El pasado 8 de enero, la Agencia Católica de Informaciones, ACI Prensa, informaba del secuestro de cuatro seminaristas, en el mismo seminario Good Shepherd, en la localidad nigeriana de Kaduna. Eran Pius Kanwai de 19 años, Peter Umenukor y Stephen Amos, ambos de 23, y Michael Nnadi, de 18. Los tres primeros fueron puestos en libertad, mientras que Michael Nnadi fue asesinado. Así lo daba a conocer Ayuda a la Iglesia Necesitada ACM España, en las palabras de monseñor Matthew Hassan Kukah, obispo de Sokoto: «Con el corazón apesadumbrado, quiero informarles de que nuestro querido hijo Michael fue asesinado por los bandidos en una fecha que no podemos confirmar. Él y la esposa de un médico fueron arbitrariamente separados del grupo y ultimados». En diciembre pasado, una joven católica nigeriana, Martha Bulus, se dirigía a la iglesia donde iba a casarse, acompañada de diez amigos y familiares, cuando fueron secuestrados por una horda criminal de Boko Haram. Los once fueron degollados y el vídeo de la masacre se hizo público el 26 de ese mes, haciéndolo coincidir, calculadamente, con las fiestas navideñas. El 5 de enero pasado, víspera de Reyes, el Daesh hizo público otro vídeo en el que se ve a dos jóvenes cristianos nigerianos, con monos naranja —ya conocida escenificación de estos asesinos islamistas—, ambos de rodillas, cara a la cámara. Detrás, tres yihadistas con el rostro tapado vaciaron los cargadores de sus fusiles de asalto Kalashnikov sobre los dos hombres indefensos. Otro vídeo, con la misma terrible escenificación, hizo público esta vez Boko Haram, en octubre de 2019: dos misioneros cristianos nigerianos, Lawrence Duna Dacighir y Godfrey Ali Shikagham, que ayudaban a la población desplazada por la barbarie, en Maiduguri, en el noreste de Nigeria, fueron asesinados a tiros. Especial crueldad he hallado en el asesinato del pastor cristiano Adamu Gyang Wurim, su esposa y sus tres hijos —en septiembre de 2018, en una localidad del estado nigeriano de Plateau— a quienes un grupo de extremistas musulmanes encerraron en la iglesia, a la que prendieron fuego, sin dejar salir a los que dentro se abrasaban vivos, gritando de dolor. Estos no son más que algunos casos recientes de la persecución de cristianos en Nigeria, por parte de islamistas. Pero he querido mencionarlos porque sólo cuando se conocen los hechos concretos, se palia en algo el efecto de difuminar el dolor ajeno que produce el anonimato de las víctimas y la lejanía de la tragedia; y porque conociendo datos concretos se puede defender una causa, sin divagaciones.

Las cifras son terribles: desde que en 1999 se implantara la sharia en 12 de los 36 estados de Nigeria, de mayoría musulmana, han sido asesinados entre 38 y 42 mil cristianos (según las fuentes), por el mero hecho de serlo, a manos de diferentes grupos islamistas radicales, siendo el más conocido Boko Haram, organización criminal dividida ya en varias facciones. Sólo en los últimos cinco años, según el Instituto Gatestone, se han incendiado 900 iglesias cristianas en el norte de Nigeria, en ocasiones con los fieles dentro. Pero no actúa Boko Haram solamente en este país de enorme población (150 millones), también lo hace sembrando terror, secuestrando y asesinando, en los países fronterizos Camerún, Chad, Níger e incluso hasta en Malí y Burkina Faso.

El islam avanza en África, de norte a sur, inmisericorde. En el Sahel —el tramo de tierra que abarca del Atlántico al mar Rojo, donde el desierto no sabe de fronteras, cubriendo en parte o en su totalidad Senegal, Mauritania, Malí, Burkina Faso, Argelia, Níger, Nigeria, Chad, Sudán, Eritrea hasta Etiopía—, operan, además de Boko Haram, otras hordas yihadistas que se financian con el tráfico de drogas, armas y personas, habiendo convertido esa zona en una de las más inseguras del planeta, donde esa barbarie campa a sus anchas, con la casi única interposición de las misiones de ejércitos occidentales, entre ellos 400 hombres de nuestras Fuerzas Armadas, que apenas cubren una parte insignificante de tan enorme extensión.

