Ha fallecido Hans Kung, mi coetáneo --sesenta y seis días “mayor” que  yo--, por lo que he vivido  todo su proceso  de  teólogo heterodoxo y “maestro de lo mismo”  y las consecuencias de su camino equivocado, como “lumbrera del modernismo”, condenado por los grandes papas de los dos primeros tercios del siglo XX, ----especialmente de san Pio X y Pío XII--  y, a pesar de todo, “asesor del Vaticano II”

El gran servicio prestado por él,  a la Sinagoga de Satanás  se lo recompensa “ella” ahora,  con los grandes panegíricos de  los “intelectuales” de su cuerda. No es mi intención juzgarle,  atendiendo el consejo del Divino Maestro: “No juzguéis y no seréis juzgados” o el derecho reclamado por el propio Dios en la Biblia: “A mí la Justicia”; lo que no será óbice a que diga  en pocas palabras, lo que piense sobre su “magisterio”,

Aclaro que tengo por norma (cuando conozco cómo piensa y cómo escribe cualquier filósofo, teólogo, sociólogo, etc., de los que veo seguir un camino que no es el que me enseñaron y que yo aconsejo)  no suelo malgastar mi tiempo en oír lo que me va a decir, pues  no me interesa. Por lo tanto de Hans Küng he leído “lo suficiente”.

Pero, eso sí, he tenido la suerte de vivir lo más brillante de la Fe en la España de la Cruzada y de la Victoria y --tristemente, también--, lo más oscuro desde hace  seis décadas. Eso me ha permitido consolidarla y poder cruzar  ese pantano de arenas movedizas que es hoy nuestra Santa Fe,  sin el menor desgaste de la misma. Y todo por una razón muy simple: los maestros que tuve que me enseñaron dos cosas elementales. Primera lección: Solo es posible un solo Dios y una sola Fe y,  ésa,  es la que Cristo terminó de revelarnos en toda su perfección. Segunda: No hay la mínima posibilidad de cambiarla so pretexto de perfeccionarla todo está en el Credo de los Apóstoles. Y a mí me basta. Lo mismo me  ocurre con la moral: toda ella está contenida en los Diez Mandamientos; y  con el culto, que lo está en los siete sacramentos como la maravilla de la Eucaristía y la Renovación Incruenta del Sacrificio de la Cruz.

He leído varios panegíricos del fallecido que,  me imagino,  le habrán sido poco útiles al Juez Supremo,  a la hora de pedirle cuentas de su administración pero habrán servido para mostrar a los lectores por donde va  la propia Fe de los panegiristas.

Con lo sencillo que lo tenían aquellos no muy ilustrados cristianos de los pueblos de Castilla cuando,  en mi adolescencia, para valorar la vida de los que Dios llamaba a la vida eterna,  tomando como vara de medir el ajuste de la misma a la “fe del carbonero”. Que presupone,  sobre todo, saberse arrodillar humildemente, ante las enseñanzas del Evangelio aprendidas en el catecismo del P. Astete. Quienes hemos tenido el privilegio de profundizar en la filosofía y en la teología –dogmática y,  también,  en la  moral, en la  ascética y en la  mística—sabemos  que estas ciencias-- para ser seguras--  deben estudiarse de rodillas y mejor ante el Sagrario, como hacía Tomas de Aquino  (por cierto,  ignorado, menospreciado y arrinconado por “los genios de la Escuela de Tubinga”, y ahora los de Bolonia…).

Quizás algún lector considero que me “paso” con mis planteamientos y que “el hombre es muy libre de pensar lo que quiera”… Evidentemente.  el hombre es libre de pensar. Precisamente para eso nos dotó Dios del don exclusivo de la inteligencia en su doble faceta: pensar y  hacerlo con absoluta libertad. Ahora bien es la propia inteligencia,  la que se “pone límites” a sí misma… y cuanto más  larga, ancha y profunda es “ella” con mayor conocimiento de causa se “auto-controla” y se niega a pasar ciertas fronteras. Los únicos límites a la Libertad de la Inteligencia se los ha puesto siempre ella misma porque  si Dios le dejó todo el campo libre, no hay poder humano que la pueda poner cercas.

Mi poco aprecio de esos “genios” de la heterodoxia se basa en un argumento muy sencillo, si realmente fueran “tan inteligentes como se creen” y como nos los presentan,  no se meterían en esos berenjenales que ni tienen sentido,  ni llevan a ninguna parte. Este modesto junta-letras, que no se cree genio, les puede asegurar que cuando los leo me doy cuenta, sí,  de que Dios les ha dado un instrumento poderoso para pensar… pero no me deslumbran, pues los veo caer en trampas que a mí me dejan frio,  quizás porque me enseñaron esa cosa tan elemental llamada  rezar y pedir “luz al Espíritu Santo” cuando tengo que estudiar un problema complicado. Esa fórmula ha sido aplicado desde San Pablo a nuestros días, por la gente verdaderamente inteligente  aunque,  cuando mueran no les hagan panegíricos espléndidos y hasta, quizás,  ni siquiera nos enteremos de que han fallecido. En mi vida he tenido la indudable gracia  de toparme frecuentemente con ellos y le han dado, siempre,  más sentido a mi vida porque realmente eran verdaderos teólogos, hombres de ciencia y buen saber –como se decía antes---.

En resumen que a mí me basta el CREDO.