Ralsoc, la araña, vivía placenteramente en un rincón oscuro y fresco del bosque. Había elegido aquel lugar apartado y tranquilo, al lado del río, por las comodidades que éste le ofrecía y porque amaba sobre todas las cosas estar solo sin ser molestado por nadie. Los insectos y el resto de animalejos no paraban de murmurar acerca de él, era su pasatiempo favorito. No había día en que no dijeran algo sobre su existencia, de si debía encontrar pareja que, si no trabajaba mucho, si debía ordenar su vida… Él, pese a su mal humor y sus pasajeros accesos de ira, hacía oídos sordos de todo aquello.

Los habitantes del bosque en realidad nunca se habían preocupado lo más mínimo en conocer cómo era nuestro amigo, porque de no haber sido sabrían que él, como todos los de su especie, era sabio, caritativo y voluntarioso, si bien es cierto que su irritabilidad era grande; pero claro, les era más fácil limitarse a criticar. Con todo, es justo decir que él no se molestó nunca, siquiera un poco, por hacer ver a nadie cómo era en realidad.

En cierta medida era envidiado por muchos, por su modo de vida. Había quienes no podían ver con buenos ojos que pudiera vivir tan bien trabajando tan poco que, pese a tener solamente la tela como hogar se le notara tan feliz, o que se le supiese tan frecuentemente intimando con las coquetas mariposas. De entre quienes destilaban mayor aversión destacaban las hormigas. Éstas se pasaban todo el día aparentando que trabajaban enormemente, cuando en realidad eran muy pocas las horas que dedicaban a ello. La araña censuraba su proceder, su hipocresía, su doble moral, y como premio obtenía mayores enemistades.

Las hormigas eran muchas y a cada cual peor. Cada una por separado eran insignificantes insectos incapaces de cualquier obra meritoria, pero juntas eran temidas por su perfidia y malas artes. De todas ellas destacaban las dos amigas del llano: Anaid y Astiéfane. Intentaban por todos los medios mantener buenas relaciones con el resto de animales, pero nadie les creía, tal vez ni entre ellas mismas se guardaban gran estima. De ahí nacía el resentimiento que tenían para el resto.

Con el gusano Canbla hacía años que en el fondo de sus corazones no podían apenas soportarse, pero la proximidad de sus hogares y sus amistades comunes les obligaban a mantener formalmente buenas relaciones. Como gusano que era y acostumbrado a ver mutar durante años a sus congéneres, le parecía cosa normal transformarse a cada momento en algo diferente según estuviera con la araña, las hormigas, o el bicho bola. Hubo días en que incluso, asociados las moscas mariquitas y cucarachas, pretendieron jugarle alguna mala pasada y dejarle en entredicho. Sus vacías existencias no daban para más.

Nuestro amigo, con todo, mantenía verdadera amistad con algunos de los seres del bosque, como el saltamontes Geulim o la abeja Lisümi. Hacía muchísimos años que le conocían y aceptaban con paciencia su manera de ser y, en ocasiones, mal carácter. Había quienes incluso, como el viejo y bonachón piojo Donán, desde el principio había aceptado la incondicional amistad de Ralsoc sin ningún tipo de miramientos.

 

Una mañana de primavera la araña despertó y vio su tela un tanto rota y maltrecha. Algunos de los hilos, confeccionados con gran esfuerzo, estaban destrozados y con ello parte de su trabajo perdido. Al momento supo que la causa de tal desatino había sido la gorda y peluda Veola, la libélula. Aún estupefacto por lo acontecido, la araña vio llegar a la causante de tanto mal. Tranquilamente le explicó ésta que, al anochecer del día anterior, volando sin atención quedó enredada en la tela, y que no pudiendo hacer otra cosa optó por utilizar toda su enorme fuerza y romperla para salir de aquella pegajosa prisión. Ralsoc esperaba una compensación o al menos una disculpa, pero esperó en vano. La engreída libélula jactándose de su poder le replicó que eso le sucedía porque no elegía un buen lugar donde establecer su tela y que debería tener más cuidado la próxima vez que lo hiciera. Ralsoc pensó en utilizar su veneno, pero montando en cólera se marchó de allí lo más rápido que supo.