Lo cierto es que la comunidad cristiana es la más perseguida en nuestro convulso planeta (3 de cada 4 personas que sufren persecución por mantenerse en su fe). En el informe de enero de 2020 de la ONG cristiana Puertas Abiertas (conocida internacionalmente como Open Doors) 260 millones de cristianos, en su mayoría en Asia y África (1 de cada 3 cristianos sufre persecución en Asia y 1 de cada 6 en África). De 150 países estudiados, en 73 de ellos se da la persecución clasificada como alta, muy alta o extremadamente alta. Encabeza la lista el hermético régimen comunista de Corea del norte, donde menos del 1% de la población es cristiana, desconociéndose cuántos de ellos están encarcelados; tiranía abyecta donde poseer una biblia ya es motivo de ejecución, o reclusión de por vida en inhumanos campos de trabajos forzados, además de para el poseedor, hasta para tres generaciones de su familia. En Afganistán, es un delito abandonar el islam, y se castiga, según los casos, con penas de cárcel o con la muerte —por lapidación, según qué casos—, a lo que también es condenado aquel que se relacione con una persona de otra religión. En Somalia, la Iglesia católica ha desaparecido, masacrada por la absoluta intolerancia de la sociedad musulmana, mientras la milicia yihadista Al Shabab asesina a cualquier somalí del que se sospeche ser cristiano, puesto que los cristianos se ven obligados a vivir en la clandestinidad. En Libia —país atravesado por subsaharianos, con intención de llegar a Europa—, los cristianos que son descubiertos por las mafias que controlan este tráfico de seres humanos sufren torturas y violaciones, quedándose muchos de ellos en el camino. El 5º en la lista de los países en los que peor se trata a los cristianos es Pakistán, donde la ley anti blasfemia lleva a la muerte a cualquiera que ponga en duda aspecto alguno del islam. Recuerdo ver las imágenes de un joven estudiante de Ciencias de la Información (ignoro si era cristiano) Mashal Khan, de 24 años, que fue apaleado hasta la muerte en abril de 2017, por estudiantes fanáticos musulmanes, acusado de blasfemia. Informa también Puertas Abiertas de que en Marruecos, en los últimos años, la situación para los cristianos ha empeorado. Es evidente que la fatal Primavera Árabe, favorecida por Barack Obama y Hillary Clinton, dio alas y oxígeno al radicalismo islamista.

La mayoría de los medios de comunicación del mundo no se ocupa de informar sobre este genocidio. Por el contrario lo oculta, lo ignora. Así como los gobiernos de las llamadas democracias de occidente. Así como la mayor parte de los intelectuales. Así como ese colectivo «Me too» de actores, cantantes y demás personajes de la farándula mundial, abrazada a la progresía y a lo políticamente correcto, que clama al cielo cuando alguien insinúa en una frase un ramalazo de racismo, pero que mira a otro lado si en Nigeria cien cristianos negros son abrasados vivos. Mientras avanza la tragedia entre los cristianos en Asia y África y se destruyen templos cristianos, a manos de islamistas, a la población musulmana que habita en Europa se les permite —y favorece— la práctica de su religión, y se admiten sus imposiciones sobre nuestras costumbres y tradiciones, por, entre otras cosas, tal crucifico les molesta o el jamón no debe verse en el comedor del colegio. Se abren mezquitas por doquier, costeadas en multitud de ocasiones por Arabia Saudí, de tal manera que en poco tiempo más de ellas habrá en nuestro viejo continente que templos cristianos. Y hablando de templos cristianos, de igual forma, prensa, gobiernos y portavoces políticos de Europa ocultan el número de iglesias cristianas que son incendiadas, cuando no profanadas, por musulmanes o activistas de extrema izquierda. El último caso más mediático lo podemos observar en la farsa deplorable que los medios y el Gobierno de Francia urdieron en relación a las causas que motivaron el incendio de la catedral católica de Notre Dame, el 15 de abril de 2019. Sigo manteniendo que aquel incendio no fue fortuito, sino que se trató de un atentado islamista, como argumenté en mi artículo publicado en Afán en junio pasado, titulado «A propósito del incendio en la Catedral de Notre Dame».

