QUERIENDO o sin querer, intencionadamente o no, por estas o aquellas razones, el hecho es que España está librando en estos momentos la guerra más difícil y más comprometida que ha vivido a lo largo de su Historia. Ni la llamada "guerra de la independencia" ni la "guerra de liberación" fueron tan graves. En la primera se luchó contra el invasor para salvar el orgullo nacional, pisoteado y humillado por los soldados del gran Napoleón. En la segunda se luchó contra el comunismo y en defensa de la España con honra y dignidad nacional.

 

Hoy es peor. Hoy España entera lucha por su supervivencia. A nivel de familia; a nivel de empresa; a nivel de clase social; a nivel de pueblos, provincias o regiones; a nivel de partidos, profesiones o instituciones... ¡todos luchamos por la supervivencia! Como cuando un barco se hunde y no hay lanchas de salvación para todos... pero, sin preferencias. Aquí no hay "primero, las mujeres y los niños", aquí no hay ni siquiera enfermos... Aquí luchamos ya todos contra todos.

 

Por eso, naturalmente, están desapareciendo ya (o han desaparecido) los principios más elementales del ser humano: la amistad, el amor, la comprensión, la fidelidad, la lealtad, el compañerismo, el paisanaje, el patriotismo, la caridad, la justicia y hasta el respeto entre padres e hijos o viceversa. Por eso todo el mundo anda de malhumor, encrespado con los demás y consigo mismo, a la defensiva pero con las uñas prestas... y nervioso. Los nervios a flor de piel son el símbolo de esta España democrática o prerrevolucionaria.

 

Y por eso está haciendo estragos entre nosotros el aforismo de que "el fin justifica los medios". Primero, como táctica política. Porque para los partidos políticos (y, principalmente, para los marxistas, como les enseñó Lenin) sólo hay un objetivo: vencer en las urnas. Sea como sea y al precio que sea. Caiga quien caiga. Después, como táctica individual. Porque ya es normal ver cómo un amigo traiciona a otro amigo por un puesto de trabajo, por un negocio o por un cliente. Todo vale, al parecer, con tal de triunfar. "Tanto tienes, tanto vales".

 

Pues bien, este es el marco en el que nos estamos moviendo todos: políticos y no políticos; izquierda, derecha y centro.

 

O casi todos. Porque, lo cierto, es que los españoles de hoy nos dividimos en dos clases: los que piensan que "el fin justifica los medios" y los que pensamos que "el fin no justifica los medios". Es decir, una España que está dispuesta a todo con tal de triunfar y otra España que defiende unos valores muy por encima del triunfo momentáneo. Una España para quien la verdad es pura circunstancia y otra España para quien la verdad es inmutable. Una España para la que los ideales son intercambiables (como los trajes) y la política un medio para conseguir un fin y otra España que no renuncia a sus ideas ni a sus dogmas.

 

Una España que acepta al pie de la letra la sentencia de Séneca de que "el Poder, a cualquier precio, jamás es caro" y otra España que, con Castelar, defiende que "por encima de la libertad, de la Democracia y de la República estará siempre España".

 

Y esta es la encrucijada en que hoy nos debatimos.

 

Y esta es la diferencia que existe hoy entre la Izquierda y la Derecha... (al menos, alguna Derecha, pues por lo que se ve y se lee Manuel Fraga también aspira ya al Poder "al precio que sea").

 

Y por esto acabará imponiéndose el marxismo: porque para quien "el fin justifica los medios" no existen obstáculos ni "imposibles". El Partido Socialista va a ganar porque está actuando sabia y astutamente. Es decir, con la máscara puesta, siendo "moderados" y "monárquicos" de cara a las urnas.

 

Y por esto algunos no tenemos nada que hacer en esta guerra. Si para supervivir hay que matar al hermano; traicionar al amigo o cambiarse de chaqueta cada tres por cuatro... ¿merece la pena triunfar?... ¿Merece la pena sacrificar los ideales más puros en aras del reconocimiento de una sociedad imbuida y posesa del materialismo más corrosivo de toda la historia de la Humanidad?

 

¡Qué tremenda disyuntiva!

 

Si comulgas con agua de molino, aplaudes lo que están haciendo con España, te dejas sobornar por el fondo de reptiles, atacas a Franco, defiendes el divorcio y el aborto, dejas a tus hijos en libertad absoluta y arrojas insultos contra los hombres del 23 de febrero... ¡eres demócrata!

 

Por el contrario, si hablas con orgullo de España, censuras lo que están haciendo con esta histórica nación, piensas que Franco no fue tan malo, te quejas de esta falsa libertad, rechazas el soborno y luchas contra la corrupción... entonces, ¡ay!, eres un radical y un golpista.

 

A lo peor no es eso: lo peor es que hayan envenenado a la sociedad con ese virus. Lo peor es que ya a nivel" como sea y a costa de lo que sea". Lo malo es que ya a nivel familiar no se valoren el honor y la honestidad; el recto comportamiento y la firmeza de ideales. Lo malo es que el "pillo" sea ensalzado y el íntegro, ridiculizado.

 

Porque cuando una sociedad (o una familia, o una empresa, o un partido) trastoca los valores espirituales por los materiales ... es que se acerca a su final. Y si no ahí está la Historia para comprobarlo. ¡Este es el mal de la España de hoy! Por tanto, muy poco hay que pensar para saber cuál va a ser nuestro futuro inmediato .

 

Heraldo Español nº 100, 14 al 20 de julio de 1982