Dejándome llevar por unos de mis paseos matutinos por las calles de mi ciudad, al llegar a la plaza en donde se encuentra el Teatro Real, al apartar la mirada del suelo, de ese suelo que por enésima vez han remodelado, siendo levantado para volverlo a levantar, y supongo yo que tanto vaivén urbanístico responderá a aquello de justificar más de un gasto opaco y de paso varios sueldos, con gran relumbrón vi que se anunciaba el aniversario del nacimiento de Richard Wagner. Acompañando un enorme retrato suyo, y aprovechando dicha efeméride, a su lado rezaba pomposamente la frase: “Año Wagner”, con lo que dado mi interés en el asunto y que el edificio se encontraba ya abierto al público, no dudé en adentrarme para preguntar y hacerme con una entrada que me permitiera ver la representación de Parsifal, tal vez mi favorita. Entré en ese amplio vestíbulo que siempre impone y, por no haber un alma entre aquellas paredes, me acerqué hasta la joven que allí estaba destinada a eso de atender, parapetada tras un grueso cristal, entendiendo más tarde que para prevenir posibles agresiones, con una expresión que denotaba un grave malestar existencial, algo así como si el mundo estuviera en deuda con ella y que es tan tristemente común en muchos de nuestros connacionales a la hora de afrontar su jornada, me hizo saber que apenas quedaban butacas disponibles y que únicamente las había al precio de ciento ochenta y cinco euros, incluyéndome en sus observaciones que “con poca visibilidad”, a lo que por educación, ya que mi cuerpo me pedía marcha y decirle unas cuantas cosas, de manera agradecida le respondí con la justa amabilidad, que “ya me lo pensaría”. Era evidente que no iba a pagar ese precio, con lo que salí de allí para proseguir mi paseo.

Estaba molesto conmigo mismo por no haberme enterado antes de aquella representación, tal vez de no haber sido así hubiera podido obtener una entrada a un precio medianamente asequible. Discutiendo en mi interior, y reprochándome en mi mente muchas cosas, retrocedí sobre mis pasos decidiendo volver a interrogar a la susodicha. A cada pregunta que le hacía ella, de manera agria y desabrida, se limitaba con monosílabos a arrojarme sus respuestas, que terminaban indefectiblemente con un impenitente rictus marmóreo. Toda una delicia la atención de la fémina en cuestión.

Poco o nada saqué en limpio de aquella visita. Si acaso que eso de la cultura hace mucho tiempo que a nadie importa, que el acceso a la misma es algo que no interesa, y que bien se han encargado quienes detentan el poder para que esto no sea de otra forma, para que la gente se contente con tristes sucedáneos, esos sí, por supuesto enteramente democráticos.

Y me dio por pensar…llegados a este punto en el que estamos, ¿para qué diantres existe un ministerio de cultura? ¿Para que se subvencionen a amiguetes y gentes afines? ¿Acaso la cultura ha de estar guiada? En estas cosas pensaba camino de casa.

Cabreado, porque de otra manera es imposible vivir en nuestro país, ya atrincherado en mis dominios, me encerré en una habitación, a oscuras, y a todo volumen que me permitió mi vetusto aparato de música, quedé imaginando que solamente yo era testigo de la más grandiosa representación de Parsifal.