Conociendo los datos que ofrecen organizaciones como Puertas Abiertas o Gatestone Institute, y revistas especializadas como World Watch Monitor, Infocatólica, Religión en Libertad entre otras, es irrefutable que existe una intención organizada de exterminar a los cristianos en muchas partes del mundo. Como de hecho ha sucedido con la Iglesia Ortodoxa Siríaca, cuyo origen se remonta al siglo I, que llegaron a ser 500 mil sus miembros en el Kurdistán Turco, a principios del siglo XX, no superando hoy los dos mil.

El islam, desde su mismo origen, se propuso expandirse y sangre y fuego, si fuese preciso, y acabar con todo aquella sociedad que no profesase su religión. La historia así está escrita, no es una opinión. El comunismo, a su vez, requiere acabar con la familia cristiana, aquella en cuyo seno se formarán ciudadanos que defenderán principios que favorecen la libertad del hombre, denostado por los defensores de esa execrable ideología. En España, la extrema izquierda que conforman Podemos y sus franquicias, y parte de la izquierda, socialistas incluidos, de manera frontal y sin tapujos, ataca a la Iglesia católica —como siempre ha hecho—, mientras abraza y favorece a la comunidad musulmana. Alíate con el enemigo de tu enemigo; luego, ya veremos. Fácil se lo pone a los enemigos de la Iglesia la cobarde Conferencia Episcopal, que no alzó ni una ceja en defensa de quien les libró de la extinción a manos del ahora encumbrado Frente Popular, permitiendo la exhumación de sus restos mortales del Valle de los Caídos, de forma canallesca. Pero quien más favorece la labor a los enemigos de la Iglesia católica es su cabeza visible en la Tierra, ese argentino de nombre Jorge Mario Bergoglio; ese nefasto Papa Francisco, ese comunista montonero infiltrado en la Vaticano. El mismo que abraza a los tiranos comunistas que tienen subyugados a sus pueblos y afirma del islam ser una religión de paz. El mismo que traicionó miserablemente a los católicos de China, sometiéndoles a la dictadura comunista, al firmar en 2018 un tratado por el cual el Gobierno de Pekín podrá nombrar los obispos en ese país. ¿Cabe mayor rendición ante uno de los más poderosos enemigos de la Cristiandad? El mismo Bergoglio que ignora a los católicos perseguidos en China, encerrados en psiquiátricos, torturados, inducidos a renunciar a su fe, tantos de ellos desaparecidos. El mismo Bergoglio que traicionó tan execrablemente a los obispos que, jugándose la vida, se han mantenido leales a la Iglesia de Roma. El mismo Bergoglio que traicionó a los obispos que hizo desaparecer ese régimen criminal, monseñor Santiago Su Zhimin, obispo de Baoding, que fue detenido en 1996, y monseñor Cosme Shi Enxiang, obispo de Yixian, detenido en 2001; dos hombres de Dios que se opusieron a las pretensiones del régimen que nombró obispos, sin consentimiento del Vaticano, que a su vez ordenaron sacerdotes, todos lacayos de Pekín, los obispos que defendieron a los seguidores del mensaje de Cristo. El mismo Bergoglio que readmitió en la Iglesia a los dos obispos excomulgados por Benedicto XVI, por lo anteriormente expuesto. La revista Infocatólica publicó las palabras indignadas del cardenal Joseph Zen, obispo emérito de Hong Kong —sobre el nefasto acuerdo que pretendió el Vaticano mantener en secreto, hasta que lo hizo público un medio del régimen chino, poderosa máquina de propaganda—, que acusó de traición al Secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolín, que había declarado al VaticanNews: «Por primera vez, hoy, todos los Obispos en China están en comunión con el Santo Padre, con el Papa, con el Sucesor de Pedro»; a lo que añadió: (el Papa Francisco) «ha decidido readmitir a la plena comunión eclesial a los restantes obispos “oficiales” ordenados sin mandato pontificio». Hay que ser muy miserable para, con ese cuajo, ceder ante los verdugos de los fieles de tu Iglesia. Infocatólica publicó las rotundas palabras del cardenal Zen sobre el acuerdo: «Están entregando el rebaño en la boca de los lobos. Es una traición increíble. Las consecuencias serán trágicas y duraderas, no solo para la iglesia en China, sino para toda la Iglesia porque dañan su credibilidad». Tenía razón el cardenal Zen. Francisco y sus secuaces son los peores enemigos de la Iglesia católica, y no me cabe la menor duda de que obran con una premeditación calculada que responde a un poder superior, llámese masonería, llámese Lucifer.

