Se decía que la flor de la planta del haba llevaba impresa la figura del llanto, como el de Ayax, de donde coligiera Plinio la razón por la que era utilizada en el culto a los muertos, al afirmar que las habas contienen las almas de los difuntos; simbolizaba la prosperidad de la ultratumba y constituyó materia para los hechizos protectores.

Los egipcios decían que la resurrección era esperada por los muertos en un campo de habas. Con su flor hacían una infusión que, en ayunas, facilitaba la orina y remediaba el mal de piedra, según opinión del médico madrileño del siglo XVI, Pedro Luján, al hacerse eco de fuentes antiguas. Su simbolismo proviene de ciertas prácticas egipcias en las que se representaba el órgano masculino de forma arriñonada, al creer que en los riñones se producía el esperma. Dios manifestaba su voluntad a través de habas negras y blancas, según Platón: así elegían a los magistrados, dictaban sentencias o se emitía parecer sobre asuntos espinosos. La blanca era positiva; la negra, negativa.

Para hacerse querer de quien era rechazado y atraer su voluntad, tenían que tragarse un haba; si la defecaba estera, la colocaban a los pies de un muerto y después la machacaban; la mezcla era diluida en un líquido que tenía que beber la persona cuyo amor procuraba.

De la mezcla de ritos y creencias en torno a esta papilionácea venía la bizarra creencia de propiciar la invisibilidad del hombre, según se relata en el 279 del legajo 97 de la Biblioteca Nacional de Madrid, procedente de papeles del Tribunal del Santo Oficio, donde un reo de brujería declaró que podía hacerse invisible con esta receta:

“Tomar un gato negro en el mes de febrero y cortar su cabeza en hora menguada. Meterle entonces siete habas en ojos, boca, narices y orejas y enterrarlo luego. Hay que esperar a que nazcan, granen y sazonen las habas, y recogerlas sin dejar una tras desgranarlas en la mesa. Se toma luego un espejo con la mano siniestra y se va metiendo en la boca una a una las habas, mientras se mira en él: el haba que se meta en la boca se tira a la basura si quien lo hizo sigue viéndose en el espejo reflejado, pero llegará un momento en que, al ponerse un haba en la boca, no verá su imagen, y es esa haba la que hace invisible al hombre mientras se lleve debajo de la lengua”.

El filósofo y matemático griego del siglo VI a. de C, Pitágoras, vedó a sus discípulos el consumo de esta legumbre porque generaba ventosidades, causaba terrores nocturnos e incitaba a la lujuria, entre otras consecuencias. También los egipcios la repudiaron por considerarla legumbre funesta, guarida de malos espíritus, causa de sueños horribles y portentos ominosos.

Diodoro de Sicilia escribe en su Biblioteca Histórica, hacia el siglo I a. de C., referido a la casta sacerdotal del antiguo Egipto: “Algunos no comen muchos de los comestibles que allí se dan. Unos no prueban las lentejas, otros las habas, y algunos el queso y las cebollas”.

Para rematar estas viejas creencias populares, decían antaño que soñar que se comen habas, anuncia litigios y pleitos. Es una voz latina, de faba, de uso en castellano desde la segunda mitad del siglo XIII.

En el pueblo de mis mayores, que es San Millán de la Cogolla, en primavera son muy aficionados a consumir habitas tiernas y, tengo para mí, que nadie sentía mayores padecimientos que no fueran algunas furtivas ventosidades, en ningún caso superiores a las de los consistentes caparrones, de consumo continuo a lo largo de todo el año.