Combatir el mal, erradicar las drogas. Por Rafael López

Hoy abordamos una cuestión compleja pero siguiendo, mis habituales líneas argumentales, trataré de simplificarla desde la perspectiva del sentido común y el bien hacer. Cuando hablamos de drogas nos encontramos con un muy amplio espectro de sustancias, e incluso emociones, que, como rasgo común, alteran los sentidos y las percepciones del individuo. Hay que realizar, por lo tanto, una natural separación entre aquellas cuyo perjuicio individual, o colectivo, es tolerable de las que no. En el primer grupo estarían las medicinas cuyas indiscutibles ventajas priman sobre sus efectos secundarios; las aficiones a los deportes, la política y similares que onnubilan a quienes las padecen y que les hacen perder la mesura en sus actos y manifestaciones; y habría un tercer grupo en el que se englobarian los consumos moderados de bebidas alcohólicas y del tabaco. Me niego, rotundamente, a que, por culpa de los malditos colesterol y trigliceridos lleguen a considerarse adicciones el muy saludable consumo de los excelentes quesos, embutidos y jamones del solar patrio. 
 
Realizado este descarte de aquello que no considero drogas en un sentido estricto, centraré el resto de mi argumentación en focalizar el asunto de las llamadas drogas "duras" y el tratamiento que se les debe dar social y penalmente. No conozco a nadie a quien, las sumisiones que suponen el consumo de dichas sustancias, o la perversa dependencia a ciertas adicciones como el sexo, le hayan beneficiado ni moral, ni fisicamente. Todas ellas constituyen un gravisimo peligro para la salud de las personas, y ocasionan daños sociales severisimos por las conductas, nada edificantes, de quienes las asumen. Porque no nos engañemos, existe un componente de libertad individual que permite decidir si la persona se entrega, o no, a ese demoníaco universo, y en ese sentido indulgencia poca, y restringida a quienes, sinceramente, tratan de salir de ellas.
 
Cómo cada persona es un mundo, todas las medidas tendentes a limitar el acceso a semejantes peligros me parecen adecuadas porque limitan su exposición a la población. Existe otro factor, hasta ahora inexplorado, que es el de la eliminación de cierta condescendencia social hacia quienes se arrastran por esos infiernos, especialmente si son individuos de "éxito". No debe existir una tolerancia para ricos y famosos y un rechazo para pobres y desconocidos, el mal debe combatirse integralmente, sin concesiones. Las dependencias no ennoblecen a las personas, las envilecen, y por muy famoso que se sea ese criterio debe permanecer imperturbable (para mi así es).
 
De cualquier manera, las ingentes y lucrativas cantidades que se obtienen con su tráfico exigen de severisimas medidas para su erradicación, tarea que se presenta ardua y complicada, porque todo parece indicar que esa batalla no es que esté pérdida, es que ni siquiera se va a dar, máxime cuando el consumo de drogas y la prostitución han sido hasta integradas como parte de nuestro PIB (Producto Interior Bruto), criminal bagaje perpretado por ese siniestro y viscoso ministro pepero Cristóbal Montoro (después estos fatuos socialcomunistas no han "desfacido" semejante crimen). 
 

Si quienes debieran liderar la lucha contra tan temible enemigo son los primeros que bajan la cerviz, tal vez, lo mejor sería permitir su consumo sin restricciones de ningún tipo, acogiéndose a aquella famosa cita del gran Oscar Wilde "La mejor forma de resistirse a una tentación es caer en ella".  

El remedio (despenalización de drogas ilegales), mejor que la enfermedad (nuestro hoy). Por Luys Coleto

Tema arduo, muy arduo. Y poco tajante. Y de preguntas más que de respuestas. ¿Existiría una tercera vía entre la legalización de todas –todas- las drogas y su prohibición? Lo dudo. La única manera de terminar con los gravísimos problemas derivados por la ilegalización es la despenalización de todas las drogas consideradas ahora ilegales. Y asumiendo todas las consecuencias. Hasta la hez.