Pasados unos días decidió ir a la guarida de la libélula para hablar con ella e intentar arreglar la situación. Veola no hacía más que sonreír y mofarse ante las propuestas y las buenas intenciones de Ralsoc. Esto le exacerbaba aún más el espíritu, haciéndole correr su sangre más deprisa de lo normal. Tras media hora decidieron, según lo establecían las leyes del bosque, buscar un árbitro que mediara en la cuestión. Así, se acordó que fuera Lora, la abeja reina, quien actuara de mediadora. Las normas establecían también que las partes podían acudir ante el juez con un testigo de confianza para dar testimonio del hecho, apoyar a quien acompañasen y asesorarle en cómo y cuándo debían actuar. Veola acudiría con la asquerosa y maloliente babosa, Ralsoc con Vâdid, el prudente escorpión.

El escorpión era primo de la araña. Se habían criado juntos y eran buenos amigos. En la retraída y problemática vida del escorpión siempre había podido contar con el apoyo de su primo; por muy mal que se encontrase, él estaba allí a su lado. Incluso cuando, conociendo la debilidad de la araña, la atractiva compañera escorpiona Naha apareció intencionadamente enredada en la red para querer ser seducida, Ralsoc le dejó marchar como si tal cosa, por la amistad que el escorpión y él se debían.

Al acceder a la petición de ayuda y consejo de la araña, le dijo que no se preocupara de nada, que era su compadre, y que por su amistad le dejara el asunto. Le recordó que la tela era lo único que tenía y que le corría cierta urgencia arreglar aquella situación cuanto antes, a lo que con mayor énfasis el escorpión le conminaba a que se fuera tranquilo de allí, que dejase el asunto en sus manos pues todo se solucionaría sin mayor importancia. Ralsoc salió muy satisfecho de la visita a la casa de su amigo el escorpión, con lo que no volvió a preocuparse de ello.

A las pocas noches llegó el momento de dirimir la cuestión frente a la abeja reina. El veredicto fue favorable a Ralsoc, y la libélula, aunque de muy mala gana, no pudo hacer otra cosa si no aceptarlo.

 

Al día siguiente la araña invitó a su casa a comer al escorpión. Le agasajó en todo lo posible y éste lo aceptó de buena gana. Tras el ágape, el escorpión le dijo: “Tendrás que saber mi labor en todo esto no ha sido gratuita. La libélula me ofrecía gran cantidad de cosas y lo desprecié, así que es comprensible que perciba algo a cambio, ¿no? Había pensado que un tercio de las presas que tienes envueltas y conservadas en tu hilo sería justo pago”. La araña no salía de su asombro. Su primo, su amigo, le exigía un pago por los consejos recibidos el día del pleito; exiguos asesoramientos que cualquier otro habitante del bosque con el que guardase una mínima relación gustosamente le hubiera dado. De hecho, -pensaba para sí mismo-, las leyes del bosque daban la posibilidad de presentarse sin consejero al pleito o acudir al viejo ciempiés que de manera amable y desinteresada le hubiera hecho el mismo o mejor servicio. Definitivamente esto no le parecía justo. Pero lo que más le entristecía a la araña era ver cómo su amigo correspondía a su amistad de aquel modo tan miserable y rastrero. Era el mismo proceder que tantas veces habían criticado en otros.

Ralsoc le intentó hacer ver al codicioso escorpión que aquello era indigno de su amistad, que el trabajo que le había supuesto no era merecedor de lo que pedía y que incluso hablada la cuestión con otros escorpiones, todos eran de su mismo parecer. L empecinamiento de Vâdid a cada argumento que esgrimía la araña era más y más grande, y en sus ojos se podía ver con mayor intensidad el color de la avaricia y la ingratitud. Con tristeza contemplaba que era inútil cualquier diálogo al respecto y que su amistad quedaba truncada para siempre.

Calló, accedió a darle parte de lo hablado como pago, y salió de allí jurándose a sí mismo no volverle a ver. Mientras iba caminando por el viejo camino de tierra en dirección a su casa recordó entonces aquellas palabras que tantas y tantas veces había oído decir en el bosque: “Saber elegir de sabios es, dónde, cómo y con quién”.