Nos faltaban unos pocos kilómetros para llegar al desvío hacia la playa cuando empezó a salir humo del capó.

–¡Mierda! –dije.

–Para –me dijo Flavia–, métete en el arcén.

La velocidad del coche empezó a disminuir.

–¡Que te metas en el arcén!

Me metí en el arcén y el coche se paró.

–¡Me cago en la leche! –exclamé.

Flavia abrió su puerta.

–¿Quieres hacer el favor de bajar? –me dijo–. ¿No ves que el motor puede estallar?

Cogimos nuestras bolsas y salimos del coche. La humareda, poco a poco, remitió. Unos obreros que estaban del otro lado asfaltando un tramo de la autopista cruzaron la calzada.

–¿Qué ha pasado? –nos preguntó uno de ellos.

–Nos ha gripado el motor –le respondí. Siempre me había gustado esa expresión.

–¿Tienes los triángulos? –me preguntó Flavia.

–¿Qué triángulos?

–Los triángulos rojos. Los de seguridad.

–Creo que sí. En el maletero.

Flavia abrió el maletero y los encontró.

Mientras iba a colocarlos los obreros y yo examinamos el motor.

–¡Buah! –rezongó el mismo que había hablado antes–. Este motor ya no sirve para nada. Está muerto, vas a tener que ponerle uno nuevo.

–¿Uno nuevo? –dije yo.

–O comprarte otro coche –dijo el obrero, y los demás refrendaron su diagnóstico.

–¿Qué tiene? –preguntó Flavia volviendo hacia nosotros.

–Está muerto –le dije. Ella se echó a reír.

–Lo único que os queda por hacer –sentenció el obrero– es llamar a una grúa –y dicho esto volvió al tajo con sus compañeros.

Flavia seguía riendo, no podía parar de reír. Encontraba muy gracioso todo aquello y, en cierto modo, yo también. Los dos ahí tirados en mitad de la autopista. Sin embargo, yo no reía ni quería reír. Estaba demasiado afectado por la “muerte” del motor. Entré en el coche, cogí los papeles del seguro y salí con ellos en la mano.

–Déjame tu teléfono móvil, por favor.

–Jajaja, jajaja...

–¿QUIERES HACER EL FAVOR DE DEJARME EL MALDITO TELÉFONO?

Lo sacó de su bolsa y me lo dio. Marqué el número, contestó una mujer. Le expliqué el percance, le di mis datos y los del coche y le indiqué el lugar donde nos encontrábamos.

–¿Qué te ha dicho? –me preguntó Flavia.

–Que estará aquí la grúa antes de media hora.

Encendimos un pitillo y esperamos en el arcén. Al cabo de unos minutos se detuvo a nuestra altura un todoterreno. Su conductor bajó la ventanilla: era Caqui, un amigo nuestro.

–¿Qué os ha pasado?

–Nos ha gripado el motor –le dije con aires de entendido. Decididamente me gustaba esa expresión.

Caqui resopló. Él sí que entendía de mecánica.

–¿Os puedo ayudar en algo?

No, deja, ya viene la grúa.

Qué ibais, ¿a la playa?

Tú lo has dicho: íbamos.

Le dimos las gracias y siguió su camino.

Poco después llegó la grúa. Se detuvo delante del coche y salió de ella un hombre mayor que me cayó simpático nada más verlo. Le conté brevemente lo sucedido.

–Bueno –dijo él con el tono de quien ha ejecutado ese trabajo un millar de veces–, pues manos a la obra, ¿no? –y en el tiempo en que Flavia y yo recogíamos los triángulos enganchó unas poleas a las ruedas del coche y lo remolcó. Después subimos a la cabina, sentándose Flavia a su derecha y yo a la derecha de Flavia–. ¿Queréis que os deje en algún sitio antes de llevar el coche al taller? –nos preguntó.

–¿No hace falta que vayamos nosotros? –le dije.

–No, con tal que llaméis al taller para avisar que llevo el coche está todo arreglado.

–Lo que pasa es que queremos ir a la playa. Pero después no tenemos cómo volver.

–Llamar a un taxi, os lo cubre el seguro.

–¿Sin ningún recargo?

–Sin ningún recargo.

–Pues si no le importa acercarnos...

–No hay problema –dijo, y tomó el desvío en esa dirección.

–Seguro que de todo esto sacas un cuento –me dijo Flavia tan pronto nos apeamos de la grúa.

–No sé –le dije–. Nunca elijo las historias que escribo, me eligen ellas a mí.

Cruzamos la carrertera y, antes de bajar a la playa, paramos en un restaurante a comprar unos bocadillos. Había un ambiente extraño en el interior. La gente, incluidos los camareros y el personal de cocina, miraba a la televisión sin terminar de dar crédito a lo que veía. Dos aviones secuestrados acababan de estrellarse contra las Torres Gemelas de Nueva York.