La majadera y anticientífica distinción entre drogas legales e ilegales

Veamos. La consuetudinaria división entre drogas legales e ilegales carece de toda justificación médica. ¿El alcohol, por poner un ejemplo, mejor que el cannabis? Quia. Estoy, al día de hoy, por comprobarlo. ¿Eso hace bueno al cannabis?  En absoluto. Pero la escisión es, cuanto menos, harto discutible. ¿La letal y iatrogénica farmacopea de las farmacias mejor que la farlopa? En absoluto. De hecho, principios activos del perico existentes entre las mercancías de los narcos legales (de nombre farmacéuticos), para dar y tomar.

Drogas legales versus ilegales. ¿Quién establece el maniqueo, puritano y absurdo corte? El Gran Leviatán.  ¿En base a aproximados criterios científicos? No ¿Tabacalera es mejor que el cártel de Sinaloa, tan próximo a España aunque se halle en México? Rotundamente, otra vez, no.

Tu cuerpo es tuyo, no del Estado

¿La droga, legal o ilegal, es buena? El café o el té drogas son. El tabaco, obvio. El ibuprofeno, ni te cuento. Y legalísimos son ¿Quién decide su peligrosidad? ¿Quién marca la distinción entre uso y abuso? Pues he ahí el meollo de todo el asunto. La respuesta está clara: uno mismo.

Si el Gran Leviatán/Mafia Sanitaria nos expropia casi todo, continuará intentando absorber hasta el acto más privado, privadísimo. Si lo consientes. Con la plandemia, a diario lo entrevemos. Qué hacer con tu cuerpo, tu salud, tu bienestar. Decisiones exclusivamente nuestras. Cada persona debe ser responsable de sus actos. Sin delegar en nada o en nadie. Asumiendo los riesgos. Y disfrutando los beneficios.

 

Prohibir ciertas drogas solo trae problemas

Y debemos recordar que la inmensa mayoría de los problemas presuntamente (o no) causados por las drogas ilegales son ocasionados por la prohibición. Qué decir de las adulteraciones, el jaco como paradigmático ejemplo. O qué agregar sobre la honda ignorancia de la exacta composición de cada dosis. Y, obvio, dicha prohibición se halla estrechísima vinculada a las mafias (donde parte de la policía extrae jugosísimos beneficios), a la delincuencia y a la marginación social. Prohibición: más perjuicios que beneficios.

Y es dable recordar que todas - repito, todas- las actividades ligadas al tráfico de drogas ilegales no hacen más que reforzar las políticas prohibicionistas. Otra vez retornamos a los maderos. Como certeramente se expresó Laureno Oubiña, nada se mueve sin ellos. Recuerden el ochentero y donostiarra narcocuartel de Inchaurrondo financiado por el narco gallego, preferentemente tabaco, pero no solo tabaco. Y luego apatrullando la ciudad, tan Torrente, tan hipócrita, tan tramoyista. La actuación policial aplicando la ley de manera extremadamente arbitraria. E irreal.

Narco-Estados, nuestra realidad

Vivimos en Narco-Estados. El narco lo impregna todo. El legal e ilegal. Un ejemplo a vuela pluma, o vuela teclado. La amapola afgana enriquece tanto a FARMAFIA como a  las redes ilegales de narcotráfico. El colosal e imprescindible negocio beneficia a todos, al menos a muchísimos. Financiando partidos políticos, por ejemplo. Echen un ojo a nuestra pútrida partitocracia nacional. Y no miren tan solo hacia la izquierda. Y luego los bancos, magníficas lavadoras de dinero negro. Los servicios secretos, de raíz esencialmente militar, custodios de Los Oscurísimos Secretos: éste, clave. Y el terrorismo, por supuesto, siempre pululando.

Narcotráfico, policías y terrorismo de Eta y Gal

El narco turco Vedat Çiçek trabajó con el pikolo Rodríguez Galindo (condenado a 75 años de prisión por el secuestro, torturas y asesinato de Lasa y Zabala). Recordemos alguna de sus palabras. "Yo transportaba cada semana quince kilos de heroína hasta un punto de la autopista que va desde Bilbao hasta Donostia. Viajaba en un coche que conducía un guardia civil de paisano, mientras que por delante otro coche nos iba abriendo camino. El cargamento lo recogía otro guardia de Intxaurrondo, que se encargaba después de su distribución. Cuando le pregunté a mi acompañante cuál era el motivo de aquel envío continuado y masivo de droga, su respuesta no pudo ser más clara: Para castigar a la juventud vasca por su apoyo a ETA". La banda criminal Gal (y excrecencias posteriores, asesinato de Josu Muguruza, verbigracia), obvio, puro narco. ¿Y la propia banda asesina Eta? Otra pregunta del millón. ¿Faltan sobre el asunto pruebas concluyentes?

