La imagen que los católicos recibimos de los santos se relaciona con una vida consagrada a la difusión de la Palabra de Dios hasta el máximo de los extremos. Con ello, lo que surge en nuestras mentes es el martirio, ejemplo que se inicia con San Esteban, y que se sigue desarrollando en estos mismos momentos en muchos rincones del planeta, allí donde la sangre derramada de estos seres ejemplares insiste en la prédica hasta el sacrificio final. Sin embargo, y sin ánimo alguno de desmerecer esta entrega total, la santidad que Dios quiere manifestar a los hombres cada día toma caminos diferentes, incluso el de la más dulce de las existencias, aunque más no fuera como ejemplo viviente de la grandeza de la felicidad futura. He conocido a personas con santidad, ejemplos de una vida siempre abierta a la sonrisa benefactora, a tender la mano a quien ha caído, a quien se entrega al abatimiento, a quien se apaga en el nihilismo o en las sombras del más oscuro cinismo. Y en ese milagro cotidiano que ha sido conocerlos, intuyo la grandeza de esa gracia que nos bautiza con la esperanza, ante el desánimo generalizado.

Entre estos últimos santos, incluyo a personas que han pasado a la otra vida, pero que con su ejemplo o sus palabras nos iluminan con el mensaje valioso de la Fe. Es decir, entre ellos incluso al querido gordo Gilbert K. Chesterton, por quien han vuelto a la Fe varias personas que conozco, y por quien la luz del catolicismo parece más profunda que las de muchos teólogos entronizados en las cátedras. Los lectores entenderán que lo de gordo no quiere ser ni un agravio ni una burla, sino el resumen físico de un hombre que, ahora sí, al querer describirlo psíquicamente (Recordemos que “psiquis” es alma) deberíamos hacer uso de una serie de calificativos que se explayan desde la bondad de carácter hasta la más firme de las certezas, desde la caricia idiomática hasta la pícara ironía, desde la fantasía desbordante hasta la censura de una realidad incómoda.

Si bien la causa de su canonización ha sido iniciada, algunas dudas rondan las mentes de quienes deben comprobar semejante maravilla. ¿Qué espiritualidad siguió el bueno de Gilbert? ¿Qué vida ejemplar puso ante los ojos de los que lo conocieron que lo destacaran de manera prodigiosa? ¿Existen milagros hechos por su intercesión o devociones a su figura que ameriten su salto a los altares? Como cristiano, incluso, como cristiano que he retornado al seno de la iglesia tras años de escepticismo, los escritos del genial escritor inglés me han abierto el espíritu como pocos escritores lo han hecho. Pero como mi pobre ejemplo en nada colabora con su causa, prefiero recordar sus palabras, esas frases que son fáciles de hallar en la internet y que en su profunda simpleza condensan aquello que más amamos y que es poco usual, lamentablemente: la sabiduría en la bondad.

Primera frase:

“Todos los educadores son absolutamente dogmáticos y autoritarios. No puede existir la educación libre, porque si dejáis a un niño libre no lo educaréis.”

Como docente, como trasmisor de un conocimiento que siento importante, la frase me resulta tan absoluta como incorrecta a los ojos de la actualidad. La fantasía de una libertad en el acto de educar ronda la mente de tantos docentes que, al fin y al cabo, lo que obtienen de sus alumnos es una confusión que los esclaviza en las fatales incertezas.

Segunda frase:

“La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta.”

En esta segunda frase, lo importante es el modalizador “posiblemente”. ¿Por qué? Pues porque la mediocridad es tan común que habría miles de fórmulas para aplicarle. Pero el bueno de Gilbert nos regala una que es tan exquisita como la belleza verdadera: en lo que tengo frente a mí, o en quien tengo frente a mí, puede hallarse esa grandeza, y depende de mí reconocerla.

Tercera frase:

“Quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen.”

La paradoja es tan actual que apenas me atrevo a glosarla. Sólo quienes estamos inmersos en la tarea de educar jóvenes podemos valorar, en su justa medida, la diferencia que existe entre aquél que está rodeado, apoyado y protegido por una familia y quien no lo está. No se esclaviza a quien lo arropa un buen padre y una buena madre, y eso bien lo saben los tiranuelos a la carta.

Cuarta frase:

 “Lo más increíble de los milagros es que ocurren.”

Para quienes esperan que los cielos se abran o que los mares dividan su caudal cada vez que su capricho lo desee, Chesterton les espeta que miren la vida, y con ello habrán de encontrar milagros a lo loco, en medio de tanta alevosa maldad al por mayor.

Quinta frase:

“La iglesia nos pide que al entrar en ella nos quitemos el sombrero, no la cabeza.”

Si la ironía es un recurso que, a simple vista, juega con el receptor como una víctima, en este ejemplo descoloca toda maldad, y arremete contra los fanatismos. Quien cree ha de pensar más aún que quien no cree. La Fe no es un oscuro reservorio de costumbres, sino una luz, una luz que abre la mente y no la embota.

Sexta frase:

“Loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo, menos la razón.”

Custodio del valor de la Fe como sabiduría supra racional, Gilbert sabe que el hombre moderno (y eso que no llegó a ver el deconstruido caballerete post moderno) se arrodilla ante la diosa razón como único alimento de su vida. Loco y pobre, evidentemente.

Séptima frase (y última por ahora):

Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa.”

“Vivimos una época sin religión, sin fe, sin creencias”, dicen muchos. Pues, no es cierto. Se cree, claro que se cree, lo que pasa es que se cree en sucedáneos de pacotilla, espejitos de colores, astrologías de periódico, magias de espectáculo, verdades discursivas de momento, derechos inenarrables, voluntades intoxicadas… Y sigue la lista.

Vivió en una sociedad pacata, puritana, sometida a reglas de moralina indiscriminada. Fue pobre, perseguido y hasta excluido por el sistema oficial. Fue minoría y combatió con la belleza de su palabra, con el acto de su bondad, con el ejercicio de una amistad que lo unió a Hilaire Belloc en esa aventura realista que se llamó distributismo, con la finalidad de hacer una política cristiana y una economía justa. Ha convertido a muchos que lo leen y lo releen con pasión. No fundó una congregación (no era un sacerdote o monje) ni siquiera tomó los hábitos terciarios. Pero no hay en sus escritos una contradicción que atente contra su Fe. Y en el ejemplo de su vida hay más cristianismo que el de muchos genuflexos bien pensantes. Se llamó Gilbert Keith Chesterton. Rogamos a Dios (o a quienes tengan poder de decidirlo) que pronto sea San Gilbert.