Todo ha sido por la columna de Amilibia en La Razón:

La audaz reportera Thais Villas le preguntó a Gabriel Rufián qué se ponía para dormir y él respondió que dormía sin calzoncillos ni pijama, o sea, en pelota picada, en pelota viva o en bolas, a elegir. La reportera apuntó con sorna: «Esto puede provocar muchas fantasías», para que el disputado aclarara enigmático: «O pesadillas». Y aquí tenemos en la pista central del circo al portavoz de ERC en pelotas provocando esta vez fantasías o pesadillas, también a elegir. Fantasías, quizá en Adriana Lastra, con la que se lleva muy bien: se dice que en el Congreso comparten fusta de cuero negro y esposas niqueladas. Quizá también en Yolanda Díaz, con la que ahora, huido Iglesias, tiene que negociar en algún rincón del Congreso los apoyos al sanchismo. Puede que en Irene Montero, que ahora vive horas de soledad y desde que se largó su productor y mánager tropieza con sus leyes y «sola y borracha» le cuesta llegar a casa. Posiblemente en González Laya, aficionada a la jardinería y por tanto a los capullos, aunque ahora está muy ocupada preparando el buquet de rosas rojas sin espinas que le va a enviar al ministro marroquí de Exteriores para que le dé cuartelillo. ¿Y pesadillas? Tal vez en Junqueras, que desde su retiro espiritual en la trena a buen seguro no indultará la actitud lasciva e incitante del muy Rufián. A lo mejor en Begoña Gómez, por aquello de las comparaciones siempre odiosas cuando se mira al otro lado de la cama. Y, por supuesto, en Pablo Iglesias, que después de perder la coleta teme quedarse también sin el título oficial de macho alfa de todos los baños, retretes y váteres republicanos de las Españas. Pero donde el muy Rufián va a triunfar por un lado y por el otro, de frente, de perfil y de espaldas, es en el barrio de Chueca. El veto de la LGTBI+ al PSOE por abstenerse en la votación de la Ley Trans le convierte en el Apolo sustituto de Sánchez: no quieren ver a sociatas en las fiestas del Orgullo de este año, los consideran parte del «transfachito» junto a Vox y el PP. Una pesadilla que no arreglarán ni Irene disculpándose en «Sálvame» ni Miquel Iceta bailándoles un reguetón.