Que estamos de lleno en verano no cabe la menor duda. Las temperaturas que nos flagelan no dejan lugar al equívoco. Y en eso del calor los hay para todos los gustos, pues cuando el calor es elevado y uno se dedica como yo durante tantos años a inspeccionar nubes, bien sienta y a uno le es grato, pero si por el contrario quien lo padece se dispone a ir al trabajo, la cosa cambia. Porque como en tantas otras cosas, el gustar del calor extremo, pienso yo que será debido a que el que dice tal cosa lo pasará bajo sombra o con aire acondicionado, preferentemente sin grandes cosas que hacer o cuando menos aparentando trabajar que, por cierto, vende lo suyo. Y como todo no iba a ser malo, si algo bueno hubiese que salvar de estos días de extremo calor en honor a Julio César, sean esos “shorts” femeninos (perdónenme el palabro), que entre zafios y ordinarios, en verdad nos alegran tanto la vista.

En fin, que una vez más, el verano nos ha sorprendido enteramente indefensos.

Cuando pienso en el verano, al instante me viene a la cabeza los transcurridos durante mis años mozos, que con eso de hacerse uno mayor pareciese que todo se haya agriado un tanto, porque era entonces cuando además de presentarse cada acto como algo nuevo, con una percepción del tiempo distinta, se disfrutaba más las cosas. En los días que era un niño, la gente llegadas estas fechas hablaba del “veraneo”, término que dudo que utilicen hoy los más jóvenes e incluso ni siquiera sepan lo que significase, entre otros motivos porque en aquel entonces iba implícito una serie de cosas que hoy en día han ido desapareciendo o simplemente se han extinguido. Y es que aquello del “veraneo” tenía lo suyo, indudablemente, pero entre otras cosas era el reflejo fiel de un mundo y unas intenciones que se han ido desmantelando. Fue consecuencia de la materialización de unas vacaciones pagadas, de poder disfrutar de un mes entero sin tener que dar explicaciones, por lo que cualquiera podía ir treinta días del tirón casi a dónde mejor le viniera en gana, que siempre venía a ser la playa. De tal guisa surgieron auténticas monstruosidades urbanísticas que lindaban con la costa, pero a los que vivimos aquello poco o nada nos importaba entonces. Ansiábamos que llegase el día en que saliéramos zumbando de la ciudad para ver el mar, pues en Madrid siempre se ha soñado con él, y se cerraba la casa a cal y canto casi como si se quisiera dejar para la posteridad, con los muebles y la televisión (que venía a ser entonces un bargueño más) bien cubiertos para que no cogieran polvo, con todo preparado para esa larga ausencia. Y una vez allí, a soltarse la melena lo que a uno le permitieran, que venía a ser poco o nada, tal vez lo justo.

Aquel tiempo se me presentaba indisociablemente unido al Mediterráneo, al sol, a poder ver de soslayo alguna teta furtiva, a la arena, en resumidas cuentas, a lo más parecido que entonces mi primitivo cerebro de niño podía identificar como libertad. Con el correr de los años, y pasando a ver las cosas de otra manera, el mes de julio mutó a ser para mí San Fermín mientras para gran parte del resto de los mortales continuaba siendo sinónimo de sol, playa y guiris, aceptando con ello que el paso del tiempo existía y que de alguna manera me distanciaba de mis prójimos a pasos agigantados, comprendiendo eso de Mobilis in mobili.

Uno pese a que aborrece hasta el límite las masificaciones y aglomeraciones humanas, ve en lo que queda de lo que sucede en Pamplona a principios de mes “la más hermosa fiesta del mundo” como decía Hemingway, quien por otra parte no creo que fuera quien la retratase mejor, aunque la diera a conocer al mundo. Porque en este punto, como tantas veces pasa en nuestra patria, hemos tenido que ver como era un norteamericano el que venía a decirnos qué era San Fermín cuando en casa teníamos un escritor que como nadie nunca supo pintarnos esa fiesta, aquel buen navarro, de nombre Rafael y apellidado García Serrano.

Por algunos años acudí a la cita de Pamplona en esos días, y pese a la sobre carga de gentío en sus calles corrí delante de los toros con ritualidad religiosa. Ahora con algunos lustros más, me limito a verlos por televisión, triste sucedáneo. Porque los años y las obligaciones no perdonan, porque supongo yo que aquello se habrá convertido en poco más que un descarriado e insulso macrobotellón, eso sí, en el que nunca falta un incauto accidentado procedente de Illinois.