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Atila, hijo de Mundzuk y hermano de Rugas y Bleda, rey de los hunos, «kan» (caudillo) de las hordas ucranianas que al comienzo del siglo V invaden Europa a través de Rumanía, Hungría y Alemania, irrumpió en el mundo occidental como una carga del 7.º de Caballería de John Wayne. El año 441 invadió el imperio de Oriente y arrasó todo lo que encontró a su paso camino de Constantinopla. Diez años más tarde volvió sobre sus pasos, cruzó el Rhin y entró en las Galias como un terremoto. Es verdad que, a la postre, un ejército, mitad romano mitad visigodo, le para los pies en los Campos catalaúnicos y le obliga a cruzar los Alpes en retirada..., pero también lo es que entonces invade el norte de Italia y arrasa Milán, Pavía, Mantua y casi todo el valle del Po. «Su figura -dicen los historiadores Jordanés y Prisco- impresionó extraordinariamente a sus contemporáneos, por sus astucia en las batallas y, sobre todo, por su espíritu destructor... El azote de Dios, como llegaron a llamarle, no tenía otra política que el terror y la tierra quemada, de ahí que todavía siga diciéndose que "por donde pasa el caballo de Atila no vuelve a crecer la hierba".»

 

Pero eso no es más que una frase. Porque Atila -según sus biógrafos- empleó cientos de caballos en sus correrías destructivas por toda Europa, y ese famoso animal que no dejaba crecer la hierba no es más que un símbolo. El símbolo de la destrucción.

 

Sin embargo, esta obra se engendró y nació por culpa del caballo de Atila. Mejor dicho, por la obsesión que el autor vivió durante un tiempo (hace más de treinta años) en su desafío personal de encontrar el nombre exacto del caballo. Pues buscando ese nombre fueron apareciendo estos «caballos de la Historia» que ahora tiene el lector en sus manos.

 

Y algo más curioso: el caballo de Atila llegó a ser para mí algo así como la «fuente de la juventud», que trajo en jaque a tantos y tantos sabios de la Antigüedad. También un símbolo. Ese «imposible» ante el que siempre me he sublevado. La búsqueda del ideal.

 

«Los que titubean ante el esfuerzo es porque tienen adormecida el alma...», escribe el desconocido Degrelle. El gran ideal da siempre fuerza para domar el cuerpo, para soportar el cansancio, el hambre, el frío. ¿Qué importan las noches en vela, el trabajo abrumador, o el dolor, o la pobreza? Lo esencial es conservar en el fondo del corazón la gran fuerza que alienta y que impulsa, que aplaca los nervios desatados, que hace latir de nuevo la sangre cansada, que hace arder en los ojos, adormecidos por el sueño, un fuego ardiente y devorador. Entonces, nada es ápero ya. El dolor se ha transformado en alegría, porque gracias a él, nos damos más por entero, y el sacrificio nuestro se purifica.

 

Durante muchos años, por vocación y por profesión, he trabajado en la Historia. Unas veces tras aquél Séneca que vende su alma por salir del destierro o el Osio de Córdoba que salvó en Nicea al Cristianismo. Otras, luchando por descubrir la «doble verdad» de Averroes, las «dudas» de Hamlet, el «sentimiento trágico» unamuniano y el ser de las generaciones de Ortega. Y siempre, o casi siempre, tras los orígenes de España y el mundo de hoy...

 

Ya sé que en la vida hay cosas más importantes que el nombre del caballo de Atila. Como sé que muchos pueden reírse de una «obsesión» tan pueril..., pero «mi caballo de Atila» fue, ha sido y quiero que siga siendo (por eso no me gustaría que alguien me hablase de «Rubicón») mucho más que un nombre, un dato o una respuesta. Mi «caballo de Atila» es la búsqueda de la verdad que no cesa, el ansia de libertad y la pasión por la obra bien hecha («Lo que tengas que hacer hazlo bien»). Porque, como dejó dicho Unamuno, luchar es más importante que vencer. Y al final ya se sabe: ¡Mi reino por un caballo!