Recuerdo que mi padre cuando se hablaba de cualquier tema y había disparidad de criterios  siempre decía: "está claro, cada uno cuenta la feria según le ha ido... y lo remataba  con el dicho que le oí decir muchas veces: ¿a dónde vas?... ¡a la feria! (era el momento de la alegría, el comienzo de algo alegre)... "¿de dónde vienes?... ¡De la feria! (era la voz del cansado y, casi siempre, de la desilusión).
    Pues, esto me digo yo muchas veces, cuando oigo hablar a unos y a otros de un mismo tema...
    Y hago este preámbulo para decir que la opinión que yo voy a dar de los curas que yo conocí es mi opinión, la mía. Lo que quiere decir que otros pueden tener opiniones contrarias.
    Mi primer cura fue don Luis (y no me pregunten el apellido porque no lo recuerdo). Era el cura párroco de la iglesia de San Pedro de Nueva Carteya, mi pueblo. Era la única iglesia y el único cura. Don Luis fue el que me bautizó y el que me dio la  primera comunión. Era un hombre muy alto y muy delgado y según las mujeres muy guapo, atractivo y muy buena persona... Sólo tenía un defecto, si es que el no estar dotado para la oratoria puede considerarse un defecto. Don Luis lo hacía todo bien menos cuando se subía al púlpito y dirigía al pueblo su homilía dominical. Porque al pobre no le salían las palabras y se repetía una vez y otra y,  a veces, conseguía hasta que los fieles dijeran en voz alta la palabra que al pobre no le salía.
     Pero no tendría yo ni 8 años cuando se fue. Según supe lo trasladaron o solicitó ingresar en la Marina española y acabó siendo capellán de un barco. No volví a saber de él.
     Sin embargo, sí supe, ya después, bastante después,  que durante la Guerra Civil se portó como un verdadero hombre de Dios y que jugándose incluso la vida salvó a muchos "rojos" y a muchos "nacionales" de la muerte. Lo que significaba que se llevaba bien con las dos Españas y que tanto los "hunos" como los "hotros" lo respetaban.
     Luego llegó don Antonio Liébana Santiago, que de él si recuerdo muy bien sus apellidos, y fue quizás el cura que más influyó en mi formación espiritual. Con don Antonio llegué a creer, o me hizo creer,  que yo había nacido para el sacerdocio y quiso, y casi lo consigue, llevarme al Seminario de San Pelagio de Córdoba capital, afortunadamente no conseguí el ingreso aquel año de 1953, porque había más aspirantes que plazas y ahí acabó mi carrera eclesiástica. Pero don Antonio fue además mi profesor de latín y de Historia, y no puedo dejar de decir que don Antonio había sido número uno en todos sus estudios, y además de ser sacerdote era Maestro Nacional y licenciado en filosofía y letras. Por todo ello, don Antonio Liébana Santiago fue ascendido y trasladado de párroco a Puente Genil y con él y su familia (además de sus padres, con él convivían sus cuatro hermanas: Ramona, Julia, Toñi y Pepita) me fuí yo a pasar más de una temporada.
     Y vino don Manuel Osuna Bujalance, que era de Cabra, el pueblo donde yo iba a examinarme de los primeros cursos de Bachiller. Don Manuel era un cura moderno que intentó revolucionar las costumbres del pueblo, y no sólo las religiosas, quiso acabar con las "beatas" y las "beatas" (que mandaban mucho en el pueblo) al final acabaron con él.

    Pero de don Manuel y de otros curas que ya conocí en Madrid hablaré otro día.