En la dominical controversia con mi admirado Rafael López les hablaba ayer del horror legalizado de las corridas de toros. Y salió el horror sobre el horror, el atormentado toro de Tordesillas. Hoy, otro suma y sigue de las brutales torturas cometidas contra multitud de animales en los festejos populares que hormiguean por toda la geografía nacional. Preferentemente, veraniegas cuchipandas. Orgías de sadismo. Y todo ello bajo el manto protector de la tradición. O bajo el manto protector, también, de cualquier virgen y santo patrón.

Cerdos, gansos, pavas, cabras

En la murciana localidad de Ceutí, el espanto de los "marranos al barro". Tras colocar números identificativos a los chanchos, intentan sacarlos de la fangosa charca. Antes de proceder, les embadurnan de aceite, dificultando la vaina. Los gorrinos reciben, óleo resbaladizo mediante, leñazos, empellones y golpes. En la villa toledana de Carpio de Tajo, por ejemplo, se distraen arrancando la cabeza de un tirón a un ganso para celebrar el día del apóstol Santiago. Al menos, como en mi querido pueblo vizcaíno, Lequetio, han evolucionado: antes el ganso estaba vivo. En la jiennense Cazalilla, patria chica del cuadrúmano Gaspar Zarrias, paradigma de las todas las corruptelas sociatas, lanzan una pava viva desde el campanario. La celebérrima y volandera cabra de la zamorana Manganases de La Polvorosa, recuerden. Ahora, muñeco, otra evolución.

Patos, toros embolados, vaquillas despeñadas

En Sagunto, Valencia, lanzar patos al agua y cogerlos, venerable tradición, di que sí. En la semana santa ilicitana, pájaros atados en las palmeras de los tronos porque queda más chulo y molón. Cómo se encuentre el ave es lo de menos. Por ejemplo, el último domingo de enero, la batalla de ratas muertas es el gran atractivo para los habitantes de El Puig de Santa María, Valencia. Se prohibió, continúa celebrándose. La busilis iba de coger ratas, apalearlas hasta matarlas y luego arrojárselas entre los mozos del pueblo. Me descojono de la risa.

El toro de San Juan, de la cacereña Coria, acosando y hostigando a un toro, clavándole dardos, cubriéndole el cuerpo con ellos y acabando con el martirio del bicho pegándole un tiro. El encierro del Pilón de Falce, en Navarra, soltando unas vaquillas que senderean por un escarpado camino de unos ochocientos metros de altitud. Muchas de ellas, obvio, acaban precipitándose al vacío. O el toro júbilo y el toro embolado, en la soriana Medinaceli, semejante a los catalanes correbous. Le cascan al toro en los cuernos una suerte de sujeciones.  Allí, colocan bolas combustibles. De verdad, resulta muy gracioso ver como el pobre animal sufre quemaduras por todo el cuerpo.

Toros ensogados, bueyes arrastrándose, caballos “rapados”

O los toros enmaromados. O ensogados. Muy frecuente en bastantes regiones españolas. Consistente en atar los cuernos de dos toros juntos e ir arrastrándolos por las calles. Desgarros musculares, estrés, averías en los cuernos, lesiones, heridas de toda laya. Semejantes a su manera, las idi probak, las pruebas de bueyes en tierras vascas. Dos bueyes arrastrando piedras que pesan entre una y cuatro toneladas.

¿Y qué me dicen de las valencianas competiciones de tiro y arrastre? Se trata de machacar a un equino proporcionándole brutales golpes en el hocico, la barriga o los testículos mientras tiran carrozas extremadamente pesadas. Por cierto, actividad muy subvencionada. ¿Y Sabucedo, Pontevedra? Tienen la peculiar costumbre de "rapar" a caballos salvajes, rapa das bestas lo llaman en gallego. Todo ello de forma, digamos, poco respetuosa. Acometen al caballo enganchándose a su cuello, tirándose encima, tirándole de la cola. Y largo y bárbaro y agonizante etcétera. Y todo por hacerse con sus crines.

Y becerradas

Y por supuesto, las célebres becerradas  Sueltan a una becerro, torete casi púber, lo torean/humillan, apostan banderillas, golpeándolo hasta que acaba matándolo algún mozo del pueblo. Algún valiente. Valiente hijo de puta, claro. Muy edificante todo. En fin.