Todos y cada uno de mis veranos pasados en esta ciudad los recuerdo perfectamente, todos han sido muy parecidos; mucho calor, poco dinero, la novia lejos y otra que venía a sustituirle cerca. Los que nos quedábamos en la Villa éramos pocos, casi podría decirse que nos conocíamos o al menos nos sonaban las caras. Eran meses en los que por la calle prácticamente ibas saludando a personas que con el frío del invierno ni mirabas. El mundo parecía más humano desde luego. No faltaba, a Dios gracias, algún amigo que se quedara a hacerte compañía, o en su defecto se fueran turnando en el ir y venir de sus destinos veraniegos. Había días en que los coches pareciese que hubieran desaparecido por ensalmo, y dado que entre el mediodía y las nueve de la noche el calor es sofocante, las calles aparecían desérticas y poco más que abandonadas a su suerte.

Deambular libremente por Ópera, la calle Bailén, el palacio Real y sus jardines, todo el dédalo de calles, callejas y callejuelas que conducen hasta la plaza de España, detenerse parsimoniosamente en una de sus esquinas, el convento de la Encarnación… un lujo al alcance de cualquiera y al que la gárrula mayoría estultamente desdeña. En la actualidad a la gente le han impuesto maneras mucho más aberrantes de pasar el tiempo, de asesinarlo, ocio lo llaman; ya son pocos los que disfrutan con estas cosas. Los tiempos mandan. El modo de vida, de manera evidente, ha cambiado, y ni qué decir tiene que a mucho peor. Con la perspectiva que dan los años, estoy seguro al decir que los que nacimos a principios de la década de los setenta hemos sido testigos del final de un mundo y el comienzo de otro, éste infinitamente más perverso e inhumano. Y todo tamizado con muy buenas palabras y gestos de presunta amabilidad, pero que encierran llevar al Hombre por peligrosos desfiladeros de los que no sé si será capaz de retornar.

Hay en mi ciudad un lugar en el que en su día nada tuvo que envidiar a lo que hoy imaginamos que debió ser Hollywood, con sus cines, sus teatros y sus fastos. Hoy de todo eso no queda absolutamente nada. La Gran Vía y sus aledaños suponen lo más sórdido de la capital; pasear por sus aceras equivale, según la hora, desde presenciar lo más inhumano de nuestro mundo moderno a jugarse el tipo por tres euros. Pero pese a eso, confieso sentir debilidad por alguno de sus rincones.

Son los días de verano los que brindan la ocasión de vivir en la calle, en las plazas, ¡ágora, foro, vida mediterránea!, y las obligaciones parecen pasar a un segundo plano. Se esconde por un tiempo la celeridad atropellada de la vida cosmopolita para acomodar nuestro espíritu al esparcimiento… y a lo que un día fuimos. Regocijarse en el placer de no hacer nada ni tener que hacerlo, dejar pasar el tiempo, bebérselo a pequeños sorbos, quedamente, buscando un lugar para pensar o dejarse llevar y sentirse más próximo de quien tenemos cerca.

Y sentarse en el borde de la acera a fumar un cigarrillo sin prisa alguna, esperando el autobús que te lleve a casa después de una noche de excesos, y mirar al cielo para darse cuenta, entristecido, que ya no brilla ninguna estrella en el firmamento de mi ciudad.