TELEVISIÓN!!!
 se produjo como una estampida de caballos salvajes y abandonando al Santo y corriendo calle abajo, como locos y gritando "¡¡la tele!! ¡¡la tele!!" hasta plantarse debajo de los balcones del Casino donde nosotros esperábamos para grabar y hasta levantando a los niños más pequeños para que salieran en la Tele.
                       Increíble... y tanta vergüenza me dio por el pueblerino comportamiento de mis paisanos que mandé apagar las luces, recoger los equipos y volvernos a Córdoba.