Es sorprendente ver a tanto patriota cenizo llorando por un presente envuelto en llamas, como si a sus ojos los designios de triunfo que a unos se nos hacen evidente, a ellos les pareciesen signos de perdición en el abismo de las delirantes sofismas de la modernidad. Estamos en guerra, y el combate no es para pusilánimes, pero el campo de batalla cotidiano solo puede decir una cosa: que estamos combatiendo, y si las fuerzas de la modernidad ven amenazada su hegemonía es porque lo estamos haciendo bien, somos más duros de lo que esperaban.

 

Cuando veo a una feminista pintoresca renunciando a su dignidad pido a Dios que la salve, que le de una segunda oportunidad para amar a Cristo. Las personas domesticadas en la fe laicista en cualquiera de sus manifestaciones no son el enemigo, son sus víctimas. Las fuerzas de la oscuridad siempre se apoderan de los más débiles, conocen sus defectos y los utilizan como fuerza de choque. El feminismo, el veganismo, el ecologismo…. Y todos los ismos coadyuvantes son la prueba fehaciente de que la modernidad está en sus horas bajas, la revolución francesa experimenta sus últimas consecuencias y muere desposeída de toda dignidad teórica y práctica. El liberalismo es ya un libertinaje desacreditado por si mismo: del gobierno del “pueblo” al debate sobre la pedofilia.  Años de paulatina decadencia hasta el posthumanismo que supone el levantamiento del velo, de todo aquello que había detrás de la llamada ilustración, que ha cubierto el mundo de oscuridad durante estos siglos. La filosofía de la libertad sin límite –del relativismo total– y de la tecnología sin control ético, nos ha conducido al infierno terrenal que experimentamos hoy en día: gentes vagando sin rumbo, sumidas en las tinieblas del positivismo, rogando por sueldos míseros, incapaces de participar en un mercado fraudulento, monopolizado, impío; padeciendo la miseria de la revolución sexual y sus nefastas consecuencias: enfermedad, divorcio, problemas de identidad.

 

Es duro vivir así, sobre todo en una nación que milagrosamente logró restaurar durante unas décadas su genuina forma de administrarse. Muchos de los que vivieron esa época se desconsuelan por lo que ven; más yo les invito a ver un poco más allá, cual si lo anterior extraordinario fuese un tiempo muerto para reagruparse con vistas al combate final. Aquella época nos dejó una herencia maravillosa: la capacidad de descubrir en cada español que mire dentro su alma un aguerrido tradicionalista dispuesto a combatir por la fuerza del verbo y con el verbo. Cada día más patriotas en todo el orbe se dan cuenta del engaño liberal. Es ya casi un principio en la historia del pensamiento que en las épocas de decadencia se de un período de resurgir de la metafísica, frente al escepticismo de las sociedades corrompidas Dios actuá a través de los Santos. Si bien en la última generación de filósofos hemos visto un pensamiento degenerado que ha sido el materialismo llevado a su límite más extremo, precisamente por haber llegado a ese límite debemos afirmar sin temor a equivocarnos que la próxima generación estará dedicada a combatir tal materialismo corruptor.

 

En este estado de cosas no es de extrañar que tengamos políticos de la talla actual, son el paradigma de nuestra época. El cortoplacismo del consumismo al que conduce el liberalismo llevado a la política: frágil, pasajero, tambaleante, relativista, positivista, corrupto, impío… Por mucho que cambien los gobiernos siempre harán lo mismo porque están inspirados todos por el mismo pensamiento. De ahí que ya no pueda distinguirse entre partidos y que de los mismo un socialista que un pepero, ambos son liberales dispuesto a todo por saborear unos instantes la emoción de sentirse omnipotente, pero cuando ya se a marchitado el éxtasis del ejercicio se retiran de la política – y muchas veces de la nación– para abandonarse a yo que se que inconfesable extravió.

 

Pero los cristianos no nos abandonamos ni al pesimismo ni a la depravación. Sabemos que este tiempo es un regalo para demostrar nuestra lealtad y compromiso, un tiempo para el apostolado, para la virtud, para la reconstrucción –frente a la deconstrucción– un tiempo de combate. Así que nada de caras largas, ni lloriqueos, ni frivolidades. Necesitamos gente dispuesta y con voluntad de servicio. El desenlace está cerca, es nuestro momento.