Tras sufrir los rigores de la borrasca Filomena y los calores del verano, mi bandera balconera presenta evidentes signos de agotamiento; decolorada, deslucida y deshilachada, yace moribunda, aferrada por cintajos medio podridos a los forjados del balcón.

Bajo al ‘chino’ de la esquina, y rebusco entre la abundante oferta una nueva bandera del tamaño apropiado, brillante, impecable y luminosa, bien envuelta en celofán como un regalo de cumpleaños. Por cierto no veo ninguna bandera republicana, los chinos son buenos comerciantes y conocen bien las características del mercado.

Luego me paso por el zapatero del barrio, para que el buen hombre me ponga un ojete metálico protector, en cada esquina de la bandera.

Y ya de vuelta en casa, dispongo mis herramientas bricolajeras, entro en faena, y bastan unas hembrillas abiertas y unas gomas de sujetar el pelo, para que la bandera quede firme, plana, tensa y orgullosa; cara al sol, impávida frente al viento y espero que impermeable ante la lluvia.

Mientas observo satisfecho mi nueva bandera, circulan por mi cabeza unas cuantas reflexiones.

¿Qué es una bandera?, ¿Por qué tiene estos colores?, ¿Por qué es ésta ‘mi’ bandera?, ¿Qué pretendo colgándola en mi balcón?

En principio acepto que esta bandera representa a España y que yo me ‘siento’ español. Sobre esto último quizás pese bastante el hecho de haber nacido, crecido y menguado en esta porción de las tierras del planeta conocida actualmente como España. Sin embargo cualquier individuo nacido por ahí fuera que haya querido sentirse español también lo ha podido y puede lograr, sin demasiados inconvenientes.

Pero no hay que confundir el querer SENTIRSE español, con el querer VIVIR  en España, que es algo muy diferente.

‘Sentirse’ español es aceptar y compartir una serie de valores comunes, que forman la raíz de nuestra diferenciación hispánica con respecto a los habitantes de otras tierras. Por eso uno puede ‘sentirse’ muy español, a pesar de residir fuera de España.

‘Vivir’ en España siendo extranjero puede ser sin embargo una decisión egoísta para simplemente beneficiarse de ciertas ventajas climáticas, económicas y sociales que puedan ser mejores que las de otros territorios.

Por lo tanto es difícil encontrar un denominador común aplicable a los casi cincuenta millones de individuos españoles residentes en España, más los otros millones no residentes, y que al mismo tiempo nos diferencie claramente de los demás individuos de la misma especie.

El concepto de País, como conjunto de ‘paisanos’ que comparten o cohabitan en un determinado ‘paisaje’ natural, se queda corto.

Lo mismo sucede con el concepto de Nación, que comprendería al conjunto de los ‘nacidos’ dentro de determinados límites generalmente topográficos, ya que se puede adquirir la ‘nacionalidad’ por otros medios.

Por ejemplo, cuando España descubrió su parte de América y la liberó de la tiranía sanguinaria y criminal de aztecas y mayas, de inmediato prohibió la esclavitud y otorgó a sus indígenas el estatus de españoles de las provincias de ultramar.

Por cierto, la gesta de los bravos geonautas que en aquellos tiempos arriesgaron sus vidas y haciendas para llegar a un Nuevo Mundo absolutamente desconocido, es favorablemente comparable a la de los primeros astronautas que pisaron nuestro bien conocido satélite, la Luna, en la época actual.

A los indígenas suramericanos les tocó la lotería al ser descubiertos y colonizados por españoles, porque les llevamos una cultura cristiana basada en el amor al prójimo y el lenguaje común del imperio más extenso conocido, cosas que valen mil veces más que todo el oro y la plata que nos trajimos. Otros colonizadores posteriores, no pueden presentar el mismo balance.

 

Desgraciadamente, unos y otros hemos dilapidado aquellos valiosos bienes intercambiados, sustituidos actualmente por el indigenismo ignorante y la corrupción desmedida.

Pero aceptemos no obstante que esa tela bicolor que muestro en mi balcón sea la representación de eso tan difícil de describir que llamamos España.

Sus colores carecen en principio de significado, puesto que fueron elegidos por nuestros marinos de hace varios siglos, simplemente por razones prácticas para que se diferenciaran lo más posible del azul celeste y del verde esmeralda del océano, y así facilitar el avistamiento de nuestros navíos en el lejano horizonte.

