Muchos años y desengaños,

incontables traspiés, entusiasmos ciegos

me ha costado subir a lo alto de la montaña.

Fe siempre tuve, mas una fe

largo tiempo dormida, sepultada

bajo un alud de creencias vanas.

La luz empecé a ver, la luz del cielo,

allá por 2012, en primavera,

cuando descubrí la Santa Misa Tridentina

que llenó de gracias

el triste zurrón que yo llevaba.

Supe entonces que todo

lo que no es de Dios no vale nada

y arrojé ladera abajo

el equipaje que me sobraba.

Y así, no sin dificultades, no sin tribulaciones,

llegué a la cima de la montaña,

de donde imploro no moverme

sino para ir a la celeste morada.