La escritura en el mundo antiguo siempre estuvo rodeada de cierto halo de misterio. Las letras hebreas fueron fundamentales en las enseñanzas esotéricas de la Cábala. Debidamente combinadas nacieron fórmulas y palabras extrañas para contrarrestar los efectos negativos en la vida de las gentes. Entre aquellas fórmulas literales destacó la formada por las letras de la palabra SHEBRIRI, al disponerla de la forma que sigue:

                                    SEBRIDIIRIRBES

                                     EBRIRIIRIRBE

                                      BRIRIIRIRB

                                       RIRIIRIR

                                          IRIIRI

                                            RIIR

                                            II

De la misma manera que Abracadabra, también estaba la fórmula mágica de letras efesias o efesiary grammata, sílabas sin sentido que en el mundo clásico se portaban colgadas del cuello en tablillas de madera o de cuero y que se recitaban en voz baja como conjuro ante cualquier amenaza. Reciben ese nombre del pedestal de la diosa Artemis de Éfeso. El gramático Hesiquio, de Alejandría, y Clemente de la misma ciudad, en el siglo II, dan ese nombre a una lista de seis palabras, entre las que incluye la fórmula mágica damma meneus, que Hesiquio define como palabras sagradas o iera kai agia. La efesia grámmata se empleaban para conjurar en ocasiones singulares.

El uso de alguna de esas palabras aparece todavía en el ritual del bautismo, donde el sacerdote utiliza la expresión éffeta (ábrete), susurrándola al oído del neófito. En el Evangelio de San Marcos se hace referencia al poder de la palabra de Jesús: “Presentáronle un hombre sordo y mudo suplicándole que pusiese sobre él su mano. Y apartándole Jesús del bullicio le metió los dedos en las orejas y con la saliba le tocó la lengua. Y alzando los ojos al cielo díjole: Éffeta, que quiere decir abríos”.

El mundo clásico grecolatino dio a las letras el poder de traer la salud, la salvación, la libertad y también la tristeza, la condena y la muerte. Los jueces romanos usaron la letra “A” para absolver y la llamaban littera salutaris; y la “C” para condenar, o littera tristis. En la antigua Persia la “S” era la de la buena suerte; también los árabes dan valor sagrado a las letras, en especial al alif, como inicial de Alah, y hacen con ella unos talismanes con propiedades místicas.

Hasta nosotros ha llegado la creencia supersticiosa de los meses sin “R”, por considerarlos nefastos y en los que no se puede consumir marisco ni tener contacto con mujeres.

Hacer el signo de la victoria se asimila a la “V” y en Italia, España y sur de Francia, los dedos invertidos hacia abajo significan el triunfo contra el diablo, el demonio vencido.

En muchas universidades y colegio americanos las calificaciones sobresalientes las señalan con la letra “A” y a los aprobados con la “C”. Nadie pone en duda que el uso de la letra “O”, hecho con los dedos pulgar e índice de la mano derecha, para evocar el círculo, simboliza el éxito, la conformidad, el OK anglosajón.

La palabra littera es una voz latina que significa letra o carta desde los orígenes del idioma. En el libro de Alexandre, en un poema del siglo XIII, puede leerse:

         Quando fueron las letras delant el rey rezadas,

            quexáronse las yentes, fueron mal espantadas;

            por poco con el miedo non tremien las quexadas,

            querríen ser en Graçia todos en sus possadas.