Para mí el barbero es algo más que un oficio; es una vocación. En la barbería hay una atmósfera especial: es un punto de encuentro y de relación. Creo que es una lástima que, en muchos lugares, hayan desaparecido las vacías colgadas de sus puertas. Ese símbolo de identidad les daba cierto aire romántico. Una vez dentro, en casi todas las barberías se disfruta de un ambiente singular.

Cada parroquiano es atendido inmediatamente por el barbero: un saludo, una invitación a sentarte y la información del turno que le corresponde. Allí puedes leer el periódico del día y hojear revistas atrasadas, pero lo más interesante es participar en los diálogos del barbero con sus parroquianos, más que clientes.

Me gusta observar la maestría con que el barbero maneja la brocha, impregnada de espuma muy blanca; la manera de usar la navaja y la forma de pasarla, una y otra vez, sobre la correa, para suavizarla, mientras provoca un diálogo con su parroquiano: ¡Ha visto Ud. qué tiempo…! A veces desaparece por una puerta y al poco rato vuelve con una palangana con gran cantidad de agua en vapor, que usa para ablandar la barba, antes de rasurarla. De tanto en tanto vuelve a suavizar la navaja por el cuero mientras prosigue la operación.

Presto especial atención a las paradas técnicas del barbero para apurar el bigote, elevando con cuidado la nariz del cliente; la forma de ladear los lóbulos de la oreja o la manera de pasar el filo de la navaja en torno a la nuez y en ciertas zonas delicadas del cuello, mientras sujeta la navaja, de izquierda o derecha, y su dedo meñique adopta una postura ciertamente peculiar.

No hay cosa más curiosa e interesante que el diálogo del barbero con un parroquiano de postín. Hablan de igual a igual, en tono confidencial y solemne, mientras el ojo del cliente no pierde de vista la evolución de la navaja en torno a los lugares más sensibles y a escasos centímetros de su cara; le manda que infle los carrillos y responde obediente. Más que masaje, termina el afeitado con azotes sobre su rostro, antes de aplicarle una crema que suavice los rigores de la afilada navaja.

En la operación de corte de pelo se aplica parecida liturgia, que acompaña con el rítmico sonido de las tijeras: un corte de pelo y dos o tres tijeretazos al aire, antes de atacar con ellas un nuevo mechón de cabellos, previamente sujetos por los dedos del peluquero. Siempre me ha llamado la atención que el precio del corte de pelo sea igual para un cliente casi calvo o para quien luce una tupida cabellera.

Antes, estos profesionales, además de afeitar o cortar el pelo, sacaban muelas, aplicaban ventosas, sanguijuelas o sangrías, y hasta creo que dispensaban algunos remedios: panacean universalitatem. Los mancebos aprendían a sangrar en una hoja de berza. Después de todo, nadie se muere hasta que sufre la última enfermedad, como dicen en mi pueblo.

La relación entre parroquiano y barbero es siempre de confianza. Nadie pone en duda la habilidad del barbero manejando la navaja. En caso contrario nadie entraría en la barbería. Tampoco se toma en consideración algún esporádico corte, que el buen profesional salva con una disculpa y aplicando una crema milagrosa.

Actualmente, por exigencias de higiene, los barberos han sabido acomodarse a la nueva situación en el oficio de embellecer y rasurar la barba de los hombres y por extensión a los peluqueros: usan cuchillas y maquinilla eléctrica, champú y tintes, aplican lociones aftershave, perfuman el cabello y emplean fijador o laca. Todo eso está muy bien, pero que no cambie nunca el ambiente de la barbería. Simplemente, que lo dejen como está.