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Aquel año de 1967 me lo pasé, al margen del periodismo, leyendo a Homero ("La Iliada" y "La Odisea") y estudiando la Mitología griega,  hasta tal punto que muchos días me subía al Olimpo para debatir con Zeus sobre el origen del mundo o me quedaba embobado viendo bañarse a la diosa Afrodita. Fruto de aquellas visitas al Monte de los Dioses fueron algunas de mis páginas más queridas y recordadas. Como esta que hoy reproduzco"

 

240px-The_Birth_of_Venus_by_William-Adolphe_Bouguereau_1879 

“Aquella mañana el Monte Olimpo, la morada de los Dioses, amaneció brillante y saltarín en cuanto los rayos del sol se abrieron entre las nubes y las nieves acumuladas durante el invierno comenzaron a derre- tirse y llenar los torrentes que caían hacia la llanura con aguas frías y cristalinas. Sin embargo, algo más abajo del Palacio Real que se levantaba en la falda de la montaña, se había levantado una niebla tan blanca como la leche y tan espesa como el buen aceite de oliva, que ocultaba la gran belleza de la Tesalia agrícola cuna de caballos.

Muy pronto comenzaron a llegar los Ministros que habían sido convocados con urgencia por la Vice- presidenta del Gobierno divino y sin saber para qué   y disfrazados con sus símbolos fueron ocupando los sillones que rodeaban la gran mesa de los Consejos. Aquella sala abierta con grandes ventanales de cristal a la luz era el lugar donde se decidía el presente y el futuro de los hombres y de las naciones. Todo pasaba por allí entre furiosas, a veces, discusiones y enfren- tamientos dialécticos que sólo acababan cuando su Majestad pronunciaba la última palabra. Porque allí no había más poder que el del Dios Zeus, el padre de todos los Dioses. Curiosamente allí, donde se había promovido la Democracia griega, sólo se permitía, y no siempre, exponer la opinión de los presentes. Las decisiones eran cosa del Rey.

Entre saludos y bromas los Señores Ministros fueron ocupando sus sillones. Seis hombres a un lado y cinco mujeres al otro. Entre los hombres Poseidón, señor de los mares, los terremotos y los caballos; Apolo, señor de la luz, el conocimiento, la música y la poesía; Dionisios, señor del vino, las celebraciones y el éxtasis; Hermes, el señor del comercio, los ladrones y responsable de la información y la seguridad; Ares, el señor de la guerra, la violencia y el derramamiento de sangre; Hefesto, el señor del fuego y la forja... y entre ellas, a la derecha del Rey, Hera, la Reina y Señora del matrimonio y la familia; Artemisa, señora de la caza, la virginidad, el parto, el tiro con arco y de todos los animales; Atenea, la Ministra de la sabiduría, la artesanía y la inteligencia; Deméter, señora de la fertilidad, la agricultura y las estaciones del año y Afrodita, la señora del amor, la belleza y el deseo.

No había llegado aún Su Majestad el Rey y la Reina comenzaba a ponerse nerviosa. Hasta que de pronto retumbó un gran trueno y un rayo iluminó el sillón presidencial y cuando los presentes abrieron los ojos ya estaba sentado en su trono Su Majestad Zeus, y no venía de buen humor, pues nada más sentarse ya re- criminó a los presentes en estos términos:

  • ¡Señores! ¿qué es esto? ¿Cómo se atreven a venir a este Consejo disfrazados? Os he dicho mil veces que aquí no quiero Dioses, que aquí quiero hombres y mujeres, seres humanos. Así que ¡fuera disfraces!”