En este occidente descristianizado, por encima de los sueños de Satanás, poco se habla del Evangelio y, cuando el mismo sale de paso (que no de paseo), suelo percibir cierta intolerancia, cuando no cierta confusión (lo que es peor) entre los que lo mencionan al aire, sobre todo a raíz de películas tan exitosas como dañinas, que basan su fuerza en la ignorancia social. Me viene a la mente el caso del exitosísimo best seller de Dan Brown (con más de 234 millones de ejemplares vendidos, traducido a 56 idiomas) convertido en éxito en las taquillas de todo el globo (bajo la dirección de Ron Howard y la actuación estelar, eso sí, de Tom Hanks): Código Da Vinci, con argumentos en su mayoría absurdos (que la gente reproduce como ciertos) como que María Magdalena era la esposa de Jesús.  

 

Lo cierto es que la historia del cristianismo y el relato bíblico han sido motivo de discusión durante sus dos milenios de existencia. Pese a que la Iglesia declara la Biblia como el libro único y esencial del cristianismo, existen otros documentos, los evangelios apócrifos como el de María, el de Felipe y el de Tomás, entre otros, que han contribuido a generar mayor confusión.  En ellos se narran anécdotas como ciertas, entrando en colisión con la voz del pueblo de Dios. De ahí ese deambular entre evangelios canónicos, evangelios sinópticos, evangelios apócrifos y evangelios gnósticos. ¿Qué es todo esto? ¿Cómo se explica?

 

Partiendo de la definición absoluta de que evangelio es la religión cristiana y recalando en la básica de que es la narración que recoge los hechos, enseñanzas y palabras de la vida de Jesús de Nazaret como buena noticia de salvación, lo primero que considero que debo decir es que, en esencia, tenemos dos tipos perfectamente definidos: canónicos y apócrifos. A su vez, dentro de los apócrifos se encuentran recogidos también los gnósticos, si bien los voy a explicar en puntos separados para que resulte más sencilla su comprensión:

 

Evangelios canónicos: son los auténticos, aquellos reconocidos por la Iglesia, por la comunidad de creyentes, y que transmiten auténticamente la tradición apostólica y están inspirados por Dios. Se consideran sagrados. Forman el primer libro del Nuevo Testamento. Son tres más uno, o sea los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), llamados así por su afinidad y coincidencias en orden de narración y contenido que pueden ser fácilmente apreciables con tan solo ponerlos juntos; más el de Juan, que es pura teología («En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios…»). En resumen, son cuatro y sólo cuatro: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

 

Evangelios apócrifos: son los no inspirados, los conocidos como los ocultos, aquellos de origen más que dudoso que, en algunas ocasiones, podría decirse que cubren los huecos que dejaban los cuatro evangelios canónicos, como detallar que los Magos de Oriente eran reyes y que sus nombres eran MelchorGaspar y Baltasar. La Iglesia no los admite, pero no compromete su autoridad, pese a que son contradictorios con los primeros y que, incluso, presentan falsificaciones. Es más, hay que resaltar que ninguna de ellas se opone a su difusión. Jamás fueron incluidos en ninguna de las Biblias existentes a lo largo de la historia. Se conservan unos 50 y de alguno de ellos tan solo unos trozos de papiro en griego. Todos ellos son más tardíos que los canónicos, se comenzaron a escribir 150 años después de la crucifixión de Cristo y en algún caso hasta 1000 años a posterior. No pueden considerarse fuente directa sobre la vida de Jesús, de hecho, ofrecen una imagen muy diferente. Fueron un gran número de relatos de la vida de Jesucristo que le atribuyen hechos de todo tipo. No obstante, no podemos ni debemos despreciarlos sin más, ya que no sólo sirven para entender el pensamiento de la época, sino que relatan momentos claves como la descripción de la resurrección en el Evangelio de Pedro, hecho que no relata ninguno de los cuatro evangelistas oficiales. Otros como el Evangelio de Santiago ofrecen datos sobre el nacimiento de María que, como poco, merecen la pena ser leídos.

 

Evangelios (apócrifos) gnósticos: son aquellos evangelios apócrifos que recogen una teología incompatible con los primeros. Además, tal y como explicó el profesor Antonio PIÑERO, son libros de tendencia teológica que contienen la revelación de Jesús, normalmente tras su resurrección, acerca del Dios trascendente, de la esencia espiritual de los elegidos y de su salvación, es decir son la parte del nuevo testamento que contiene lo que llamamos la gnosis, pero que no formaron parte del nuevo testamento, en sentido estricto, al ser muy tardíos. La gnosis, para que nos entendamos, es el conocimiento de lo oculto, como una sabiduría suprema, o sea un conocimiento revelado. Y nóstico es el conocedor, el que conoce. Si juntamos las dos palabras (gnosis y nóstico) y su significado, lo que se derivaría es aquella o aquellas personas que han recibido una revelación divina de cómo entender los textos sagrados. Este fenómeno no se da solo en el cristianismo, sino que es anterior a él. También se da en otras religiones como en las dos grandes monoteístas: lo que en el judaísmo esotérico es la cábala, para el islam más místico son los sufís. Los evangelios gnósticos dibujan una figura de Jesús muy distinta a la que aparece en el resto de los evangelios apócrifos. Para los seguidores de las corrientes gnósticas, la famosa salvación se obtenía no por la pasión y la muerte de Cristo en la cruz, sino por la fe y por el conocimiento revelado (la gnosis) que Cristo compartía con algunos escogidos. Entre los evangelios gnósticos más destacados encontramos el de Tomás, el de Felipe y el de Judas.