Podemos pues asignar cualquier simbología de dichos colores a nuestro gusto. Rojo y Gualda los llaman unos, más yo prefiero quedarme con el más descriptivo y apasionado de la jerga torera: Sangre y Oro. El rojo de la mucha sangre derramada por los de arriba y los de abajo, y en medio el amarillo oro de las riquezas de todos, consumidas en tantas luchas internas fratricidas y tantas empresas externas inalcanzables.

Existen por supuesto las razas. Blancos, negros, amarillos y otros matices, todos nos consideramos igualmente especie humana. Pero en la sociedad actual el desarrollo de medios de transporte cada vez más veloces ha producido un efecto batidora, y hoy día ya no existen territorios puramente blancos, negros o amarillos; al cabo de tantas y tantas generaciones ya todos somos mestizos, y entre un negro claro y un blanco oscuro cada vez se percibe menos diferencia. Por lo tanto, no existe una bandera blanca (salvo la de rendición), negra (salvo la de los piratas) o amarilla (salvo de la de cuarentena) que representen a un grupo racista según su color de piel.

Entonces si el español puede ser de cualquier color, nacer y residir en cualquier lugar, ¿qué nos queda?... Pues quedan el Lenguaje y la Justicia. Las auténticas fronteras entre naciones (bien los saben los felones independentistas) son las constituidas por una lengua común que sirve para entenderse, y sobre todo por las leyes que regulan las relaciones entre los similhablantes.

El lenguaje (hablado y escrito) se desarrolla en el plano inmaterial como una herramienta natural práctica que favorece la comunicación fluida entre individuos, mientras que las leyes son un invento artificial que procura que los individuos que viven aglomerados no se hagan daño entre sí.

Pero sucede que el lenguaje, como elemento gaseoso que es, no puede retenerse dentro de las fronteras, de manera que no se puede impedir que cualquier extranjero aprenda y use el español como su lengua, porque lo necesita, le beneficia, o simplemente le apetece.

De manera que ya sólo nos queda para ser representado por una determinada bandera, el conjunto de leyes que conciernen al grupo que ha aceptado obedecerlas.

Pues vaya decepción. O sea que una Nación o un País consisten realmente en unas reglas de juego en forma de Código Civil y Código Penal, aceptados por un determinado colectivo de individuos, de entre los cuales hay alguien al mando –sea Tirano, Dictador, Emperador, Rey, Reyezuelo, Directorio, Triunvirato o Presidente– que tiene el Poder de reescribirlos adecuándolos a los cambios sociales, y la Fuerza para hacerlos cumplir. Pues a mí este concepto jurídico, también se me queda corto.

Curiosamente, los libros de Historia sólo hablan de quienes han mandado en uno u otro lugar a lo largo del tiempo, enumerando sus vidas y hechos de la manera más detallada y épica posible, pero dedican escasas líneas a describir los acontecimientos relativos la vida o muerte de los ciudadanos que compartieron esos mismos lugares y épocas.

¡Es como si para conocer un libro te informaran del nombre del autor, de la fecha de edición y del número de páginas, pero no te dejaran leer el contenido!

Entonces, tras estas reflexiones ya comprendo por qué me emociona ver mi bandera. De golpe entiendo que YO soy España, y que España es individualmente cada YO de mis familiares, vecinos, visitantes, clientes, vendedores, amigos y enemigos, unidos por un sentimiento común, que todos son a la vez mis reyes y mis súbditos. ¡Y que no pertenecemos España, sino que España nos pertenece a nosotros!

Veo la sangre y el oro de todos nosotros luciendo en mi balcón, y me alegro de que mi bandera esté firme y tensa. Porque no quiero tener una bandera flácida y pasiva juguete del viento; no quiero que revolotee caprichosa, ora en una dirección ora en otra; no la quiero frívola, felina, femenina y voluble; quiero que mi bandera no se mueva cuando y hacia donde el viento quiera, sino que la quiero ver prieta y henchida capturando y dominando al viento como la vela mayor de un poderoso galeón de los de ‘cien cañones por banda’, que rompa las olas navegando siempre adelante.

Así, con mi bandera en posición de ¡firmes!, me siento bien preparado para -junto con todos quienes orgullosamente nos sintamos españoles- festejar debidamente el próximo 12 de Octubre. Antes conocido como Día de la Raza, luego de la Hispanidad, ahora del Indigenismo, y que yo rebautizaría para siempre como de la Españolidad.

Por una España

orgullosa de su pasado,

unida en el presente,

  y libre para decidir su futuro.

¡Viva España!