Recordemos a cuatro asesinados por la banda asesina vasca. José Antonio Santamaría, José María Olarte, “Plomos” (después de aparecer en El País que era relevante confidente de la policía en asuntos de narcotráfico), Alfonso Morcillo, responsable de la Brigada de Investigación de narcotráfico de la Guardia Municipal de San Sebastián, y el concejal del PP, Gregorio Ordóñez, quien había revelado unas horas antes de ser asesinado – el 23 de enero de 1995 – a la periodista Mamen Gurruchaga que estaba investigando datos de monumental trascendencia sobre el difuminado - e imprescindible - Informe Navajas y el vínculo de varios miembros de la Policía Municipal donostiarra con el tenebroso cuartel de Inchaurrondo.

Entonces, ¿dónde queda Eta? ¿Fuera de la tenebrosa ecuación de varios grados? ¿Descartamos definitivamente su  relación con el narco? La sospecha, siempre presente. Deviene copiosa la evidencia sobre los vasos comunicantes entre el tráfico de narcóticos, el de armas y el terrorismo. ¿Entonces? Las cosas, cada vez más, se van iluminando: los  asesinatos etarras de narcotraficantes perpetrados por el criminal grupo separatista parecerían responder más al interés en eliminar a la competencia (o a quien osara ahondar en tal verosímil hipótesis) que a una voluntad de erradicar la droga -ilegal, claro- en Euskal Herria (les recuerdo otra vez, apreciados lectores de ECDE, su estricta etimología: tierra donde se habla euskara, sin más). Voluntad que, por cierto, jamás existió, tan consumidores - híper consumidores - ellos.

¿Monopolio de Estado? ¿Actual duopolio Estado/Mafias?

¿Y el colosal pastelón? Si se despenalizan las drogas, vislumbro formidable problemón. El Gran Leviatán, que acarrea el colosal negociete con los grandes cárteles, actuaría de forma monopolística, brutal saqueo impositivo mediante. De todas formas, el problemón existir, ya existe. ¿El duopolio u oligopolio son mejores que el referido monopolio? O, tal vez, ¿todo duopolio u oligopolio no dejan de ser más que avasalladores monopolios con varios caretos fingidamente distintos?

Yonkirula y jodida coda, café pues…

…Futuros cercenados, genios transformados en tarados, chavalitos imberbes con semblante feo y añejo y fragoso, famélico y rajado, fantasmagórico, familias desgarradas, úlceras en los brazos, pinchazos por doquier, incluso en el glande. E imperecedera imagen de mi infancia bilbaína: cucharas quemadas en el suelo. En ocasiones, un cacho de limón por allí pululando.

La heroína, diablo vestido de ángel, mortífero polvo marrón. La  más letal, la más adictiva y la más sinsentido que jamás haya existido, desguazando todo a su paso. Y tantos buenos amigos idos. Una puta chapa, ellos, por una puta dosis. Comebolsas ellas, por lo mismo. Y el mugriento váter de un bar, sus definitivas mortajas…

…Y suena mi querido Neil Young con Needle and the Damage Done. Velvet Underground: Heroin, claro. Nick Cave, encumbrando Opium Tea. O el Brown Sugar de los Rolling, por supuesto. O repiqueteando el chico malote de la chanson française, Serge Gainsbourg, My Lady Héroïne, esa dama tan perra y vengativa. Y mis dos predilectos, ambos españoles. De Santurce, el mejor grupo, sin duda, Eskorbuto. Y su mejor canción, Cerebros Destruidos, dentro de su mejor álbum, AntiTodo. "Prefiero morir como un cobarde/Que vivir cobardemente": imponderable momentazo.

…Y muy estimado antagonista, a drogarme voy. Café siempre, negro como la vida, sin azúcar. Mi único y bendito estupefaciente. ¿Mejor que el vino u otros alcoholes que detesto y jamás consumo? Por favor, ni se aventure a dudarlo. Y le dejo, don Rafael, con mi elección personal: Los Calis, la insuperable rumba vallecana. En fin.