Sufren hoy en Asia y África la más cruenta persecución los cristianos. Como lo fue en España el genocidio perpetrado por el Frente Popular de 7.000 religiosos y multitud de seglares por el mero hecho de ser católicos, durante la Guerra Civil, en el frente y en la retaguardia. Genocidio que había empezado en octubre de 1934, en la mal llamada Revolución de Asturias, donde fueron asesinados 33 religiosos, uno de ellos desollado vivo en una plaza pública. Quisiera recordar, en estas últimas palabras escritas —y bien estaría que llegasen a la Conferencia Episcopal española—, a sor Apolonia del Santísimo Sacramento (Apolonia Lizárraga Ochoa de Zabalegui), navarra de nacimiento, que era madre superiora de las Hermanas Carmelitas de la Caridad en la Casa General de Vic en 1936, que contaba por entonces 69 años de edad. Aquel verano, luego de poner a salvo a las religiosas de su congregación y a los enfermos que cuidaban, ante las noticias de la persecución religiosa, se refugió en casa de una familia que ayudaba a la congregación. Por desgracia, en septiembre fue descubierta la anciana religiosa por milicianos del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), durante un registro a la caza de religiosos y laicos católicos, y trasladada de inmediato a la checa de San Elías, en Barcelona (instalada en el edifico que había sido convento de religiosas clarisas), controlada entonces por los anarquistas de la CNT-FAI. Varios días estuvo encerrada, sin comida, vejada y golpeada por los milicianos, hasta que fue conducida al patio por cuatro de ellos, dirigidos por un sujeto apodado “el jorobado”, conocido por su iniquidad sin límites. Allí se le desnudó íntegramente, luego le propusieron que apostatase para salvar la vida, a lo que la anciana se negó. De inmediato, colgaron de un gancho a sor Apolonia, indefensa, abrazada a su fe, y con parsimonia, con una crueldad inconcebible, procedieron a aserrarla, amputándole miembro tras miembro, mientras sor Apolonia rezaba por el alma de sus torturadores. La hoja de metal serrada se abrió paso entre las carnes y huesos de la anciana, ante las miradas impasibles de aquellos psicópatas milicianos. Al fin ya desangrada, luego de sufrir el terrible tormento, sor Apolonia expiró. Por último, sus restos fueron arrojados a unos cerdos que allí se guardaba, alimentados por las víctimas de aquella checa.

Fue Francisco Franco Bahamonde quien evitó que aquella masacre, aquel terrible exterminio de católicos continuara, el mismo hombre cuyos restos mortales descansaban, junto a los caídos de ambos bandos de la Guerra, a los pies de la Cruz más alta de la Tierra, la misma Cruz que, quienes hoy niegan o justifican los crímenes del Frente Popular, desean derribar. Me pregunto si llegados a ese caso, los miembros de la Conferencia Episcopal y los obispos de España elevarán su voz para impedirlo. Aquellos religiosos católicos asesinados por la milicia carnicera, socialista, comunista y anarquista, del Frente Popular, como sor Apolonia del Santísimo Sacramento, no negaron su fe en Cristo, ni al mismo borde del martirio ni durante la agonía. Y me pregunto también, si los que hoy ocupan la cúpula de la Iglesia en España, que han hincado en tierra las rodillas, ante las presiones del Gobierno heredero de aquellos verdugos de los hijos de la Iglesia, qué voz hubieran dado a las puertas de una checa o a la vista de un pelotón de fusilamiento.