César León de Castro. Nacido en 1997, es profesor de enseñanza media. Interesado en la historia de las ideas y de la cultura, y preocupado por el decurso espiritual de Occidente, prospecta humildemente las bellezas y tesoros sepultados de la civilización europea e hispánica y del ethos tradicional, espejos en los que confrontar la crisis antropológica del mundo contemporáneo. En letras, admira la profundidad de Gómez Dávila, la sutileza de González Ruano y la imaginería de Francisco Umbral; el ensayismo claro de Ortega y la ingeniosa elegancia de d'Ors. En filosofía y política, sus referentes son los pensadores que erigieron el sueño de la Hispanidad, desde la Escuela de Salamanca a Gustavo Bueno.

En esta brevísima entrevista valora su incorporación a El Correo de España.

Cuéntenos muy brevemente de sus principales inquietudes culturales, históricas...

Siempre me ha interesado comprender la melancolía del hombre moderno, y esa búsqueda es la que ha latido en el fondo de todas mis inquietudes. Desde un principio tuve la intuición de que tal melancolía estaba suscitada por las condiciones culturales que había originado la Modernidad, y a través de las distintas reliquias en que consiste la cultura intento conocer esas condiciones, registrar sus efectos, sus matices y sus posibles remedios.

¿De qué temas en concreto va a escribir?

Me interesa, sobre todo, la prosa de ideas, el ejercicio literario, y eventualmente el comentario de actualidad o la crítica de obras culturales.

¿Qué supone para usted colaborar en El Correo de España?

Una gran merced. No sólo se me brinda el prodigio de la confianza de forma inmerecida, también me permite probarme en una faceta siempre admirada por mí como la del articulismo. Además, en un medio, como es El Correo, con un elenco de veteranos de mucha jerarquía profesional e integridad humana. Por otro lado, soy consciente de que, a diferencia de lo que ocurre con la mayoría de medios periodísticos, el público lector de El Correo de España es un público culto e intelectualmente despierto al que no pueden darle gato por liebre. Por lo tanto, también supone un desafío.

¿Cómo valora la labor de este medio?

Responderé con Nicolás Gómez Dávila, uno de mis escritores más queridos: “A medida que suben las aguas de este siglo, los sentimientos delicados y nobles, los gustos voluptuosos y finos, las ideas discretas y profundas, se refugian en unas pocas almas señeras, como los sobrevivientes del Diluvio sobre algunos picos silenciosos”.

¿Cómo su conversión a la fe católica ha afectado a su cosmovisión de la realidad?

De un modo esencial, como sólo sabe aquel cuyo corazón ha sido traspasado por la flecha del amor divino. Aunque la conversión es un trabajo de cada día, que nunca termina de completarse y en el que nunca podemos darnos por saciados. Siempre quedan huellas del hombre que fuimos, de la mundanidad y del escepticismo que flotan en el espíritu del tiempo, y por eso es ineludible perseverar en la profundización de la gracia. Lejos de resolver los problemas, la fe los acrecienta en número y los intensifica en hondura, haciendo de la vida un combate, y del alma su coliseo.

Háblenos de la importancia de la batalla cultural en el contexto de una sociedad en descomposición.

Yo no diría que la sociedad está en descomposición, aunque sea una metáfora bien traída. Más bien contemplo el mundo actual como un ente conclusivo, cadavérico, diríamos. Creo que la batalla cultural es un ejercicio que procuramos hacer para olvidarnos de esta brutal realidad, y, como don Quijote, pensar que como somos caballeros y libramos una batalla, hay una victoria posible que obtener. Hay, por tanto, espacio para la vida y la resurrección. Mi fe está puesta en el otro mundo. Respecto al de aquí, creo que la batalla cultural es importante para que pueda vivir sin desesperar la minoría que resta en pie. Para, en otras palabras, forjar comunidad con aquellos que compartan una misma sensibilidad herida.

¿Por qué es importante apostar por los medios veraces y libres como contraposición a los medios grandes que difunden lo políticamente correcto?

Volviendo a mencionar a Nuestro Señor literario, porque apostar por ese tipo de medios en detrimento de los poderosos es lo quijotesco, y parecerse un poco a don Quijote es lo único serio que puede hacerse ya en el mundo.