El monasterio de Santa Clara ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad como un elemento asociado del Camino de Santiago, bajo la advocación de Nuestra Señora de Bretonera (Orden de Clarisas Franciscanas), al ser construido sobre un lugar conocido con ese nombre. Fue fundado por el Conde de Haro, sobre un monasterio anterior. Se puso la primera piedra en el siglo XV, año de 1460, un edificio de portada de estilo gótico plateresco.

Se cuenta que su historia se inicia el año 1358, cuando un grupo de mujeres piadosas pasaron a la observancia de la Regla de Santa Clara y construyeron un monasterio bajo la advocación de Nuestra Señora de Bretonera, que fue arruinado por las guerras en 1458. En 1460 el Conde de Haro obtuvo bula pontificia para erigir un convento de la regla de Santa Clara y pocos años después se reparó el edificio y se reedificó la iglesia.

Durante la Guerra de la Independencia la comunidad se vio obligada a abandonar el monasterio, que padeció expolio y destrucción por parte de las tropas francesas. Debido a la desamortización de Mendizábal, las monjas perdieron todas sus propiedades; aunque pudieron subsistir con la ayuda de una dama de Belorado: doña Bonifacia del Campo.

Posteriormente, la comunidad recuperó sus propiedades y, desde entonces, realiza diversas labores para su conservación y manteniento. Tras la última profesión solemne, en mayo de 2017, la comunidad estaba compuesta por 14 hermanas.

La iglesia es de estilo gótico y planta de cruz latina. El brazo mayor es una nave en cuatro tramos con bóvedas de crucería. Las claves están adornadas con el escudo de los Velasco, protectores del cenobio. La portada es de estilo plateresco, con el escudo y una imagen de la Inmaculada. Cuenta con retablos barrocos del siglo XVII y en el coro está la imagen de Nuestra Señora de Bretonera, así como un órgano de 1799.

Pocos años después se reparó el convento y se reedificó la iglesia con ayuda de dos religiosas, hijas de don Bernardino de Velasco: doña María y doña Inés de Velasco, cuyas aportaciones, junto a las de otros miembros de la comunidad, hicieron posible las obras. El obispo de Burgos, don Luis de Acuña fue especialísimo bienhechor del convento, ampliando el edificio y recuperando algunas posesiones que estaban perdidas. Los bienhechores se cuentan por docenas. Incluso hoy en día una asociación de protectores vela por los intereses de la comunidad de sus caridades.

Su forma de vida: oración, fraternidad y trabajo

Nuestra Forma de Vida -dicen las religiosas- consiste en: guardar el Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin propio y en castidad” (Regla I,2). Santa Clara redactó la Regla, la primera compuesta por una mujer, que fue aprobada el 9 de agosto de 1253 por el Papa Inocencio IV.

Nuestra vida -siguen diciendo las religiosas- consiste en la oración, la fraternidad y el trabajo: “Fija tu mente en el espejo de la Eternidad, fija tu alma en el esplendor de la Gloria, fija tu corazón en la figura de la Divina Sustancia, y transfórmate toda entera, por la contemplación, en imagen de su Divinidad”.

La antigua tradición de regalar 13 huevos a las hermanas de Santa Clara para que sus plegarias ahuyenten el mal tiempo durante una celebración -sobre todo las bodas- explicaría el despertar de la repostería en sus monasterios. Normalmente, en los obradores monásticos las pastas y los bizcochos suelen estar más presentes. Lo que distingue al obrador de estas monjas es el chocolate. Grandes cocineros, de los que tienen varias estrellas Michelin, conocen bien su excelencia.

Visten un sencillo hábito: velo negro, toca castellana y túnica franciscana marrón sujeta con un cordón de tres nudos.

Merece la pena conocer a sus caridades. Se sorprenderán.

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