Con la encíclica 'Humanum Genus' sobre la masonería y otras sectas, del Papa León XIII del 20 de abril de 1884, repasamos las intenciones y maniobras de la sociedad más secreta e influyente a todos los órdenes; incluída la Iglesia.

El propio León XIII en la Humanum genus alude a las prohibiciones de la masonería por parte de ciertos gobiernos y recalca que «el último y principal de los intentos» de la masonería «era el destruir hasta sus fundamentos todo el orden religioso y civil establecido por el Cristianismo, levantando a su manera otro nuevo con fundamentos y leyes sacadas de las entrañas del naturalismo». Y como prueba del proceder de la «secta masónica» añade que la masonería «mucho tiempo ha que trabaja tenazmente para anular en la sociedad toda injerencia del magisterio y autoridad de la Iglesia, y a este fin pregona y contiende deberse separar la Iglesia y el Estado, excluyendo así de las leyes y administración de la cosa pública el muy saludable influjo de la Religión católica».

En el nuevo Código de Derecho Canónico promulgado el 25 de enero de 1983, y actualmente en vigor, el canon 2335 fue sustituido por el canon 1374 que dice así: «Aquellos que dan sus nombres a asociaciones que maquinan contra la Iglesia, serán castigados con una pena justa; aquellos que las promuevan o dirijan serán castigados con la pena de entredicho». Es decir, que ha desaparecido toda referencia a la masonería, a la excomunión y a los que maquinan contra las potestades civiles legítimas, tres de los aspectos básicos que sólo tenían razón de ser en el contexto histórico de un problema concreto italiano del siglo XIX.

Sin embargo, a raíz de las presiones desde ciertos sectores de la Iglesia para que se mantuviera la excomunión contra los masones hizo que el cardenal Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sorprendiera el 27 de noviembre de 1983, con una «declaración sobre las asociaciones masónicas», por la que se decía en síntesis que «permanecía inmutable el juicio negativo de la iglesia respecto a las asociaciones masónicas porque sus principios siempre habían sido considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia, por lo que la inscripción en ellas permanecía prohibida». El Osservatore Romano se vio obligado a publicar, el 23 de febrero de 1985, en primera página, un artículo reflejo oficial del antiguo Santo Oficio romano –bajo el título: «Reflexiones a un año de la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Inconciabilidad entre la fe cristiana y la masonería».