En el Evangelio de Lucas 8,1, “el Señor propuso a los discípulos una parábola sobre la necesidad de que orasen siempre sin desanimarse”. Palabras que también nos las dice el Señor a nosotros para que entendamos la necesidad de perseverar y oremos sin cansarnos.

     A veces tenemos la impresión de que la oración no sirve, que no es tan útil para la vida, que es poco eficaz. Por ello tenemos la tentación de dedicarnos a la actividad cotidiana, a emplear todos los medios humanos para ser más productivos y así alcanzar nuestros objetivos, sin recurrir a Dios.

    Sin embargo, el Señor insiste en que hay que orar siempre sin amedrentarnos, sin caer en el desánimo, y nos lo dice claramente: “Sin Mí no podéis hacer nada”. Todos necesitamos estar unidos a Él, por medio de la oración, para poder dar frutos.

    Así que, para no caer en el riesgo del activismo, y de hacer poco más que ruido, hagamos una puesta a punto, un stop en nuestras vidas, un momento de crecimiento interior y planteémonos en serio la necesidad de orar.

    Comencemos con la oración que debemos hacer por la mañana en demostración positiva de afecto y devoción, orientando nuestro agradecimiento a Dios, haciéndonos conscientes en cada despertar del regalo tan hermoso que Él no da, a fin de poder alabarle, bendecirle y glorificarle en bien de nuestra alma. Y, entre las múltiples oraciones, recemos hoy la que se emite, cada mañana, en la radio JLD- Unidad Católica de España: 

 

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

A ti alma cristiana me dirijo y te recuerdo que has de:

 

                  Glorificar a Dios,

                  imitar a Jesucristo,

                  invocar a María y a los Santos,

                  honrar a los Santos Ángeles,

                  salvar tu alma,

                  mortificar tu cuerpo,

                  practicar virtudes,

                  expiar tus pecados,

                  economizar tiempo,

                  edificar al prójimo,

                  temer al mundo,

                  vencer al demonio,

                  subyugar tus pasiones,

                  merecer el cielo,

                  evitar el infierno

                  meditar en la eternidad

                  y tal vez sufrir la muerte,

                  presentarte a juicio,

                  y cumplir la sentencia.

 

Y con esta disposición cristiana comenzamos diciendo:

 

     Buenos días Señor; a Tí el primero encuentra la mirada del corazón apenas nace el día. Tú eres la luz y el sol de mi jornada.

     Buenos días, Señor; contigo quiero andar por la vereda. Tú caminas, mi verdad, mi vida. Tú la esperanza firme que me queda.

     Buenos días, Señor, a Tí te busco, levanto a Tí las manos y el corazón, al despertar la aurora quiero encontrarte siempre en mis hermanos.

     Buenos días, Señor resucitado, que traes la alegría al corazón que va por tus caminos, vencedor de tu muerte y de la mía.

    Gloria la Padre de todos, gloria al Hijo y al Espíritu Santo, como era en un principio, ahora y siempre te alabe nuestro canto. Así sea.

   

    Postrados ante Vuestra Divina Presencia nos atrevemos a alabaros con la siguiente oración:

 

    Dios Omnipotente y Misericordioso, Tú que quebrantas el poder del mal y todo lo renuevas en tu Único Hijo, Jesucristo, ungiéndole con el óleo de alegría como Sacerdote eterno y Rey del universo.

 

    ¡Que todos en el Cielo y en la tierra nunca cesen de alabarte y aclamen su reino! Porque Jesucristo ofreció, como Sacerdote, su vida en el ara de la Cruz y consumó el ministerio de la Redención humana por este sacrificio perfecto de paz.

 

    Y como Rey, Jesucristo tiene todo poder sobre la creación entera para presentarte a Ti, su Padre Todopoderoso, el Reino eterno y universal: el Reino de la verdad y de la vida, el Reino de la santidad y de la gracia, el Reino de la justicia, del amor y de la paz.

 

    Por eso, Padre Todopoderoso y Eterno, es nuestro deber darte gracias siempre y en todo lugar, y unirnos con todos los coros celestiales a su himno perpetuo de alabanza, proclamando tu gloria para que toda la humanidad se unifique en Jesucristo Rey, tu Hijo, que vive y reina contigo y en unión del Espíritu Santo, Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 

    Y tras de dar gracias al Padre Celestial elevemos nuestras súplicas A JESUCRISTO, REY UNIVERSAL:

 

    ¡Oh Jesús!, te reconozco por Rey Universal.

    Todas las criaturas son obra tuya.

    Ejerce sobre mí todos tus derechos.

    Renuevo mis promesas del bautismo renunciando al demonio, a sus pompas y a

    sus obras, y prometo vivir como buen cristiano.   

    Me comprometo especialmente a hacer triunfar por todos los medios puestos a mi

    alance, los derechos de Dios y de la Iglesia.

    Divino Corazón de Jesús, te ofrezco mis pobres acciones para conseguir que todos 

    los corazones reconozcan tu sagrada realeza, y para que así se establezca en todo  

    el universo el reino de tu paz.

    Amén.