Desde hace ya demasiados años, cuando me pongo a escuchar o a visionar un debate o una tertulia o una entrevista, me pegunto cómo los medios de comunicación son capaces, en general, de producir tamaña bazofia y cómo la sociedad española se la traga tan plácidamente y con tanta fruición. Y esta basura audiovisual va cada vez a más. Entonces, me viene a las mientes el recuerdo de La Clave de José Luis Balbín. Y me dirijo a él telepáticamente para preguntarle dónde está y para rogarle que vuelva.

La Clave de Balbín  

Corrían los primeros días de enero de 1976 cuando el segundo canal de TVE (UHF) empezó a emitir un novedoso programa de debate, propuesto, presentado y moderado por J.L. Balbín: La Clave. Este programa era un “copy-paste” del francés “Les dossiers de l’écran”, en antena desde hacía ya una década y con un éxito arrollador en Francia.

A aquellos que, entonces, eran menores de edad o que todavía no habían nacido, les informo que La Clave ha quedado como uno de los programas modélicos de debates televisivos y como uno de los grandes hitos en la historia de la televisión española. Fue el programa más intelectual y uno de los de mayor calidad (el 5º, en un ranking de 100) de la historia de la televisión en España. Era emitido en directo y en prime time, en las noches del viernes o del sábado o del domingo.

El formato del mismo incluía cuatro elementos: 1. Presentación del tema de debate y de los invitados por parte del moderador; 2. Exhibición de un largometraje sobre el tema del debate; 3. Debate entre los tertulianos y con los telespectadores; y 4. Al final de cada programa, se proporcionaba una bibliografía sobre el asunto debatido, para que los televidentes pudieran profundizar en el tema. 

Los tertulianos invitados, entre los cuales había siempre algún extranjero, eran especialistas en el tema del debate, pero con opiniones contrapuestas.  Sin embargo, aplicaban la cortesía lingüística y no vociferaban para argumentar, aplicando el aforismo atribuido a Leonardo da Vinci, que reza así: “Quien de verdad sabe de qué habla, no encuentra razones para levantar la voz”. Ahora bien, podían interpelarse e intervenir en cualquier momento para evitar los monólogos consecutivos y propiciar un auténtico y vivo debate. Con el formato del programa, con el tipo de tertuliano, con la dinámica de los debates y con los temas tratados (sociales, culturales, científicos y políticos) se contribuyó a empoderar a los ciudadanos españoles, al informarlos y al formarlos, durante los primeros años de la Transición, en los valores democráticos. 

El show de los debates, de las tertulias y de las entrevistas de hogaño 

Hoy, en todas las cadenas de radio y de televisión, han proliferado las entrevistas, las tertulias, los debates y los opinadores. Pero ni las unas ni los otros son, en general, lo que fue La Clave de Balbín y sus invitados, semanalmente renovados (tema nuevo y, lógicamente, nuevos y auténticos expertos). Dejando de lado las tertulias-debates chafarderas sobre cuestiones del corazón, podemos diferenciar, en las cadenas de televisión, tres grandes tipos de tertulias (o debates), colonizadas por esos tertulianos que suelo denominar “todólogos”: personajes indocumentados que han poblado los medios, que le hincan el diente a cualquier tema y que, según la periodista Cristina Sánchez, no son más que “estómagos agradecidos de políticos y prebostes locales”.

Algunas tertulias son auténticas ratoneras para alguno de los invitados. La presencia de este verso suelto tienen dos motivaciones: por un lado, poder afirmar que estas tertulias partidistas son plurales; y, por el otro, hacer del verso suelto un sparring o muñeco de feria que recibe los golpes bajos y premeditados de los otros contertulios. Es el caso, entre otras, de “Preguntes Freqüents” (TV3). 

Otras tertulias están organizadas en dos bandos, situados estratégicamente los unos frente a los otros (cf. La Sexta Noche). Así, en este cuadrilátero, se organiza un pugilato verbal y la pseudo tertulia muestra su verdadera catadura: ser un show y un divertimento o pasatiempo para los televidentes, a la altura de esos programas de telebasura de Tele 5. Los tertulianos son auténticos “showmans”, que no persiguen ni informar ni formar a los oyentes. Para ellos y para las cadenas de televisión, como hubiera dicho R. Kapuscinski (2016), “la verdad [o la información] no es importante […]. Lo que […] cuenta es el espectáculo y las audiencias. Y, una vez que hemos creado la información-espectáculo, […] cuanto más espectacular es la información, más dinero podemos ganar con ella”. En el guirigay de estos pseudodebates o pseudotertulias, el quitarse la palabra y el uso de las vociferaciones, como argumento de autoridad, son el pan nuestro de cada día. Y el que más chifle (grite), capador. ¡Lamentable espectáculo y ejemplo!

Finalmente, otras tertulias son monocolor: todos los tertulianos son de la misma tendencia o camada (cf. El Gato al Agua de El ToroTV; El Cascabel, de TreceTV;  Al Rojo Vivo de La Sexta;…). En éstas, bajo la batuta del director-moderador de turno, reina el orden y la cortesía lingüística, ¡no faltaría más! Sin embargo, la pluralidad de opiniones no está ni se la espera. Y, por otro lado, en estas tertulias sólo se escucha la voz de sus amos: el poder político o económico. 

En el campo de las entrevistas a la casta política, encontramos muy frecuentemente también tres modalidades. Por un lado, está la “entrevista-trampa”, con la que no se busca ni informar  ni difundir la verdad, sino cazar al entrevistado, ridiculizándolo y mofándose de él, mediante la mentira y la manipulación, convirtiéndola también en un show. Por el otro, está la “entrevista-masaje”, hecha al gusto y a la medida del entrevistado. En este sucedáneo de entrevista, el entrevistador, genuflexo y cómplice, le pone los balones a los pies del entrevistado para que remate a puerta vacía. Y, finalmente, la “entrevista ortodoxa”, solo aparentemente merecedora de este calificativo. En este caso, las respuestas de los de la casta política son previsibles. Y lo que es previsible no es informativamente ni interesante ni relevante. No aportan datos, ni informaciones, ni siquiera razonan. Ante cualquier pregunta, sólo repiten como papagayos el argumentario (?), preparado diariamente por el Iván Redondo de turno.  

“Todo es mentira”

Ante estas tipologías de debates y de entrevistas, podemos preguntarnos si, como reza el nombre del programa de Risto Mejide (cf. Cuatro TV), “todo es mentira”. Como acuñó el sociólogo Gustave Le Bon, Las masas (las audiencias) nunca han sentido sed por la verdad. […] Quien sepa engañarlas será fácilmente su dueño; quien intente desengañarlas será simplemente su víctima [y perderá las audiencias]”. Por eso, ¿los periodistas apesebrados están al servicio de los escuchantes y televidentes? ¿Su hacer es periodismo? Creo que no. Eso es mancillar y prostituir la noble y necesaria actividad del cuarto poder.

Ante este panorama, tiene todo su sentido que me dirija mentalmente a J.L. Balbín para decirle: “¿Dónde estás? ¡Vuelve! Si por los achaques de la edad no puedes volver, reencárnate en algún periodista joven y transmítele tu “savoir-faire” y tu “savoir-être”. La salud informativa y formativa de los españoles están en juego, y, por lo tanto, la democracia real, informada y consciente.