Son varias las referencias que hemos podido recopilar sobre la manera de librarnos de esta molestia. Ya en el siglo V, el naturalista Plinio el Viejo, en su Historia Natural, aplicaba un remedio complicado: “si la herradura desprendida de una cabalgadura es hallada por alguien y éste olvida dónde la puso, una vez reencontrada, tendrá la virtud de quitar el hipo ipso facto”.

Hasta San Agustín recoge en el siglo IV una superstición sobre el hipo, según la cual éste se cura cogiendo el pulgar izquierdo con la mano derecha. Otros creen que para librar de él a un niño de pecho debe hacerse una bolita con el pelillo arrancado de la mantilla pajiza que tenga puesta, y se le pega en la frente con saliva de la madre.

Todavía hoy se cree que un susto libra del hipo a quien lo sufre; y también si bebe seguidos siete traguitos de agua. Ambos son considerados como remedios infalibles. Los dos eran aconsejados por los mayores del Valle del Cárdenas riojano, a los chiquillos de los años cincuenta.

             Hipo, hipo tengo,

            a mi amor se lo encomiendo:

            si me quiere bien

            que se queé con él;

            si me quiere mal,

            que se vuelva pacá. 

Existen algunas explicaciones de este movimiento convulsivo del diafragma que se achaca para que, quien nos quiere mal, anda murmurando de uno ante un tercero: para que cese hay que adivinar  la identidad de ese  individuo y pronunciar su nombre- El cirujano de Felipe II, el toledano  Juan Fragoso , escribe a mediados del siglo XVI: “Compara Hipócrates el pasmo al hipo, diciendo que el uno y el otro  se hace de dos maneras, que es de henchimiento y evacuación”.

A este leve mal, que produce respiración interrumpida y violenta, y causa ruidos desagradables que llamaron los latinos singultus. El término hippare, en latín vulgar hippitare, de creación onomatopéyica en esa lengua, significaba bostezar, resoplar, regoldar, y de él derivó el castellano hipar, que en el siglo XV se pronunciaba con aspiración de la “h”:  gipar = toser de manera continuada, como se dice aún en algunos lugares de Salamanca y diversos países iberoamericanos.

En Jerusalén, los sefarditas usan la palabra “implo” con el valor semántico de hipo. En Extremadura ofrecen esta solución: entretener con preguntas sobre sí mismo, no dando lugar a que pueda pensar en cosa alguna sino en la respuesta, de modo que apenas ha contestado a una tenga que enfrentarse a otra, con lo cual se libra del hipo a quien lo padece. Según un periodista de la radio, la receta no falla nunca.

Lástima que los documentalistas no hayan incorporado una respuesta más castiza, como cuando se refieren a una hermosa mujer: “que quita el hipo”. Siempre con el permiso de la susodicha, no sea que las feministas se lancen a la yugular del inocente piropeador, que suele actuar más de pensamiento que de obra.

En mis años mozos, a mí me quitaba el hipo Kim Novak, en realidad de nombre Marilyn Pauline Novak.