El problema, cuando se entrevista a un personaje en relación a su obra es que si el entrevistador está tan identificado con el propósito de la obra o con su contenido como yo, en este caso, se convierte, sin quererlo, en protagonista de la obra de la autora a la que se entrevista; y se forma un bucle del que no se sabe salir.

Ese es mi caso.

 María Luisa García Franco es una periodista que ejerció su trabajo de periodista de ABC y anteriormente del diario YA durante los años de plomo en el País Vasco.

 Por tanto, en esta entrevista voy a inventar un nuevo género periodístico que es el artículo-entrevista en el que yo mismo me convierto, con el permiso de la autora del libro, en una expresión viva de lo que se pasa, de lo que ocurrió en las épocas de plomo y fuego en las que yo llamo provincias vascongadas.

 Vivo en primera persona con sufrimiento, y al mismo tiempo pasmo, la claudicación a defender la justicia, que va más allá de los tribunales y es la memoria y la dignidad de las víctimas, entendiendo este concepto en sentido amplio; no solo las que perdieron la vida. Y la renuncia a defender el Estado de Derecho en su sentido más puro, que es la defensa constitucional y la estructura cognitiva y antropológica que soporta ese marco de convivencia. Y todo ello se disuelve en esta especie de mercado persa en la que el ministro de Interior Sr. Marlaska y el presidente Sr. Sánchez están convirtiendo la memoria de aquella época de terror y la reclamación de justicia en un artículo de compra y venta de voluntades, saliéndose de su función de búsqueda del bien común y de defensa de las libertades colapsadas en esto que llamamos País Vasco, hasta ahora, sin pausa en la continuidad.

La obra de María Luisa García Franco nos evoca en forma de novela ese ambiente, porque, probablemente, todo lo que sabe María Luisa por el ejercicio de su profesión periodística no lo puede decir en forma de ensayo, al estar vivas muchas de las personas protagonistas de aquel acoso y limitación de libertades; y hacerlo de otra manera supondría una dificultad en su vida personal.

Conozco bien las consecuencias para desarrollar una vida normal, con lo que supone la limitación de las libertades, el miedo, tanto a convertirte en un apestado en un contexto psicopático, y el menoscabo en el desarrollo de una vida profesional, por el compromiso con unos valores y el ejercicio virtuoso de sus obligaciones vitales en su trance existencial como persona.   Cuando la basura pringa en el basurero,  quienes pasan por él se mezclan con el aroma pútrido, y quien se pone un perfume resulta anómalo y sucio para quien está inmerso en la cloaca.

La sociedad vasca en su conjunto, sin ánimo de ser injusto con muchas excepciones, me parece deprimente y ruin.  Hay que empezar a decir las cosas claras. Me gustaría conocer la estadística de visitas al Centro Memorial de Víctimas sito en Vitoria, lo que nos daría un espejo de la realidad. 

Su silencio, su imperturbabilidad, cuando no complicidad con el asesinato, la extorsión y la exclusión de las capas de población menos adaptadas al paisaje nacionalista, antes y después, me evocan la narrativa de Victor Klemperer en su obra La lengua en el III Reich y la de Michael Burleigh  El III Reich, repletos de concomitancias con regímenes asesinos.  A mí me parecen un conjunto de personas que son zombis al servicio del poder establecido, sin criterio personal y sin capacidad de conciencia moral. Y eso es un nivel de conciencia equivalente al de una tortuga, por que vieron pasar delante de sus narices barricadas, destrucción de inmuebles, liquidación de mobiliario urbano, ruina de patrimonios, persecución, amenazas, coacciones, asesinatos, y el imperio antidemocrático de quienes diseñaron perfectamente un marco donde unos hacían de poli bueno y a otros les correspondía el trabajo de poli malo para que la población se sometiera, cosa que ha hecho para declive de ese sustrato cognitivo que nos lleva a la bondad y la empatía con el sufrimiento ajeno. Es decir, a lo del árbol y las nueces. Ya saben mis lectores a lo que me refiero. Esa basura es en la que vivimos hoy como herencia de ayer. Y eso me causa náuseas.

El hacer esta introducción a la entrevista a María Luisa me carcome el interior porque pienso que no ha merecido la pena el sacrificio, el esfuerzo, y el poner en riesgo mi vida en aquellas jornadas convulsas del Foro Ermua y otras organizaciones cívicas para enfrentarnos a pecho descubierto a los “camisa parda” y sus fuerzas paramilitares. Ese salto al vacío de creer que había que hacerlo y dar el paso para hacerlo me supuso once años con protección de escoltas.  

El desasosiego, el malestar, y las consecuencias generadas en mi entorno familiar no me los compensa nadie y menos se reconocen. ¡Qué asco me da todo esto!  Simplemente les envío a todos ellos, los “hunos” y los otros, mi desprecio y mi escupitajo. ¡Qué injusta es la vida en este País Vasco qué Sánchez Albornoz el que fue presidente del Gobierno en la segunda República denominaba la abuela de España, la abuela de Castilla, fue su cuna y su generadora de la obra más inmensa y gloriosa de la Humanidad, la Hispanidad! ¡Qué asco me da todo esto, ese aire de prepotencia, de soberbia altiva, de desprecio como si fueras una lombriz, cuando expones en la ponencia de educación del Parlamento vasco una tesis en una ponencia de 45 páginas en la que pones al descubierto la perversión de un sistema llamado educativo que es un verdadero engendro de adoctrinamiento y fracaso escolar producido por una inmersión lingüística infame e ilegal en sus fórmulas! Sin aceptar ni una sola coma de un diagnóstico demoledor.