A los pastores, a lo largo de la Historia, les ha correspondido un buen papel y son numerosas las referencias evangélicas y hagiográficas sobre ellos. En la Alta Edad Media, por ejemplo, evitaban mejor que otros los efectos de las guerras. En las cercas de las ciudades fortificadas siempre reservaban espacios para que los pastores pudiesen cobijarse con su ganado en caso de ataques. Era cuestión de supervivencia.

En el siglo XIII los pastores se vestían como los labradores: saya y capa, calzas arrolladas bajo las rodillas y se calzaban con abarcas; sujeto al cinto portaban también un gran cuchillo.

Gonzalo de Berceo, el primer poeta castellano, se refería a Santo Domingo de Silos, en realidad de la localidad riojana de Cañas, en estos términos: “cuando fue peonçillo… mandolo ir el padre las oveias guardar” y después también lo recordaba volviendo con su ganado al caer la tarde “su cayado en mano, con su capa vellada”.

El pastoreo en aquella época fue pieza fundamental de la economía española. Fue tan grande su importancia que las leyes prohibían sacar ganados del reino, se reguló la particular mesta de los pastores y el rey Alfonso X, en 1273, dio al pastoreo una poderosa protección que duraría más de cinco siglos.

Aquellos pastores estaban obligados a respetar “las cinco cosas vedadas”: mieses, viñas, huertas, prados y dehesas”. A cambio de ello disponían de protección real por las cañadas y disfrutar de tierras y bosques comunales.

Tenían los pastores, igualmente, leyes particulares que fijaban su beneficio. Recibían por su trabajo, entre el sexto y el séptimo de los corderos, la lana de las ovejas, la leche de las cabras y los quesos. Y lo mismo sucedía con el pastor que guardaba el ganado vacuno, pero en fracciones inferiores. Se conserva una miniatura del rey Sabio en la que, una pobre mujer, que sólo tiene una oveja, paga al zagal su servicio con un pan.

De todo esto lo que realmente ha cambiado son los efectos económicos de la ganadería, que hoy no cuenta con la posición que disfrutó durante muchos siglos, por desgracia para todos.

Recuerdo a Celedonio Santamaría, cuando pastoreaba su hato de ovejas por el majadal de Turza, en las estribaciones de la Sierra de la Demanda. Cada día subía a la aldea desde Ezcaray con la mula y el perro. Se hizo pastor porque se puso enfermo por las humedades del País Vasco. Terminó sus días, metido en muchos años, no hace mucho, en Ezcaray. Se salvó de la enfermedad y su economía fue mejor que cuando trabajaba en los talleres vascongados. Cuando quería charlar un rato con él, le “chiflaba” tres veces desde el camino de Bonicaparra y, no me digan ustedes por dónde, pero enseguida aparecía, por cualquier sendero perdido, en el lugar que yo me encontraba. Y llegaba antes que el perro.

Siempre decía lo mismo: ¡ojalá hubiera tomado antes la decisión de ser pastor! ¿Hoy también, Celedonio? Lo cierto es que hoy, y no precisamente por la crisis que estamos viviendo en todo el mundo, la ganadería está viviendo uno de sus peores momentos. Nos lo dicen los descorazonados ganaderos del Alto Oja.