El mundo antiguo estuvo condicionado por lo sobrenatural; hasta los griegos clásicos estuvieron inmersos en lo maravilloso; llenaron la ciudad de altares y en sus calles era fácil encontrar adivinos ambulantes, intérpretes de sueños y, según Platón: “sacrificadores apostados en las cercanías de las casas de los ricos…”. Consultaban los asuntos trascendentes con adivinadores para saber por dónde irían los acontecimientos. Porque nadie hacía la vista gorda a lo inexplicable.

En el sistema religioso antiguo los problemas surgían cuando se salía de lo habitual y el individuo sentía la necesidad de conjurarlos; los prodigios tuvieron importancia y, cualquier cosa fuera de lo normal, era interpretado como advertencia que hacía al hombre reconsiderar su posición ante los dioses. Julio Obsecuente escribió en su Liber Prodigiorum lo que sigue: “En Formia se vieron dos soles durante el día. El cielo ardió en llamas. En Concio murió quemado un hombre por el reflejo de un espejo. En Gabies llovió leche. En Pimperna nació una niña sin una mano. En Cefalonia apareció que una trompeta resonaba en el cielo. Llovió tierra. Por la noche brilló en Pisauro una especie de Sol…” Así nos lo contaba Pancracio Celdrán en un trabajo muy detallado.

La paz dependía de un pacto tácito con los dioses que manifestaban su contrariedad con la aparición de aquellos fenómenos extraños. La gente estaba al tanto de estas cosas y hasta elaboraban listados donde se anotaban las anomalías o prodigios que impresionaban a las gentes y que daban lugar a las supersticiones. Toda monstruosidad constituía una transgresión del orden divino que exigía reparación: eclipses, rayos, cometas, volcanes, nacimiento de animales con más miembros de los debidos, sueños premonitorios, catástrofes inexplicables, sucesos inesperados. Todo esto tuvo al hombre antiguo preocupado y en alerta permanente.

La necesidad de modificar los efectos de aquellos fenómenos extraordinarios motivó que aparecieran remedios mágicos en la vida de los pueblos primitivos: un conglomerado mántico-supersticioso que todavía se manifiesta en nuestros días. El prodigio sólo se admitía desde la interpretación religiosa, y como los sacerdotes mantenían contactos con lo político desde el principio de los tiempos, aquellos portentos sirvieron para manipular al pueblo para subordinarlo a las ambiciones de los poderosos: la superstición y la superchería son hijas de un mismo padre. Entonces, como ahora, se creía en signos de buena suerte y de infortunio. A las creencias bizarras, manías recurrentes y temores llamaron los clásicos superstitio.

En el Universal Vocabulario, publicado en Sevilla en 1490, por Alfonso de Palencia, esta voz se define así: “Es vana religión, dicho así supersticio, como superflua o que la guardan por instituçión siendo demasiada. Otros afirman que se dixo a senibus, porque los vieios que han biduido muchos años ya desuarían et yerran en sus cosas”.

Es palabra latina, y no sorprende: el carácter supersticioso de los romanos es una de las constantes de ese pueblo. Cicerón se quejaba así en el siglo I antes de Cristo: “La superstición nos atenaza, nos persigue por doquier. Las palabras de un adivino; cualquier presagio; un ave que vuela; un relámpago; el encuentro de un caldeo; un trueno; cualquier fenómeno que se aparte en algo de lo habitual nos inquieta y perturba el ánimo. Hasta el sueño, donde debiéramos encontrar solaz, descanso y olvido de las fatigas y cuidados de la vida, se torna en causa de terrores nocturnos… A los que ruegan a diario a los dioses y ofrecen sacrificios para lograr que sus hijos les sobrevivan llamamos superstitiosi”.